

El escenario de la política ha comenzado a ser transitado por viejos fantasmas a los que deberíamos prestarle atención para no recrear equivocadamente épocas pasadas.
Las movilizaciones estudiantiles de los últimos meses en la Capital buscando que se les reparen los edificios escolares nada tienen que ver con las movilizaciones de la clase media del 68 ó 69 realizadas al calor del mayo francés.
Aunque algunos pretendan asimilarlas, las juventudes políticas que llenan estadios no inscriben su desarrollo en los procesos de movilización social de cambio que caracterizaron a gran parte de la sociedad en los años 70.
Sin embargo, hemos vistos que consignas como lucha contra los monopolios -refiriéndose a Clarín- más que al sistema económico nacional, o la búsqueda de la distribución del ingreso, parecen funcionar como detonadores suficientes para comenzar a fundar teóricamente el hacer político.
Nuestras librerías y pantallas comenzaron a ser invadidas por debates teóricos que parecen querer revivir el sentido de lo acontecido hace más de 40 años. Así encontramos libros que tratan de definir a los llamados populismos desde categorías teóricas desarrolladas en Europa al tiempo que proliferan los relatos del enfrentamiento que existió entre Perón y las llamadas formaciones especiales (Montoneros).
Decía Arturo Jaureche que aquellas cosas que se dicen en difícil y son difíciles de entender no hacen más que ocultar conceptos que son poco claros. Jaureche discutía contra el liberalismo de derechas y de izquierdas que desde el racionalismo tildaban de populismo a los movimientos como el Yrigoyenismo y el Peronismo. Sin embargo, un sector de intelectuales que apoyan al gobierno parecen haber necesitado apoyarse en conceptos teóricos europeos, al tiempo que un fenómeno de comunicación como el programa de TV 6,7,8 hace lo que Verbisky define con justeza, propaganda política. Tenemos entonces, una fuerza política -el oficialismo- que está decidida a fundarse en términos teóricos y en términos de movilización militante, y que ha logrado en los últimos meses recuperar una mística y un discurso ganador que parecía perdido. Debemos sumar a ello que hoy, Cristina Kirchner también se ha convertido en una opción electoral que tracciona la misma cantidad de votos que Néstor Kirchner. Así, el oficialismo tiene no sólo uno, sino dos candidatos fuertes. Y tenemos enfrente una oposición dispersa en donde ningún dirigente ni partido logra encarnar la voluntad de cambio de más de dos tercios de la población. Por el contrario, la oposición, creída de que el oficialismo no podría volver a pararse sobre sí mismo, parece no reparar en cuanto tiempo han perdido al no poder definir un rumbo ni como has de resolver los dilemas que la sociedad le plantea al Poder. Que son entre otros: cómo tener un trabajo digno que garantice el progreso social y familiar, cómo garantizar la seguridad de las vidas, cómo hacer que aquellos que hoy están siendo subsidiados puedan integrarse plenamente a una sociedad de oportunidades. Cómo evitar que la inflación se convierta en una llama que quema la economía familiar y extingue la esperanza de la movilidad social. En lugar de hablar de lo que hay que hablar y proponer lo que hay que proponer dan el triste espectáculo de peleas por poder entre ellos. No sería extraño que gran parte de los candidatos opositores en poco tiempo queden reducidos a pocas opciones, como tampoco lo sería que si Néstor Kirchner o Cristina Kirchner no lograra asegurar ser vencedores de 2011 algunos dirigentes que hoy están en el borde del Kirchnerismo decidan plantearse como continuidad superadora del actual estilo político dándole lugar a que una nueva generación política tome la posta. Todo ello estará definido para el mes de marzo.
Mientras tanto debemos prepararnos para que las tensiones institucionales con la Corte continúen creciendo y que desde el oficialismo se aceche a aquellos dirigentes a los que se supone en los bordes. El incidente con Daniel Scioli muestra lo que les espera a los sospechosos de autonomía.










