De no haber sido por la gran revolución mediática, el movimiento Tea Party jamás hubiera logrado la visibilidad y la preponderancia que ha alcanzado en los últimos meses.

Este asombroso guiso de ultraderechistas descerebrados, ácratas resentidos, ultraevangelistas, defensores de la portación de armas, racistas desembozados y embozados, milicianos survivalistas, adoradores de Sarah Palin y Ron Paul y la complaciente audiencia de agitadores mediáticos como Glenn Beck y Rush Limbaugh, surgió a comienzos del 2009, abrevando en la comprensible furia de amplios sectores de la sociedad norteramericana por el descalabro económico que clausuró la administración de George W. Bush.

Pero en la era de Twitter y Facebook, nada en la política es lo que era y muy pronto este descontento fue hábilmente encaminado hasta metamorfosearse en un resentimiento obsesivo por la elección del primer presidente negro de la historia norteamericana.

La geométrica progresión del crecimiento Tea Party, cuyo nombre evoca el amotionamiento de los colonos de Boston contra el gobierno británico ante la decisión de aumentar el impuesto al té en 1773, fue posible gracias a la letal combinación de la telefonía celular con las redes sociales.

Frente a un público al borde del ataque de nervios, predispuesto a comprar cualquier teoría conspirativa, los 140 caracteres de un mensaje de Twitter bastan para encender la mecha de la discordia. Y esto es lo que comprendieron los visionarios que supieron manipular el descontento, generosamente financiados por multimillonarios como David Koch, Dick Armey y Rupert Murdoch.

Muchos (Karl Rove entre ellos) sospechan que la emergencia del Tea Party terminará perjudicando más a los republicanos que a los demócratas. El establishment del Partido Republicano ve con creciente preocupación cómo este movimiento ha logrado imponer a sus candidatos en algunas primarias fundamentales, exclusivamente sobre la base de la prédica de Palin, Beck o Limbaugh.

El mejor ejemplo ha sido la elección de Christine O’Donnell, una suerte de clon de Sarah Palin, en el estado de Delaware, cuya admisión de haber participado en sesiones de brujería y su vigorosa campaña contra la masturbación han creado una manifiesta incomodidad en los sectores moderados del partido.

En el libro “The backlash (“El contragolpe ), que acaba de aparecer, el periodista Will Bunch, ganador del premio Pulitzer y miembro de la redacción del Philadelphia Daily News, hace una disección del Tea Party y de la cruzada contra Barack Obama, exponiendo por primera vez el entramado de fuerzas e intereses que lo conforman.

Según Bunch, quienes operan este movimiento no son los entusiastas participantes de las demostraciones sino un selecto grupo de empresarios profundamente alarmados por la elección de Obama, quienes súbitamente descubrieron en el descontento de los militantes del Tea Party el sector as través del cual canalizar la campaña contra Obama, con la expectativa de resucitar las políticas que caracterizaron a las administraciones de Reagan y Bush.

Con la ayuda de Beck, Limbaugh y otros predicadores apocalípticos de la cadena de Televisión Fox, propiedad de Rupert Murdock, estos multimillonarios ultraconservadores han financiado una campaña de desprestigio contra Obama, que consistió fundamentalmente en generar dudas sobre sus intenciones políticas, su origen, sus lealtades, su religión y hasta su nacionalidad.

No solo los ideólogos del movimiento se encargaban de difundir estas calumnias. El éxito del Tea Party y su capacidad de movilización convencieron a muchos políticos, habitualmente afiliados con el sector moderado del partido republicano, como John McCain, de la conveniencia de acercarse al Tea Party.

El pasado 27 de septiembre, Dinesh D’Souza, un escritor ultraconservador, presidente del King’s College de Nueva York, publicó un a artículo en la revista Forbes donde aseguraba que Obama tenía por objetivo llevar adelante los sueños de su padre, un miembro de la tribu africana Luo, que creció en Kenia y estudió en Harvard. “Un socialista africano mujeriego y borracho, que protestaba contra el mundo por negarle la realización de sus ambiciones anticoloniales, y quien ahora está fijando la agenda de la nación a a través de la reencarnación de sus sueños en su hijo , escribe D’Souza.

Esta descripción mereció los elogios de Newt Gingrich, autor del “Contrato con América , la proclama que recuperó el control del Congreso por los republicanos en 1994 y quien es hoy mencionado como una de los más fuertes candidatos a la presidencia por ese partido.