

El dólar caro llegó para quedarse. Al menos esta es la apuesta del Gobierno y la clave de la consistencia del actual programa económico. La obsesión por el tipo de cambio alto, aunque riesgosa en sus implicancias inflacionarias, es una pieza imprescindible de no mediar cambios sustanciales en la lógica de la política económica.
La primera razón es que el actual modelo tiene en la política fiscal su principal variable de control. Y la clave de la fortaleza fiscal radica en la vigencia de un tipo real de cambio depreciado y en los altos precios internacionales de las materias primas. Abunda la evidencia:
a) El ajuste fiscal ha sido logrado por vía de mayores impuestos –el gasto primario en términos del PIB incluyendo coparticipación supera en 2 puntos porcentuales el nivel de 2001– y las retenciones a las exportaciones explican el 70% del superávit.
b) Los impuestos ligados al comercio exterior explican el 70% de las mejoras de recaudación en términos del PIB observadas desde 2001. Más allá de las retenciones, sólo el IVA-DGA tuvo un crecimiento de 1,4 puntos porcentuales en términos del PIB, como consecuencia de una baja elasticidad respecto al tipo real de cambio.
La segunda razón es que las autoridades no se plantean ni por asomo avanzar con el tipo de políticas microeconómicas que los inversores reclaman para dinamizar la tasa de inversión y que se requieren para apuntalar aumentos sostenidos en la productividad de la economía. Las autoridades se apuran en reivindicar la política macroeconómica chilena desde mediados de los ’80 (controles de capitales incluidos), pero reniegan de las políticas microeconómicas y las estrategias comerciales que completaron la receta del éxito en ese país.
Hoy tenemos un crecimiento soviético, concentrado en la acumulación de factores (en particular trabajo, algo que ciertamente es bienvenido) y mucho menos en la productividad total de los factores, que se encuentra 10% por debajo del pico alcanzado en 1998. No está mal para empezar. Pero la debilidad en las políticas destinadas a incrementar la productividad y la tasa de inversión postergan las necesarias mejoras de competitividad sin las muletas de un tipo de cambio depreciado.
Algunos datos sirven para ilustrar el punto. Luego de la devaluación, las cantidades exportadas desde Argentina apenas acompañaron el crecimiento de las exportaciones mundiales. Medidas en valores, desde 2001 las exportaciones argentinas crecieron 36%, un dato a primera vista sorprendente pero algo decepcionante cuando se lo mira en perspectiva: en igual período, las exportaciones mundiales crecieron 54%, las brasileñas 79% y las chilenas 86%.
Tal como está planteado el modelo, quedan pocas dudas respecto a que una apreciación del tipo real de cambio obligaría a replantear la estrategia fiscal y de crecimiento y quebraría el espinazo de la estrategia de desarrollo industrial.
Cuándo y a qué nivel convergerá el tipo real de cambio es algo difícil –me animo a decir, imposible– de predecir. Tampoco sabemos cómo responderá el Gobierno a los desafíos que plantea la transición a ese equilibrio. Lo que sí sabemos es que el Gobierno sólo puede influir la velocidad de convergencia mediante una apropiada combinación de políticas macroeconómicas. La receta de libro de texto es una política monetaria laxa que mantenga deprimidas las tasas de interés (hoy la tenemos) y una política fiscal dura (que perdimos con el inicio del ciclo electoral pero podría recuperarse después de octubre) capaz de moderar la demanda agregada y cancelar deuda pública adquiriendo dólares.
Si nada cambia, una apreciación real sería letal. Pero ¿cuánto más puede apreciarse el tipo de cambio? Una lógica un tanto circular indica que quizás sea razonable esperar –en línea con las aspiraciones y necesidades del Gobierno– un tipo de cambio real depreciado en los próximos años. Es que si el modelo requiere de un tipo real de cambio alto, quizás esto implique un equilibrio más depreciado.
Veamos. Si el principal determinante –por el lado de la oferta– del tipo real de cambio es la productividad, entonces el equilibrio quizás no esté tan lejos. Si su principal determinante –por el lado de la demanda– es el ingreso de capitales, entonces el deterioro de la competitividad y la situación fiscal motivado por una apreciación cambiaria podría revertir las condiciones iniciales de confianza e ingreso de capitales que dieron origen a la apreciación, retrocediendo al equilibrio inicial.
Si esta lógica intrincada resultara correcta, el modelo encontraría su punto de equilibrio, superando las inconsistencias dinámicas que hemos señalado. Sería un punto de equilibrio de tipo real de cambio alto, baja productividad y mediocre inversión y crecimiento. Un equilibrio que muchos juzgarán insatisfactorio, pero un equilibrio al fin. El choque con las voces que reclaman ajustes a las políticas es inevitable. La respuesta no se hará esperar: “Este es mi modelo y ésta su consistencia. Si usted tiene otro, preséntese a las elecciones de 2007 .
