El rebote del nivel de actividad local que se observa en lo que va del 2010, genera un fuerte incremento de las importaciones. En este marco, mientras que el estimador del nivel de actividad económica mensual (EMAE) del Indec presenta un crecimiento mayor al 5% interanual durante los primeros tres meses del año, las importaciones se expanden más del 30% durante el mismo período. Esta diferencia a favor del crecimiento de las importaciones estaría reflejando el dinamismo de la industria, de la construcción y del transporte, que -dadas las especificidades técnicas de cada función de producción- se ven obligados a incrementar la demanda de insumos importados, para aumentar la oferta de bienes.

A su vez, la inflación creciente tiende a apreciar el tipo de cambio real; lo cual termina por abaratar el precio de las compras en el exterior. Debido a la aceleración del aumento de precios y a las expectativas de inflación que han formado los agentes económicos durante los últimos meses, la actual administración ha perdido la capacidad de utilizar la política cambiaria como fuente de competitividad y de protección a la industria local. Por el contrario, el tipo de cambio nominal funciona hoy en día como el único ancla anti-inflacionaria. En otras palabras, el Gobierno no está en condiciones de mejorar la competitividad del tipo de cambio, porque los efectos de una devaluación se verían inmediatamente compensados por el incremento de los costos internos, haciendo que la depreciación “real termine siendo nula.

En síntesis, tanto la expansión del producto como la aceleración de la inflación -vía apreciación del tipo de cambio real- incentivan el incremento de las importaciones que se expanden significativamente a lo largo del primer trimestre. Paralelamente, las exportaciones -que son principalmente bienes inelásticos en el corto y mediano plazo (productos primarios y derivados)- crecen menos que las importaciones, haciendo que el superávit comercial se reduzca sucesivamente. En efecto, la balanza comercial presentó variaciones negativas en Febrero y en Marzo del -37% y del -58% respectivamente.

Por su parte, gran parte del rebote del nivel de actividad se explica a partir del sector externo y su capacidad de forjar una entrada neta de capitales a la economía: el BCRA compra los dólares provenientes de exterior, emitiendo pesos que inyecta en el mercado doméstico. Este incremento de la base monetaria induce un aumento de depósitos que se traduce finalmente en mayores niveles de gasto, de actividad y de empleo. En otras palabras, mientras el sector externo funcione como un factor afluente de capitales, y el Gobierno pueda aprovechar dicho viento de cola, la economía argentina permanecerá en la senda de crecimiento que ha mostrado en los últimos períodos.

Sin embargo, paradójicamente el fuerte aumento de las importaciones, provocado por la apreciación del tipo de cambio real y el rebote del nivel de actividad, amenaza con cortar el círculo virtuoso existente entre la entrada de dólares y la expansión del producto, poniendo en jaque uno de los principales motores del crecimiento económico actual: se estima que para fin de año el superávit comercial acumule una caída mayor al 30%, cerca de u$s 5.000 millones menos respecto del año pasado. A su vez, una potencial retracción del precio de los commodities, producto de la crisis europea, contribuiría con el fenómeno anterior.

El problema de fondo parece ser, de todos modos, la incapacidad de la economía argentina de sustituir los bienes que importa por producción nacional. Los cuellos de botella de la esfera productiva de sectores estratégicos como el energético y el de transporte, la falta de inversión genuina destinada industrias de base y la capacidad instalada saturada incentivan la demanda de bienes externos que, además, se tornan relativamente más baratos.

A lo largo de la historia, la Argentina se ha enfrentado recurrentemente a una situación similar a la actual, en donde el crecimiento económico se desarrollaba en un contexto inflacionario, con demanda creciente de bienes e insumos importados. Esto último engendraba -en las fases contractivas del ciclo -caídas del nivel de actividad con crisis de balanza de pago (y de balanza comercial) y la única solución viable- pero con un costo elevadísimo para la gente- era finalmente la devaluación del peso (las llamadas crisis “Stop and Go ).

Sin embargo, no existieron ni van a existir soluciones mágicas a los problemas estructurales de nuestra economía. Para crecer en forma genuina y sin inflación elevada (que termina erosionando ese crecimiento) es necesario expandir la frontera de posibilidades de producción, tanto de productos finales como de bienes intermedios e insumos. Es necesario eliminar los cuellos de botella ampliando la inversión con un plan estratégico a mediano y largo plazo, con reglas del juego claras y que se mantengan en el tiempo.