Jueves  21 de Febrero de 2008

Retrato de un hacedor

Tiene 84 años y es un clásico del arte rioplatense. Sin título de arquitecto, construyó durante cuatro décadas Casapueblo en la por entonces desolada geografía rocosa de Punta Ballena, en Uruguay. Su historia tiene también un pasado de fe: contra todos los pronósticos, persistió en la búsqueda de su hijo –víctima del trágico accidente aéreo de los Andes, en 1972– hasta encontrarlo con vida. Fue amigo de Dalí y Picasso. Pasado, presente y futuro del hombre que se guió por la luna y hoy rinde una oda al sol.

Texto: José Del Rio, desde Punta del Este
Fotos: Nico Pérez
Colaboraron: Laura Mafud y Manuel Parera

Llegar al atelier de Carlos Páez Vilaró no es tarea sencilla. Con algo de catedral, un tanto de mezquita y hasta de horno de pan, Casapueblo es un laberinto de recuerdos. La baixada de Roberto Carlos, las salas de Pablo Picasso y Rafael Squirru, el rincón de Mario Vargas Llosa e infinidad de pasadizos que no conducen a nada no hacen más que confirmar la rica historia del joven artista uruguayo de 84 años. Brigitte Bardot, Fidel Castro, Vinicius de Moraes, Astor Piazzolla, Salvador Dalí e inclusive Pablo Picasso son sólo algunos de los amigos que fue cosechando a lo largo de su vida. En Casapueblo cada lugar tiene su explicación: el rincón de John Lennon mantiene fresco su recuerdo de la vida en Nueva York, el tótem de agradecimiento a los pescadores canta por sus banderas y el homenaje a los albañiles hizo que las formas redondeadas que recorren todas y cada una de las partes del museo-taller le permitieran a Páez Vilaró romper con los rectos estereotipos. El para-odas de Neruda actúa como pararrayos e intenta atraer su poesía, la cúpula principal en homenaje al parapsicólogo holandés Gerard Croiset no hace más que recordar su búsqueda cuando el avión que transportaba a su hijo Carlos Miguel desapareció en la Cordillera y Croiset lo orientó. Los fantasmas de Gaudí protegen el lugar y los huecos de los muros dan el hospedaje perfecto a los pájaros. “De eso se trata”, justifica Páez Vilaró en su encuentro con Clase Ejecutiva. El sol, su amigo más antiguo, da el imponente marco y crea una poética ceremonia de despedida que se repite a diario en lo que ya constituye un clásico esteño. “Ya no tengo rutinas. Al afeitarme por las mañanas me quito todos los rastros y problemas del día anterior y le gano horas al día. Así como pinto por ráfagas, cuando esas ganas se debilitan trato de escribir o hacer cerámica”, describe desde esa barcaza blanca amarrada en los acantilados de Punta Ballena y que en la actualidad gestiona Annette Deussen, su mujer. Con tantos pasadizos y secretos como su Casapueblo, Páez Vilaró abre las puertas de su vida y se define, como un hombre feliz. Ni más ni menos.

-En su obra ha retratado mucho candombe y mucho tango, ¿cómo definiría su relación con el Río de la Plata?

Desde joven, por mi estrecha vinculación con la música del pueblo, no pude evitar la atracción que ejercía sobre mí la atmósfera del tango, tanto en mis primeros balbuceos de pintor en los cabarets del Bajo porteño como en los conventillos montevideanos, usina del candombe uruguayo.

También es notable su interés por las etnias negras y el origen africano de estas danzas. ¿Qué es lo que más lo sensibiliza de este tema?

Dejándome llevar por el ritmo y la gracia de una simple comparsa de negros, en pleno Barrio Sur de Montevideo, casi sin darme cuenta me introduje para siempre en la vida de la negritud.

Haití, Senegal, Nigeria y el Congo fueron algunas de las escalas en su vida, ¿tuvo esto alguna vinculación?

Creo que mi pintura se afirmó preferencialmente dentro de su temática extrayendo de ese folclore la fuerza de su autenticidad y su colorido.

Siendo autodidacta, ¿le resultó sencillo ir contra las reglas impuestas dentro de “la academia” o desarrollar un estilo al margen de las normas más convencionales de la plástica?

Libre como un pájaro, dejándome llevar por la espontaneidad, la ausencia del maestro me llevó a enfrentarme con muchas dificultades. De todas maneras, me siento conforme con el camino adoptado, aunque reconozco que mi pintura pudo tener otro vigor si hubiera recibido el consejo del maestro.

¿Quiénes son los maestros y los artistas contemporáneos que más admira y qué es lo que más les atrae de sus trabajos?

Como no tuve maestro propio me fui acercando al arte de pintores que admiro para nutrirme de su influencia. Pedro Figari fue un buen apoyo en mis inicios, pero Pablo Picasso y su creatividad aún ocupan mis preferencias.

Si tuviera que establecer un paralelo entre el artista que fue hace 40 años y el que es hoy, ¿qué diferencias y semejanzas indicaría?

La de un ayer lleno de entusiasmo y con toda la salud para viajar, investigar y crear y la de un hoy con el mismo entusiasmo pero con algunas cicatrices de salud que me obligan a reflexionar y administrar mejor mis fugas creativas.
¿Cómo se imagina el futuro?

Para mí, el futuro es hoy. Como el trabajo es mi mayor descanso enfrento cada día inclinado sobre mi bastidor, poniendo colores de mi hoy sabedor que seguirán representándome en el futuro.

Ha recorrido buena parte del mundo. En los futuros 20 años, ¿qué país ve con buen potencial para convertirse en meca de arte?

El año pasado viajé a China para realizar mi exposición en la Biblioteca Nacional de Beijing, participé de su Bienal Internacional y tuve oportunidad de conocer los talleres de sus pintores y los cambios en la tradición de su pintura. Fue una experiencia alucinante. No dudo que, de la misma forma en que China ha conquistado todos los mercados, en el arte abrirá un campo colosal.
Su primer cuadro lo pintó en la Argentina, ¿cuándo y cómo determinó que quería dedicar su vida al arte?

Es difícil recordar cuál fue mi primer cuadro pues mi intento no era ser pintor sino darme el gusto de llenar cartulinas, telas o espacios con color. Por supuesto, en ese momento de los años ‘40 mi entusiasmo por el arte fue creciendo al tener contacto con grandes dibujantes de la época como Lino Palacios, Dante Quinterno, Divito y Manteola, entre otros. Trabajaba de tipógrafo en la Fabril Financiera de Barracas y ellos ilustraban las revistas que allí se editaban.

¿Cuál de todos los murales que pintó lo marcó más?

Quizás el que bauticé Raíces de la paz en la OEA, Washington. Tiene 162 metros de largo y cubre las paredes de un túnel que une los dos edificios de la organización. Lo realicé en 1960 con 53 ayudantes-alumnos de la Escuela Corcoran de Arte. Los años pasaron y, salvándose de las rayaduras, sigue hoy campante, restaurado y reinagurado por el Secretario General César Gaviria.

¿Cómo se formó el Grupo de los Ocho y cuál es su misión?

Lo formamos con el deseo de llevar la pintura de Uruguay a otras fronteras. Éramos artistas de diferentes tendencias y eso nos permitía la exhibición en exposiciones bien completas. La introducción del Grupo de los Ocho en Buenos Aires fue gracias al crítico Rafael Squirru, uno de los más grandes propulsores del arte en el Río de la Plata. Cuando fundó el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con una muestra de todos los grupos argentinos tuvo la generosidad de incluir al Grupo de los Ocho entre los invitados.

Una historia signada por clásicos

Alguna vez dijo que sus cuadros le sirvieron como trueque, ¿cuál fue la situación que más recuerda?

Me atrevo a afirmar que, de alguna manera, el trueque es un instrumento que
el artista dispone y utiliza en el momento adecuado. Confieso haber adquirido con mis cuadros un pasaje de avión o pagado un hotel. Un hecho curioso que recuerdo es aquella mañana en África, en una feria callejera de Kayard, en Dakar, cuando asediado por la sed y temeroso de contraer paludismo bebiendo agua logré cambiar uno de mis cuadros por un ananá. De inmediato vi cómo el hombre
lo utilizaba para cubrir parte del techo de su kiosco.

¿Cómo conoció a Pablo Picasso?

Fue un toque de gracia dentro de mis predilecciones. Al conocerlo me di cuenta de que, más allá de un artista, era un gran ser humano. Y es lo que más me interesa porque yo no me siento un pintor, me siento un hombre que hace cosas, un hacedor. Lo toqué y me di cuenta que era igual que yo, que tenía mi misma fuerza, me dio un abrazo... ¡Qué tipo bárbaro! Pero después también estaba lo otro, la genialidad que se escondía en él. Él nos tocó a todos. Y sin querer ofender a nadie, creo que a todos los artistas del mundo alguna cosita picando le debe haber dejado.

¿Y en el caso de Salvador Dalí?

Era un tipo muy diferente, un excéntrico, muy divertido. Siempre tomaba la palabra, un tipo genial, diferente a Picasso en lo que hacía, pero reconozco que este hombre era capaz de transformar una silla en una estructura, era un loco, un lindo loco. Recuerdo que cuando vivíamos en Nueva York coincidimos en un mismo hotel y siempre nos cruzábamos en la escalera y en el ascensor. De hecho, un día que llovía a cantaros me di cuenta de que tenía dificultades para bajar del auto, intenté ayudarlo y su mujer casi me pegó un paraguazo porque era muy celosa: “No quiero que lo toquen”, decía.

Así como tuvo presencias, también debe haber sufrido la ausencia de su hijo Carlos Miguel durante la tragedia de los Andes. ¿Cómo fue esa época y el posterior reencuentro?

Hasta que partió a la Cordillera era yo quien lo aconsejaba, y desde que regresó soy yo quien le pide consejos porque convivió con Dios durante 72 días. Y yo me puedo jactar de haber conocido a personajes como Picasso y Dalí, pero a Dios no lo toqué nunca. Siempre recuerdo aquella época, fue un momento muy difícil, sobre todo porque buscar a mi hijo era como intentar hallar una aguja en un pajar.
Pero reviviendo aquellos días, nunca perdió la fe. De hecho decía, por entonces, que la luna lo miraba desde el cielo...

Sí, el tema con la luna para nosotros fue fundamental porque ella actuaba como un micrófono que nos permitía seguir buscando. Era para mí un espejo en el que lo veía reflejado y nunca creí que hubiera alguna posibilidad de que Carlos Miguel hubiera muerto, lo veía fuerte, vigoroso, un chico deportivo. Para mí la búsqueda de Carlitos fue una búsqueda llena de garantías: porque primero tenía amigos de copiloto y, segundo, como artista me reinventaba todos los días. Podía crear un gran vacío blanco que era la Cordillera y dibujarlo con la mente pero a Carlitos siempre lo tenía cerca. Y muchas veces me sorprendía en las ciudades de verlo andando a caballo, me acercaba y no era él; lo veía hablando por teléfono y me acercaba a la garita pero no era él; lo corría una vez que doblaba la esquina y tampoco. Siempre lo tuve presente y no fue una sorpresa para mí encontrarlo vivo. Fue una cosa muy emocionante. Me marcó para toda la vida. Y también me di cuenta que eso marcó mi arte: miro retrospectivamente la obra y fue en
esa etapa se tornó abstracta y oscura. Ahora se produjo un poco lo mismo cuando me operaron del corazón ya que estuve muy cerca de la muerte y mi pintura también cambió.

¿Son comunes esos quiebres?

Sí, porque es verdad que el artista obedece a su estado de ánimo, eso se percibe incluso en Casapueblo, donde vas a notar que hay callejones oscuros y otros iluminados. Eso responde a que durante los 42 años que demoré en hacerla pasé por todos los estados de ánimo: de la felicidad a las hipotecas, todo está volcado en estas paredes.

Del arte a la actividad partidaria

¿Alguna vez pensó en participar activamente en política?

Sobre todo cuando era joven. Siempre lo político se mete en la mente y hace cosquillas. Mi cercanía al arte ganó la pulseada y la política quedó afuera de mis planes. Me considero uno más dentro de las discusiones en la mesa del café.
En ese sentido, ¿cómo ve el conflicto que mantienen Uruguay y la República Argentina por el tema de las pasteras?

Son dos países que están unidos como hermanos. Quizás Gardel y el fútbol marcan algunas diferencias. Como siempre pasa, nacen en el camino algunos conflictos pero luego se superan. El de las papeleras no deja de ser un papelón. Se piensa en el envenenamiento de un río y se olvida que se está envenenando la amistad de dos países.

¿Qué le preocupa a futuro de su obra?

La única preocupación que tengo es que por lo menos se mantenga este espíritu, esta filosofía. Y tengo la esperanza de que mi mujer y mis hijos sean la coronación de este entusiasmo que tengo hoy y que hagan lo posible por cuidarla. Principalmente que no se desperdicie la obra. El dibujo y la pintura han estado presentes al menos en 70 de mis 84 años.

¿Qué significa Casapueblo para usted?

Es una escultura habitable. No siendo arquitecto me es difícil justificar el porqué de sus formas, cúpulas o símbolos y cómo los integré a su cuerpo. Fue un atrevimiento, pero también hubo épocas más avanzadas en las que los arquitectos me dieron su talento para enriquecerme y los ingenieros me dieron su inteligencia para que ninguna pared pudiera desplomarse. Lo único que yo pretendía era que quienes me ayudaran no fueran expertos en la arquitectura formal: al obrero, el operario o el ayudante que venía con una línea recta, no lo aceptaba.

¿Cómo surgió el tema del recitado poético durante la caída del sol?

Nació como una inspiración. Las puestas acá son deslumbrantes, a veces cubiertas de nubes, a veces con pájaros o golondrinas que vienen. Así me di cuenta de que la casa sirve como una pausa para los visitantes y también para que las maestras puedan enseñarles a los chicos el amor a la naturaleza y el color de un cuadro.

¿Cómo se hace para no perder el norte cuando se refieren a usted como el ícono de Punta del Este?

Nadie trata de elaborar un prestigio o una fama, esas cosas vienen solas. Casi como la respuesta valuada en tu estilo y el olvido de tu forma de ser, por ejemplo, yo aprendí a través de largos viajes a comprender que somos todos una familia universal.

¿Qué cosas lo deslumbran?

Mirar a los ojos. Yo siempre miraba a los ojos de la gente y he sido comprendido, discutido. Creo mucho más en el intento que en el hallazgo y por eso me resultó muy fácil aprender durante las jornadas difíciles, entendiendo y, sobre todo, mirando. Creo que todo es posible en la vida. De hecho, casi diseñé una casa sin ser arquitecto y la he modelado como si fuera el cuerpo de una mujer.

¿Qué lugar ocupa lo femenino en su obra?

Siempre fui un apasionado de la mujer, un respetuoso apasionado, porque despierta todo el entusiasmo. Es la más pura y maravillosa creación de Dios. Siempre fue para mí un gran estímulo: en todos los procesos de mi vida, en mis viajes, siempre estuvo el apoyo, el estímulo y el cariño de una mujer. De ahí que siempre busque homenajearla.

Una de las características de su obra es que se aplicó a cuestiones muy disímiles, como pintar un avión de Pluna. ¿Qué es lo más original que hizo con su arte?

Es un tema que ha sido muy discutido. Siempre sentí que el arte había superado a la técnica. No pinté para un museo: pinté para la calle. No puedo permitir que este plato que yo pinto no sirva para alimentar al presidiario, al hombre que está en el hospital o a la persona más necesitada.

¿Cuál sería su definición de Carlos Páez Vilaró?

Es un buen amigo y un hacedor. En definitiva, soy un hombre feliz.

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