Viernes  28 de Mayo de 2010

Qué ves cuando me ves

Mundialmente conocido por su retrato de la niña afgana, publicado en la revista National Geographic hace 25 años, Steve McCurry es viajero y fotógrafo. Sus imágenes combinan arte y periodismo. Y su lente captó los grandes conflictos del siglo XX.

Qué ves cuando me ves

La chica está sentada en un escalón frente al Centro Cultural Borges. Mirando hacia la nada. Él pasa por al lado y, sin dejar de caminar, saca su Blackberry del bolsillo, la sostiene a unos 30 centímetros de la cara de la chica y hace como si le tomara una foto rápida. Todo sucede en pocos segundos y el movimiento es tan natural que pasa desapercibido. “Lo hago bromeando, para ver cómo reacciona la gente”, dice, mientras guarda el celular y sigue caminando. La chica ni se inmuta. Su mirada sigue perdida. Es probable que, de darse cuenta, no le hubiese llamado la atención que alguien intentara robarle una foto. Pero si supiera que se perdió, tal vez, el mejor retrato de su vida...

Él mismo lo dice. Quizás muchos no sepan quién es Steve McCurry, pero todos reconocen su foto más famosa: el retrato de una chica afgana de ojos verdes que salió publicado en la tapa de la revista National Geographic hace 25 años. McCurry conoció a aquella niña en 1984 y en Nasir Bagh, un campo de refugiados en la frontera con Pakistán. Encandilado por su mirada, le sacó una foto. Y jamás volvió a verla. Tras aparecer en la portada de la revista, fue mundialmente conocida como –apenas– la niña afgana. Durante 17 años el fotógrafo no supo su nombre ni su edad. Hasta que, en 2002, regresó a Afganistán para buscarla.

Cuando se reencontraron, ella ya tenía 30 años. Pero no lo había olvidado. Él había sido la única persona que le había tomado una foto en toda su vida.

 

El tren pasa dos veces

“Conocí a Sharbat Gula una mañana, en su aula”, relata el reportero gráfico estadounidense. “Estaba caminando por el campo de refugiados y encontré a una niña preciosa. Y pensé sólo en captar esa mirada. Yo iba sin traductor y la maestra, que hablaba algo de inglés, tuvo que convencerla para que me dejara fotografiarla, ya que era un poco tímida. Ajusté mi lente y, cuando ella bajó las manos de su cara, pude retratarla. La toma fue totalmente natural: lo que se ve de fondo es la carpa verde y la luz venía de afuera, del sol. Le pregunté por qué su chal tenía un agujero y me contó que había habido un incendio en la cocina y que ella lo había puesto encima para apagarlo”. Ese retrato es considerado, por National Geographic, como la portada más famosa y querida en la historia de la revista.

¿Qué lo impulsó a buscar a aquella niña afgana 17 años después?

Desde que apareció su foto publicada comenzaron a llegar miles de cartas de personas que tenían curiosidad acerca de su vida y deseaban ayudarla, enviarle dinero y ropa, conocerla. Algunos hombres incluso querían casarse con ella. En 1989, cinco años después, yo estaba trabajando en Pakistán con refugiados y me encontré con muchos que trabajaban allí como voluntarios, inspirados por aquella imagen. ¡Es increíble el impacto que causó en la gente! Todos los días, desde su publicación, recibo algún mail o pedido relacionado con esa foto.

¿Cómo fue el reencuentro?

Es una historia increíble. Trabajamos muchísimo para poder encontrarla. Comenzamos a buscarla en enero de 2002, cuando estábamos filmando un documental sobre Afganistán. Teníamos una cámara, un sonidista, traductores. Pero nos faltaba su nombre, su dirección. Así que llevamos su foto y la mostramos en todos los campos de refugiados. Aparecieron muchas mujeres que intentaron convencernos de que ellas eran la niña afgana. Hasta que un día conocimos a un hombre que decía ser su hermano. Nos dijo que ella estaba en el auto y que la iba a traer si yo quería volver a verla. Obviamente, al principio desconfiamos. Pero finalmente descubrimos que era Sharbat Gula, la niña afgana. No recuerdo qué le dije. Estaba tan nervioso que me quedé sin palabras, porque estaba esperando que entrara una niña de 12 años por la puerta y, en cambio, apareció una figura oscura vestida de negro. Fue un shock ver esa figura fantasmal en vez de una niña con ojos verdes y brillantes. Ella no estaba muy feliz de vernos. Tenía alrededor de 30 años, estaba casada con un panadero que ganaba un dólar al día y tenía tres hijas. Se notaba que había vivido una vida muy dura. Quisimos buscar la manera de poner en la tapa de la National Geographic que la habíamos encontrado, así que le sacamos una foto sosteniendo su retrato de niña y contamos su historia.

¿Ella sabía que su imagen había sido vista por millones de personas alrededor del mundo, que se había convertido en un símbolo de belleza y resistencia?

Fue una combinación de reacciones. Estaba indiferente, perpleja, sorprendida. No tenía idea de que su foto había sido publicada, no sabía que su retrato había sido reproducido cientos de millones de veces. Es analfabeta: no conocía la National Geographic, no sabía siquiera de la existencia de diarios y revistas. Por fortuna, nos acompañaba una excelente periodista paquistaní que le explicó todo. Y ella comenzó a entender el impacto que había causado.

¿Tuvieron que convencerla para que se dejara fotografiar nuevamente?

Es importante entender que, en su cultura, las mujeres tienen absolutamente prohibido conocer hombres que no sean parte de su familia. Además, después de la pubertad, no está permitido fotografiarlas. Pero teníamos excelentes traductores y gran cooperación de la gente del campo de refugiados, especialmente de los ancianos, que la conocían. Pedimos permiso a su esposo y a ella. Los mayores les contaron quiénes éramos nosotros y le explicaron que su fotografía se había convertido en un símbolo de los afganos, le dijeron que ella fue conocida en todo el mundo por su dignidad y su fortaleza.

McCurry revela que, a la hora del reencuentro, lo primero que quiso hacer National Geographic fue buscar una manera de compensarla por el uso de su imagen durante casi dos décadas. Entonces, le procuraron una ayuda financiera que sigue hasta el día de hoy (y continuará por el resto de su vida). Y también fundaron una escuela en Afganistán para las niñas que no tienen acceso a la educación. “Es una historia increíble con un final feliz, porque pudimos mejorar su vida al usar su foto en la revista”, concluye McCurry.

Guerras y travesías

Steve McCurry, nacido en Philadelphia en 1950, comenzó como cineasta pero, finalmente, se inclinó hacia la fotografía. “La fotografía, a diferencia del cine, no tiene guiones, no se planifica, uno puede caminar por la calle y sacar fotos. Una película implica preproducción y posproducción. En cambio, la fotografía es algo que se puede hacer en solitario”, diferencia. Su carrera se disparó en 1980, cuando cruzó la frontera de Pakistán hacia Afganistán disfrazado de nativo y luego salió con rollos de fotos cosidos en su ropa: la documentación fotográfica del conflicto que sucedía en aquel país le valió la medalla de oro del premio Robert Capa por su coraje.

Trabaja con cámaras Nikon y Hasselblad y forma parte de la exclusiva agencia Magnum, la cooperativa fotográfica mundial donde fichan las mejores lentes del siglo XX y XXI, desde 1986. Documentó conflictos mundiales, como la guerra del Golfo, Irán-Irak, la desintegración de Yugoslavia y el 11 de septiembre. “El fotógrafo que va a la guerra, a Haití o al tsunami, siente emoción y tristeza porque hay mucho dolor alrededor, hay gente que ha perdido partes del cuerpo, gente muriendo... Cuando uno ve este tipo de muerte y destrucción tiene que encontrar una fortaleza interna que permita seguir con la vida, con el día a día de la profesión y no colapsar”, explica McCurry. Sus trabajos recibieron varios reconocimientos, entre ellos cuatro primeros premios en el concurso anual de World Press Photo y el Oliver Rebbot Memorial Award.

Influenciado por grandes fotógrafos como Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, Elliot Erwitt, Andre Kertesz y Paul Strand, McCurry dedica gran parte de su vida a los viajes: ha realizado más de 75 travesías por India, Nepal y el Tíbet, entre otros lugares. “Comencé a viajar seriamente en 1969: pasaba nueve meses al año viajando y realizando proyectos, o simplemente sacando fotografías por mi cuenta”, relata. El que más lo marcó fue a los 27 años, cuando decidió dejar su trabajo en un periódico de Estados Unidos para irse a la India como fotógrafo freelance: “Influyó enormemente en mi vida. Mi plan era pasar seis semanas y terminé quedándome dos años. A partir de ese momento pasé la mayor parte de mi tiempo fotografiando y viajando por Asia”. McCurry se enamoró de la cultura, las religiones, la geografía de la India: “Una de las cosas más extraordinarias, y que diferencia a la India y a Asia del resto del mundo, es el uso del color”.

McCurry viaja solo, generalmente en compañía de un traductor o guía local. A veces va con una misión específica a pedido de la National Geographic, otras veces se aventura sin proyecto alguno y se dedica a tomar imágenes que reflejan la vida, creencias, costumbres y ritos de los distintos pueblos que explora. “Lo fantástico de conocer otros lugares es que podemos ver cosas que no nos imaginaríamos nunca, cosas que para nosotros pueden ser muy extrañas y que para ellos son normales y maravillosas”, asegura.

También es directivo de Imagine Asia, una organización que provee educación y salud a niños que viven en comunidades rurales de ese continente: “Creo que el mundo es un lugar fascinante. En muchos aspectos somos muy diversos. Pero, en el fondo, compartimos algo que nos hace parte de lo mismo”. La charla con McCurry se interrumpe. Es su primera vez en la Argentina y todos quieren conocerlo, pedirle un autógrafo, una foto. “Steve, please, una foto mostrando su cámara Hasselblad”, le piden algunos, “Steve, una imagen de espaldas, mirando hacia el retrato de la niña afgana”, suplican otros. Sin perder la tranquilidad y el buen humor que lo caracterizan, McCurry acepta posar para todas las lentes.

Mientras espero que retome la charla, me pregunto qué sentirá un fotógrafo que se dedica a capturar imágenes en lugares recónditos, casi sin ser notado, al enfrentarse a tantos flashes.

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