Nota de tapa – Marta Minujín

La maga Marta

La vanguardista artista plástica que, desde los años ‘60, supo llamar la atención con sus esculturas a cual más excéntrica, su estimulante arte efímero y sus performances polémicas, es la provocación hecha creación. Toda presentación convencional peca de incompleta porque Minujín es tan ecléctica como imposible de definir.

Referente del arte pop, vanguardista, ecléctica y desopilante. Marta Minujín no es otra que Marta Minujín. Es decir, una artista única, absolutamente irrepetible e incomparable. Su desborde creativo se refleja también en una personalidad que coquetea, astutamente, con el filo de la locura.

Pero a no confundirse. Minujín no es lo que parece. ¿Se viste sin oír los dictados de la moda? Sí. ¿Propone performances inimaginadas? Claro. ¿Se olvida del protocolo? Siempre. ¿Se burla del sentido común cuando rompe su propia obra? También. Pero, probablemente, desafiar los límites de lo previsible no sea sino un juego que tiene más de intuición y espontaneidad que de táctica y estrategia... ¿O viceversa?

Minujín, capaz de desafiar al tiempo al emitir una copiosa catarata de palabras por segundo, es también quien se atreve a jugar a las escondidas con la razón. Se aleja, se oculta, se agazapa. Pero nunca la pierde de vista. Sabe que la razón la anda buscando. Aunque es ella quien decide cuándo se encuentran.

 

Minu-year

Simpática, siempre divertida, es más accesible que muchos de los que arañan el éxito –lo que no es poco– pero no abrazan la impronta creativa que, como es su caso, existe previamente a la llegada del reconocimiento. Si bien cosechó aplausos, rostros boquiabiertos, halagos y fama, también fue protagonista de críticas, desplantes e incomprensión. Pero, poco a poco, lo que ayer fue ignorado –o, más aún, denostado– hoy es centro de miradas atentas, interesadas y cotizadas de no pocos museos y festivales del mundo que saben que ella se ha convertido en la personificación de un fenómeno artístico y social. Así, Marta Minujín trabaja actualmente en una retrospectiva que se realizará en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) entre el 18 de noviembre y el 31 de enero de 2011. Se reflejarán allí 30 años de trabajo creativo y ciertamente provocador.

¿Cómo es su relación actual con los museos, considerando que en una época estaba en contra de esas instituciones?

Esta exposición es realmente una vuelta atrás. Considero que, al ser muy de vanguardia, va a sobrepasar los límites del museo. ¡Va a ser una muestra imperdible! Como destruí toda mi producción, habrá ilustraciones y proyecciones, además de un catálogo brutal y gente que actuará en vivo, porque voy a reproducir la cama de La menesunda (1965) y la enfermera de la Academia del fracaso que inventé en 1975.

Aquí vale la pena recordar que La menesunda fue la obra-happening que, creada junto a Rubén Santantonín, la catapultó a la fama: proponía recorrer 16 espacios que ofrecían una amplia variedad de experiencias que generaban en los espectadores emociones diversas.

Así, la muestra en el Malba recordará una etapa prolífica de una artista de la que queda poca obra en pie. Es que, por motivos diversos, alrededor de un 70 por ciento de sus creaciones pereció. Por si fuera poco, este inédito recorrido por las tres primeras décadas de trabajo de Minujín se enmarca en un año al que define como fantástico. Y hasta tiene nombre. “Se llama Minu-year porque desde el principio fue extraordinario , expresa con una notoria alegría. Y admite que “me están reconociendo muchísimo, sobre todo, como mujer artista y creativa, y están reconstruyendo todo mi pasado . También forma parte de la estimación –acaso tardía– la adquisición de una de sus obras por parte del destacado Centro Pompidou, de París. “En la Argentina, me valoran en dos niveles: en el artístico y en el afectivo. Y afuera solamente en el artístico, pero en un nivel mucho más alto. Acá valoran más el personaje que a la obra; y allá más a la obra que al personaje , define.

Por si fuera poco, está en pleno proceso de desarrollo de las piezas que presentará en la próxima edición de la Bienal de San Pablo, así como en exposiciones en Sevilla y París. Es un hecho: Minujín no para. Nunca. “Trabajo desde que llego al taller hasta que me voy. A veces salgo para ir a inauguraciones y eventos, que también son trabajo , admite.

Y antes o después de ir al taller, ¿hace alguna otra actividad no vinculada al arte?
Me levanto y hago gimnasia sola, frente a la televisión, desde hace ya seis años, con clases que compro en Estados Unidos porque los personal trainers me cansaron: son muy curiosos. Y a las clases públicas no puedo ir porque todo el mundo me habla. Así que desistí. Después tomo un café por ahí, con amigos personales, y más tarde me vengo para el taller y me quedo trabajando todo el día.
 

¿La creatividad genera más creatividad?

Exactamente. Sobre todo en el arte que hago yo, que es muy distinto. Porque hice happenings, electrónica, colchones... Lo único que ha quedado más recurrente en mi carrera es el tema de los colchones y la escultura. Las demás cosas las voy siempre cambiando y, generalmente, mantengo la idea de happenings o de performances. Pero los hago en otros países porque encontré que, acá, la prensa los transformaba en una fiesta o en una cosa más ridícula. Así que en la Argentina abandoné los happenings.

¿Le da pena haber destruido su propia obra?

Es que fue una necesidad en mi vida y, a veces, una fatalidad. Primero las rompí porque no me gustaban. Y ahora, viéndolas a la distancia, me arrepiento porque eran piezas magistrales. Después hice happenings, donde la forma de hacer la obra implicaba destruirla. Incluso ahora mismo siempre destruyo como una forma de construcción. También, a veces, no he pagado los depósitos en Europa o en Estados Unidos y ellos mismos me las han roto. El Minuphone, la cabina de teléfono electrónica (N. de la R.: Que expuso por primera vez en Nueva York, en 1967), por ejemplo, se rompió en distintos viajes. Y a La mujer gigante la fueron rompiendo acá, con los años, las grúas de traslado. ¡A veces hago un arte tan monumental que la destruyen los distintos accionares de la sociedad!

 

La madre de la criatura

Se podría pensar que Minujín fue una niña prodigio. Sin dudas, talento no le faltó. Tampoco iniciativa. A los 10 años, recuerda, tenía la certeza de que iba a ser artista plástica. Simplemente lo supo. Pero, también aclara, no fue la única que sabía cuál era el camino a tomar. Ocurrió lo mismo, siempre según su relato y vivencia, “con una generación entera que supo lo que quería desde el vamos. Pensá que tengo la misma edad que los Rolling Stones y los Beatles. Lo mismo pasó con Martha Argerich, Daniel Barenboim, Graciela Borges y Susana Giménez , compara.

Con 12 años, entró a la Escuela Nacional de Bellas Artes porque “ya en el colegio dibujaba fantástico . A los 16, luego de realizar su primera exposición, obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para viajar a París, por lo que tuvo que abandonar la carrera en Buenos Aires, donde admite haber recibido un importante aporte para su formación. “Primero, el conocimiento del arte y de los artistas.

Después, aprendí todas las técnicas: dibujo, grabado, pintura . Aún no cumplía los 20 años cuando Minujín vislumbró al colchón de su propia cama como un objeto con un potencial artístico que no merecía ser subestimado. De hecho, fue durante su estancia en París –donde se conectó con el movimiento del nouveau realisme y orientaciones diversas, como la de los informalistas– cuando utilizó colchones (que formaban parte de los desechos hospitalarios) para hacer una de sus primeras obras.

Entre otras performances que tuvieron como protagonista al jergón, Minujín recuerda especialmente La destrucción (1963). Fue su primer happening: consistía en disponer sus obras en colchones para que fueran intervenidas, a su vez, por un grupo de artistas. Por entonces, también se inscribió en el grupo de intelectuales que rechazaba el mercado tradicional museístico y, en contrapartida, desarrolló sus nada desapercibidas obras efímeras.

De regreso al país, fue pionera en el desarrollo local del concepto del happening. Pero, ¿qué es, exactamente? Una propuesta artística que invita a participar al espectador. De hecho, es un elemento necesario y clave en la constitución de la obra. Así, se busca fusionar el arte con la vida. El primero que Minujín realizó en la Argentina se conoció como La feria de las ferias (1964). Situado en la galería Lirolay, consistía en una kermesse en la que, durante todo el día, se podían adquirir fragmentos de su pintura, así como instantes de danza de Marilú Marini o segmetos de críticas de Jorge Romero Brest. Ese mismo año obtuvo el premio del Instituto Torcuato Di Tella, un espacio donde florecieron las artes plásticas argentinas y del que Minujín fue una de sus más emblemáticas representantes. Luego llegaron las becas de las fundaciones neoyorquinas Guggenheim (1966), Fairfield (1967) y Rockefeller (1968).

¿Qué etapas recuerda con más cariño?

Las que más me gustan son tres. Cuando nació mi hijo Facundo yo tenía 24, y ese año también nació La menesunda, la obra más fantástica que hice en mi vida y que voy a llevar a la próxima Bienal de San Pablo. Y cuando nació mi hija hice el Obelisco de pan dulce (1978), la primera obra comestible en el mundo: un monumento de 30 metros de alto que realicé para la Feria de las Naciones, en Buenos Aires. El tercer momento fue cuando hice el Partenón de libros, para celebrar el regreso de la democracia.

¿El hecho de que esos momentos creativos hayan coincidido con el nacimiento de sus hijos implica que la han inspirado?

¡Claro! Porque el alimento es vida y es novedad. ¡Y justo ahora voy a tener un nieto o nieta, todavía no lo sé, de mi hija Gala! La vida siempre es una novedad.

¿Se concentra más en el presente, el pasado o el futuro?

En el futuro. Siempre estoy proyectando el futuro. Me importa poco el pasado. Por eso la muestra en el Malba me cuesta mucho mentalmente, ya que es un revivir constante del pasado. Y eso es muy terrible. No me gusta. No me interesa. Estoy en otra. Pero hay que hacerlo, así la gente te evalúa mejor. Inclusive todas las obras que hice al principio, ahora en el exterior las están reconociendo. Un ejemplo es la cabina de teléfono electrónica que va a mostrarse nuevamente –una reconstrucción, en realidad– en Fundación Telefónica. Desde España me piden otra obra que hice en el Di Tella en el ‘66, y la que me piden en San Pablo es del ‘65. ¡Recién ahora están descubriendo que yo era importante! Por otro lado, estoy haciendo una obra nueva interesantísima: son cuadros con retazos de telas de un colchón mío, que pinté, y con proyecciones psicodélicas encima. Es como un post-psicodélico. Uno solo de estos cuadros se presentará en el Malba, pero en la puerta de afuera, porque data de 2010 y la exposición llega hasta 1989 nomás.

Vivió en París, Nueva York, Washington. ¿Por qué elige Buenos Aires para quedarse?

Porque soy porteña. Me gusta mucho el feedback que hay con la gente en la calle. Por eso, para trabajar, prefiero Buenos Aires. Pero como ciudad sofisticada, para divertirme y pasarla bien, elijo Nueva York.

 

Superwoman

Para ser creativo es preciso contar con inteligencia e imaginación. Hay quienes aducen que una justa dosis de locura es el ingrediente clave para que la creación sea tan particular como interesante. Porque una obra de arte es un disparador de emociones al que muchos le temen. Y cuando la hacedora es nada menos que la excéntrica Minujín, se advierte que los límites tiemblan como la cuerda del equilibrista.

Así, cuando a esta artista enamorada de la provocación –no como mera disquisición sino para mantener despierto al espectador– se le pregunta sobre la idea más exótica que se le ocurrió pero que aún no realizó, responde con una juguetona picardía en la voz: “Cometer mi propio suicidio en un programa de televisión que se emita alrededor del mundo. Anunciarlo 24 horas antes y sentarme en un especie de trono de láser donde se presenten todos mis happenings. Después, que todas mis obras de esculturas se vayan derritiendo alrededor mío y de pronto, con tubos de neón o algo así, se me inyecte (se ríe) cianuro en las venas para que me muera a la vista del público. Es la obra que titularía Vivir y morir en arte . Sin ánimos de alentar el acabóse de una artista que, a esta altura, es patrimonio nacional, es casi imposible no sonrojarse y buscar la aclaración de que se trataría de un recurso ficcional, de una fantasía televisada. Divertida pero terminante, Minujín aclara: “¡No! Entonces no serviría como obra de arte. Pero ya vamos a ver si la hago o no , dispara. Provocativa. Una vez más.

Otra idea que Minujín no pudo concretar, aunque en este caso se trató de un impedimento protocolar, fue la de entregar a la reina Sofía de España una réplica del cofre que Isabel la Católica le habría cedido a Cristóbal Colón con sus joyas pero, en su versión, repleta de granos de maíz dorado, a propósito del quinto centenario del descubrimiento de América.

¿Sus sueños tienen el nivel de creatividad que mantiene en la vigilia?

No (seria). Mis sueños son pesadillas atroces que no quiero recordar.

No parece ser una artista que se deje influenciar por la opinión externa. ¿Es
lo que le permite crear tan libremente?

Realmente nunca me preocupó si la gente decía que era buena o mala mi obra porque, como hago un arte único, creo que es incomparable. Y, aparte, porque tengo una gran dosis de ego. Pienso que soy superwoman. Cuando estoy en el mundo del arte no me para nadie. En la vida es más difícil: es una gran confusión y un gran desorden.

Se autodefine como genio...

(Interrumpe) Es que creo realmente que lo soy.

¿Pero qué significa para usted ser genio?

Alguien que no razona sobre lo que hace y que piensa que siempre es todo una genialidad, como Salvador Dalí. Creo que todo lo que hago tiene un valor intrínseco y que se expande hacia el inconsciente colectivo, porque a muchísima gente le gusta lo que hago.

¿En algún momento sufrió por ser una artista incomprendida o esa situación la motivaba a redoblar la provocación?

Me motivaba mucho más para crear porque era mi único refugio. El arte me lo dio todo: vida, amigos, dinero... Gané y perdí, me vinculé con miles de personas, viajé por el mundo entero. Todo me lo dio mi trabajo. Yo misma, en realidad. Al apellido Minujín no lo inventó nadie, ni siquiera había artistas en mi familia. Entonces, eso me hace sentir mucho más segura. Sobre todo porque mis padres no querían que estudiase Bellas Artes. Pero yo me rebelé e hice la mía.

¿La Marta Minujín que el público conoce es la misma que está en su casa con su familia, o hay un personaje para el arte y otro para la vida?

Creo que es un poco distinta. Pero me siento mucho mejor en el personaje del arte que en el de la vida. Aparte, porque mis hijos y toda mi familia son mucho más normales. Y yo, cuando estoy con la gente más normal, inmediatamente me tengo que volver al taller para sentirme bien.

Aclaremos que su marido, el economista Juan Carlos Gómez Sabaini, pertenece justamente a ese grupo de afectos “normales que la rodean. Y mencionemos que acaban de cumplir las bodas de oro, tras casarse en secreto cuando ella tenía apenas 16 años.

Se enamoró de un hombre que nada tiene que ver con el mundo del arte. ¿Tanto le atraen los opuestos?

Él tenía 20 años cuando se casó conmigo. Nos fuimos haciendo el uno al otro y nos comunicamos en un nivel de conciencia. En los otros, no. Él hace lo suyo. Por ejemplo, ahora está en Guatemala en un seminario para economistas. Pero su relación conmigo es en otro nivel. Y trato de establecer lo mismo con mis hijos.

Poder comunicarse con el otro, a pesar de las diferencias, también es un arte...

Sí. Pero cuando ellos están en conjunto me resulta muy difícil porque son todos más normales. Entonces, me siento aislada.

Y ahí no debe ser tan protagonista como es en el mundo del arte.                         

Por supuesto. Y me siento más insegura. Porque yo no sé cocinar ni hacer trámites. No entiendo. No sé hacer ninguna de las cosas que saben hacer los demás.

Tags relacionados