Jueves  21 de Febrero de 2008

En las tierras del Magreb

Túnez ha sabido capitalizar las bondades de la vida contemporánea sin haber renunciado, por ello, a las tradiciones islámicas. Moderno y pujante, su misterio y exotismo se descubren en las antiguas ciudades amuralladas y en el desierto. Allí, en el Sahara tunecino, los camellos hacen las veces de taxis guiados por bereberes que conducen a los turistas –mayormente europeos– por los cambiantes senderos del mar de arena.

Texto y fotos: Carlos Manuel Couto

Mientras el avión cumplimenta sus procedimientos de rutina para aterrizar en el aeropuerto Tunis Cartage, la capital tunecina aparece en la ventanilla dejando, tras de sí, las imágenes alucinadas del desierto, los extensos palmerales y los enormes estanques ovalados en los que se almacena el agua de los oasis. Arenas amarillas, bosques verdes y espejos líquidos color esmeralda anticipan las maravillas ocultas de esta porción del territorio africano. ¡Marhaba, marhaba! se escucha reiteradamente en el hall del aeropuerto. Es el clásico saludo de bienvenida en idioma árabe que se mezcla con uno que otro bienvenu, porque el francés es el segundo idioma de muchos tunecinos, consecuencia de 74 años de protectorado galo.

Túnez, Tunisie, Tunisia o Tunesien. La república tunecina es un país con un territorio similar a nuestra provincia de Córdoba que, enclavado en el África septentrional y a orillas del mar Mediterráneo, entre Argelia y Libia, forma parte de la llamada región del Magreb. En esta tierra, que acumula más de tres mil años de historia, el turismo crece a pasos agigantados: en 2006 llegaron más de 5.5 millones de viajeros interesados en conocer el desierto, los yacimientos arqueológicos fenicios, romanos y otomanos, y los balnearios distribuidos en 1.300 kilómetros de costa. Cartago fue fundada por los fenicios en el siglo VII a.C. y es la antigua capital púnica. Entre los restos del pasado esplendor, lo que más subyuga, por su volumen, son las ruinas romanas: deslumbran las columnas aun en pie, las paredes pétreas, el anfiteatro romano y las termas de Antonino. Hoy todo está muerto, menos la historia que revive en el Museo Cartaginés, testimonio de las tres etapas que vivió la mítica urbe: fenicio-púnica, romano-africana y árabe-musulmana. Hamed Salum conduce rumbo a dos de los sitios históricos más importantes de Cartago, mientras en la radio suena Hedí Donia, el cantante tunecino de moda que convoca multitudes. Pasamos frente a la casa en que nació y creció la actriz Claudia Cardinale, en el barrio de Kram, y en minutos más llegamos a Sidi Bou Said. Celeste y blanco. Blanco y celeste. Balcones de madera de fino tallado que traen reminiscencias de algunos miradores hispanos. Puertas claveteadas, con arco morisco, y todo pintado de un celeste y blanco que se repite infinitamente. Son los colores del Mediterráneo.

Sin medina, no hay historia

Sidi Bou Said es un barrio medieval pintoresco y prolijo, colorido e impecable. De cara al mar, sus callecitas angostas, empedradas y atiborradas de comercios, trepan por la enorme colina de Byrsa. En la cima se abre un magnífico panorama: el golfo de Cartago bañado por las aguas del Mediterráneo. Durante la caminata se descubre la libertad del vestir tunecino porque hombres y mujeres en jeans se cruzan con la melia de los beduinos, el pañuelo hijab que cubre las cabezas femeninas y las largas chilabas blancas, tan frescas y de uso común entre los varones. En un solo paseo queda demostrado cómo Oriente y Occidente intercambian la moda al margen de la política.

Hamed señala el antiguo Café des Nattes, un sitio donde se reunían famosos como Georges Bernanos, Paul Klee y André Guide. Mientras nos invade desde los jardines el perfume a jazmín, apuramos un café a la turca con rosquillas rellenas de dulce, conocidas como bambalouni. Cerca se avizora el minarete de la mezquita del santo Sidi Bou Said y, más allá, el palacio del barón Erlanger, ahora centro cultural y museo de la música magrebí. Veinte minutos más en auto y ya estamos frente a la imponente basílica cristiana de San Luis, vecina a las ruinas de Cartago. Un niño camina hacia mí. Preparo unos dinares pero el guía me advierte que sólo aceptan objetos que les sean útiles para el colegio. Le regalo mi lapicera.

A la mañana siguiente, cruzamos el centro camino a la medina –casco amurallado de las antiguas ciudades árabes con impresionantes laberintos que no encierran ningún peligro más que la chance cierta de perderse si no se cuenta con un guía confiable o un excelente plano de la ciudadela–. Atrás queda Cartago, agitada. Hamed advierte que se trata de la medina más grande de Túnez y que entraremos por la puerta Bab Bhar. Cuando finalmente ingresamos, compruebo lo que presentía: estoy en otro mundo. El siglo XXI no logró atravesar los grandes portales de la medina. Le cerró el paso la Arabia del siglo VIII.

El lazo histórico de esta medina se anuda con el conquistador de la Cartago bizantina, Hasan Ibn Noonan, quien ordenó la construcción de la gran mezquita Ez-Zitouna para festejar una de sus victorias militares. Por aquí pasaban las rutas más importantes que surcaban el África romana y se abastecían en el gran mercado de la zona. Tan grande es esta medina que se estima –porque no hay certeza alguna– que en sus zocos se alinean unos diez mil locales entre tiendas, boticas y puestos de comida al paso. Hamed me entrena para las compras: “Túnez es el reino del regateo. No adquiera nada sin pedir rebaja porque, para nosotros, discutir afablemente con el cliente es una costumbre –casi un juego– que se da en cualquier relación comercial. Y, a veces, el precio se puede bajar hasta 50 %”. La ciudadela se abastece a sí misma y una entreverada red de callejones conducen a las viviendas, las mezquitas, los cementerios, los palacios, los baños turcos, los monasterios, las plazas, las escuelas coránicas (medersas), los jardines y los talleres de los artesanos, organizados por gremios. En medio de este entramado arquitectónico emergen las cúpulas y los minaretes de las mezquitas de El-Ksar, Hamouda Pacha y Youssef Dey, construida por los turcos en el siglo XVII. En uno de los palacios del siglo XVIII, ahora transformado en restaurante, degustamos el menú clásico de Túnez: cuscús de pescado y verduras, confituras dulces y un digestivo té de menta servido en pequeños vasitos de vidrio.

Partimos rumbo al Museo Nacional del Bardo en el preciso momento en que el bullicio se congela: desde uno de los minaretes, el muecín –miembro de la mezquita– llama a una de las cinco oraciones diarias. Silencio y recogimiento.
Desde la medina hasta el museo zanjamos unos cuatro kilómetros que bastan para hacernos sentir el calor africano. Segundo en importancia en África después del Museo de El Cairo, El Bardo reúne la colección más grande del mundo de mosaicos romanos y bizantinos. Aquí se encuentra la única imagen conocida del poeta Virgilio, flanqueado por las musas, y otra de Ulises tentado por el canto de las sirenas. En otras salas se suceden reliquias púnicas y piezas arqueológicas, de arte y vestimentas, testigos esplendorosos del pasado tunecino.

El desierto, aquí nomás

Welcome to Sahara saluda un cartel en el pequeño aeropuerto de Tozeur, una antigua ciudad romana rodeada por el desierto más grande del mundo. Antes, desde el aire, se desplegaron las crestas doradas de las enormes dunas. Ahora, en la terminal aérea, sorprende la presencia de dos Jumbo sin identificación comercial que cobijan, debajo de cada una de sus alas, un dúo de jet también blancos. El guía Awar Sadok despeja rápidamente la curiosidad: “Pertenecen a dos sultanes que han venido desde Emiratos Árabes a pasar sus vacaciones en Túnez. Viajan con todo su séquito –entre 300 y 400 personas, entre familiares y servidumbre–, además de trasladar también sus tiendas de campaña de varios ambientes –pueden llegar a 30 carpas gigantes– y sus vehículos terrestres. Los jet son su custodia en vuelo, aunque también los utilizan para movilizarse rápidamente, si es necesario”. Pero, ¿por qué eligen el desierto como destino de vacaciones si viven rodeados de arena?. Según Sadok, “los árabes estamos ligados de una manera u otra con el desierto, con la ventaja de que el de Túnez no tiene un clima tan tórrido como el de otros países”. El desierto es un mar sin agua, balizas ni faros. Un océano de arena que es imposible surcar sin un guía berebere. El calor y el frío que asolan al desierto son tan inseparables como el beduino y el camello, cuyas vidas están selladas por un ritual ancestral: el amo come la pulpa de los dátiles y su fiel compañero se alimenta de los carozos. Con todo, el vínculo dista de ser sagrado: en las tiendas de Tozeur se pueden comprar las mejores mantas de pelo de dromedario así como tapices, alfombras y máscaras fabricadas con su cuero, que encabezan el ranking de souvenires.
De rasgos fuertemente marcados, mirada penetrante y piel curtida por el sol, los berebere –divididos en las tribus tuareg, rif, sluh, haratin, kabil o shawaia, cada una con su propio dialecto– son expertos conocedores del Sahara, de sus vientos y sus arenas cambiantes. Y de sus lugares más recónditos, como ciertos pozos de agua disimulados bajo el eral. Resulta hipnótico observarlos marchar por el desierto, inmutables, con su mirada perdida en un horizonte que nunca se ve.
Amanece y partimos rumbo a las ruinas de la antigua ciudad de Tamerza. Por un camino pedregoso, enfilamos hacia la Cordillera de Atlas. Al cabo de algunas horas, en medio de un paisaje lunar, llegamos a este sitio desolado pero de gran interés para arqueólogos, paleontólogos y cineastas (aquí se filmaron escenas de El paciente inglés, En busca del arca perdida y la saga de La guerra de las galaxias, cuyos sets construidos en el campamento de Ong Jamel son hoy una atracción turística para quienes pasean por estas soledades).

En Túnez se afirma que “quien quiera conocer un pequeño rincón del paraíso, tiene que entrar a un oasis”. Elegimos el de Mides, uno de los más importantes de la región. Allí, en un cañadón al que se accede gracias a una larga escalera de piedra, hay un pequeño valle con formaciones rocosas y un tupido bosque de palmeras que clavan sus raíces entre pedruscos y arena. El agua cristalina corre con fuerza desde un estrecho desfiladero tachonado de manantiales y cascadas. En lo alto de la meseta se encarama un diminuto poblado, desde donde se domina panorámicamente el vergel.

Emprendemos el regreso. Sobre la línea del horizonte cae un sol anaranjado a pique. Y la fortuna nos obsequia una postal inesperada: a lo lejos, una caravana de tuareg se desplaza lánguidamente, a lomo de camello. Las fotografías se tiñen de dorado.

Hacia la franja costera

La travesía ahora conduce a la ciudad de Hammamet, la tercera en importancia en Túnez y bañada por un mar de zafiro. Tras atravesar los viñedos de Grombalia y los olivares de Sahel, nos instalamos en el balneario-jardín de Port El Kantaoui, que tiene un aire a Puerto de Mogán, en la Gran Canaria. Hammamet fue fundada por los fenicios en el siglo IX a.C., siendo luego un enclave romano y más tarde musulmán, siempre en disputa por su emplazamiento estratégico. Se trata de una ciudad costera lujosa, moderna y muy animada, en cuya pintoresca marina amarran yates y veleros de ensueño. Uno de los balnearios más excéntricos corresponde a Asdrúbal, un seis estrellas de 300 habitaciones que posee la suite más grande del mundo (1.542 metros cuadrados) y un campo de golf de 103 hectáreas, 27 hoyos, par 108, diseñado por Ronald Fream. Cerca del mar se halla la medina, con sus murallas perfectamente conservadas. Allí se apiñan tesoros tan preciados como la gran mezquita (año 850), la kasbah, el faro Khalef (año 859) y el ribat, fortaleza del siglo VIII. Además, claro, de cientos de tiendas, mercados y restaurantes por los que se pasearon desde Winston Churchill y Oscar Wilde hasta Sofía Loren y Elton John.

Emprendemos la última etapa del viaje, hacia Kairouan. Antes, nos desviamos unos kilómetros para recorrer el coliseo romano El Jem, construido en 232 d.C. por el emperador Gordiano. Se trata del circo más grande conservado, después de los de Roma y Verona, y en su interior funciona un museo especializado en mosaicos romanos. Si la historia religiosa de África del Norte tiene una puerta de entrada, ésa es Kairouan. Ciudad santa del Islam, tiene la mezquita más antigua de Túnez y es la cuarta en importancia después de La Meca, Medina y Jerusalén. Los circuitos turísticos tienen su broche de oro en esta ciudad que, vista desde lejos, parece un dibujo en el desierto. Catorce aljibes de 50 mil metros cúbicos de agua cada uno (el mayor llega a los 128 metros de diámetro) surten el riego y calman la sed en este enclave famoso por la elaboración de alfombras artesanales. Una de lana de cordero requiere enlazar 80 mil nudos en ocho meses de trabajo, mientras que una de seda demanda más de un año de labor. Compradas directamente en un taller, pueden costar entre u$s 70 y u$s 800, en el caso de las de lana de cordero, mientras que las de seda pueden cotizarse hasta u$s 7 mil. Las murallas de la medina, de color ladrillo claro, dentadas y salpicadas por torres y bastiones, le dan al casco histórico un aire venerable y fuera del tiempo. En el zoco se encuentra el pozo de agua más antiguo: es del siglo VIII y permanece activo (el agua es extraída por una noria que mueve un corpulento camello; la gente se acerca a él, bebe lo necesario para calmar la sed y deja unas monedas para el camellero, en un rito que ya lleva trece siglos).

La mezquita de Kairouan es una de las más antiguas del mundo y uno de los monumentos más impresionantes del Magreb. Fue fundada en el año 670 y reconstruida en 836 por la dinastía de los Aghlabides, en su momento de mayor esplendor. Es también un hito histórico porque, desde aquí, Tarek Ibn Ziad se lanzó en el año 711 a la conquista de España. En su interior se abren diversas puertas, pero la más bella es la de Lala Rihanna. El gran patio central está embaldosado en mármol blanco y, en el centro, tres cuadrantes solares señalan la hora de la oración. Silencio y quietud son los puntos cardinales de la mezquita cuya sala de plegarias está flanqueada por decenas de columnas romanas de mármol rosa y negro. Aquí se encuentra la sepultura de Sidi Sahab, compañero de Mahoma y apodado el barbero porque llevaba consigo, como reliquia, tres pelos de la barba del profeta. Pero otro tesoro también se resguarda aquí: un Corán en pergamino azul con escritura dorada, el único en su especie que existe en el mundo musulmán, del que Túnez es un portal de acceso sin igual.

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