Viernes  04 de Junio de 2010

Darín X Darín

Complicidad y mutua admiración, además de una dosis de ternura y desenfado en partes iguales, caracterizan el vínculo entre Ricardo y Chino Darín. En su primera entrevista juntos, el mejor actor argentino de su generación y su hijo, quien da los primeros pasos en el mismo oficio, comparten anécdotas y confidencias. Una relación entrañable. Un diálogo imperdible. Un tributo de Clase Ejecutiva a todos los padres, en su día.

Texto: Jesica Mateu

El sol está a punto de esconderse y, con el frío, pocas personas transitan por la pasarela de bares y restaurantes de la zona de Las Cañitas. El lounge de uno de esos reductos oficia, esta tarde, como la casa de Ricardo Darín. Así nos recibe, como un perfecto anfitrión. Incluso ofrece un refrigerio, mientras se despide de la periodista, el fotógrafo y el camarógrafo de O’Globo, el multimedios brasileño que envió a ese equipo especialmente a Buenos Aires para entrevistar a quien consideran, en la tierra de Lula, el actor argentino más importante y querido del momento.

La inminente celebración del Día del Padre (el domingo 20 de junio) fue la excusa perfecta para convocar al actor más prestigioso y taquillero de su generación y a su hijo, quien ya está dando sus primeros pasos en una profesión que, sin dudas, forma parte del ADN del clan Darín, en una tradición iniciada por Ricardo y Renée Roxana, los padres del protagonista de El secreto de sus ojos y Carancho, actualmente en cartel.

Además de compartir la misma vocación y el mismo nombre (aunque el primogénito se presente, directamente, como Chino, y así espante cualquier amague de llamarlo Ricardito o Junior, posibilidad que lo espanta), se muestran naturalmente cómplices y compinches.

Y, a lo largo de una charla distendida e intimista, demostrarán cuánto de la juventud de Chino acelera el torrente sanguíneo de su orgulloso padre. Y cuánto de la madurez de Ricardo asoma en el discurso de un joven de 21 años que, a diferencia de tantos herederos, escapa al tentador facilismo de quien es hijo de una celebrity.

En la primera entrevista que aceptan hacer juntos, padre e hijo también despliegan esos guiños, bocadillos, ironías y gestos cancherísimos que, para los argentinos, ya se han convertido en sinónimo de réplicas darinescas.

Pero las salidas espontáneas y las tomaduras de pelo mutuas también dejan espacio para que aflore el costado menos difundido pero más auténtico de Ricardo y Chino: un padre y un hijo gozosos de aprender el uno del otro. 

Ahora que ambos son actores, ¿se modificó la dinámica del diálogo?

Ricardo: Obviamente, se abrió una carpeta nueva. Y hablamos de eso. Pero, en realidad, lo hacíamos desde antes que él diera sus primeros pasos. En casa los temas son bastante abiertos. No sólo entre nosotros dos, también con Florencia y Clara (N. de la R.: Su mujer e hija). Hablamos de lo que nos pasa a todos y a cada uno. Por supuesto que, en este último tiempo, nos quedamos un poco más afuera de una charla grupal. A veces tenemos un mano a mano pensando, analizando o criticando alguna situación e intercambiando opiniones.

¿Le das consejos o, más bien, se trata de transmitirle tus experiencias?

Ricardo: Es, más bien, transmitirle experiencias. Él no es de pedir consejos (Chino sonríe). Yo soy bastante más de darlos (Chino ríe, directamente). Por eso será que no los pide (Carcajadas al unísono). Es que, ante una nueva situación, siempre te tenés que adaptar. Es un poco como ser padre: aprendés sobre la marcha, porque no hay ningún manual que te indique qué se debe y qué no se debe hacer. Una característica de los actores, sobre todo en las primeras etapas, es que nos cuesta muchísimo vernos en forma objetiva. Yo lo veo mucho más ahora, a través de él, que en mí mismo. Me doy cuenta de que le cuesta valorar lo que hace bien y me acuerdo de lo que me pasaba a mí. Porque hay una sensación difícil de controlar: te fijás mucho más en lo que no hiciste o en lo que podrías haber hecho, que en lo que hiciste. Entonces, se podría decir que mi línea de acción con él es más terapéutica, en este momento. Es que me gusta el proceso que está haciendo. Me gusta tener la chance de verlo y analizarlo. Es decir, ver cómo, en el paso a paso, se va acomodando y empieza a ganar soltura.

Es un trabajo difícil. Porque, especialmente en televisión, los tiempos son muy raros: hay mucha gente, se trabaja a alta velocidad y es difícil destinarle un espacio de atención a lo que querés hacer (comienza a sonar el teléfono celular de Chino, quien no acierta a encontrarlo en su campera ni en su pantalón).

Entonces, valoro mucho el trabajo de los actores en televisión. (Chino, finalmente, encuentra el teléfono). No es lo mismo en teatro o en cine (Chino no logra apagarlo). Te puede interrumpir una llamada en cualquier momento (carcajadas cómplices).

Chino: ¡No lo puedo ni apagar!

¿Y hay conceptos que recalcás especialmente?

Ricardo: Como te decía, él se maneja muy solo en ese sentido. Creo que incorpora rápido todo lo que aprende. Y se aprende mucho en la cancha. Él está viviendo... En realidad, esta pregunta la tendría que responder él.

Chino: Pero como tomaste vos la palabra...

Ricardo: Claro, y ahora es difícil que la largue (le guiña un ojo).

¿Cómo recordás, Ricardo, tus inicios?

Ricardo: Fueron totalmente distintos a los suyos. Yo tenía 5 años, nada más. Mi foco de atención no estaba puesto en lo que estaba haciendo, me salía naturalmente. Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Hoy me pasa más o menos lo mismo (risas).

Chino, cuando te sumaste al equipo de El secreto de sus ojos, ¿fue la excusa perfecta para abandonar, definitivamente, tus estudios de dirección de cine?

Chino: Sí. Bah, en realidad, no los retomé. No sé si definitivamente los largué.

¿Pero te sentís más actor que director en potencia?

Chino: No me siento nada en particular. Sé que las dos cosas, la actuación y la dirección, me gustan. No quisiera dejar cerrada ninguna posibilidad porque, la verdad, la pasé muy bien trabajando en cine y también me encanta lo que estoy haciendo ahora. Más allá de que, como dice él, es difícil verse a uno mismo, disfruto del proceso. Me divierte, me entretiene y aprendo todo el tiempo. Porque en el momento en que actuás es muy difícil registrar qué es lo que estás haciendo. Después pasa que me quiero matar (Ricardo lo contempla con ternura).

¿Tan joven y tan autocrítico?

Chino: Es que si uno no es crítico consigo mismo... Me veo y es difícil poner la atención en lo que más o menos logré resolver o me salió bien. Es más fácil ponerla en lo que no hice y podría haber hecho. Y, en general, nuestras charlas se basan también un poco en eso.

Ricardo: Partiendo de la base de que son experiencias difíciles e intransferibles, lo mejor es esperar a ver qué viene y cuál es la reacción. Tampoco estoy ubicado en un lugar didáctico. Supongo que en el circo pasará un poco lo mismo. Entre los trapecistas, en algún momento, se dirán: “Cuando agarrás la barra, tratá de tener resina en las manos porque te podés patinar”. Son cosas técnicas del oficio. Lo que pasa es que nosotros lo mechamos con otros temas. No es una cosa híper obsesiva. Estamos hablando de setenta boludeces y, de golpe, aparece algo del trabajo.

Vos, Chino, ¿también sos de hacerle comentarios críticos sobre su trabajo?

Chino: Poco. Lo que pasa es que son dos situaciones completamente distintas. Y, además, lo que él hace últimamente es cine, y los momentos de devolución tienen que ver con algún estreno. Sin embargo, en algunos casos más y en otros menos, participo del proceso.

Ricardo: La novedad es él. Como estábamos un poco hartos de hablar de mí, ahora aprovecho para descansar. Ya estaba necesitando a alguien que tomara la posta, más allá de que está bueno esto de que aporte a la canasta familiar (risas).

A la madre se le cae la baba, yo trato de ser un poco más criterioso, la hermana es su defensora a ultranza. Todo gira a su alrededor en esta nueva etapa (le brillan los ojos).

¿Y cómo manejan la mirada del afuera? En tu caso, Chino, será inevitable la comparación con tu papá...

Chino: Al menos concientemente, no establezco un punto de comparación. Sería ridículo...

Ricardo: ... A un hombre mayor...

Chino: Claro, a un hombre mayor tampoco voy a hacerle eso (sonríe). En un punto, existe esa presión, pero no es algo que tenga presente.

Ricardo: Éste es un payaso, en realidad. Lo que pasa es que todavía nadie se dio cuenta. Cuando descubran que es un payaso, ¡se pudre todo!

Chino: Creo que algo de esa  mirada existe, pero en cuanto a que la actuación es algo que compartimos, no en lo que nos comparemos.

Ricardo: Sí, soy bastante benévolo (finje un gesto de suficiencia).

No me refiero a tu mirada, Ricardo, sino a la del medio, que puede tener cierta expectativa respecto del hijo de Darín.

Ricardo: (Tajante) Eso es un karma.

Chino: Es inevitable, pero elijo no hacerme cargo. Me parece lo más sano.

Y en tu caso, Ricardo, existe esa expectativa respecto de tu buen humor constante...

Ricardo: Sí, pero últimamente no estoy tan simpático. Estoy más intenso, más serio. Incluso, algunos amigos me reclaman y me preguntan qué pasa. Eso me ocurría cuando era chico: si no interrumpía una conversación, me preguntaban si estaba enfermo, porque estaban acostumbrados a que fuera el payaso. Ahora estoy más tranquilo, más grande. Entonces (baja el tono de voz), me cuesta trasladarme, masticar bien, tengo problemas de retención de líquidos (carcajadas). Como te digo, me parece que lo que apareció, con su elección de probarse a sí mismo, fue una bocanada de aire muy saludable dentro del esquema familiar, porque nos permite tener una mirada distinta sobre todo. Tanto es así, que creo que ya no me dan ni cinco de pelota en casa. Y está bueno. Hasta un punto, por supuesto. A veces me arriman un plato de comida, cosa que agradezco (risas). Estamos bien, está equilibrada la cosa. Tampoco es que él ande pidiendo devoluciones sobre su trabajo porque, en ese sentido, es muy independiente. Quizás yo sea más dependiente. Hago de cuenta que no, pero ando dando vueltas esperando que me digan algo. Pero son las propias inseguridades que te genera tener competencia dentro de tu misma casa. Además, te aparece un patovica así, todo aceitado (Chino estalla en carcajadas). En cualquier momento me ponen la ropa en la calle (risas).

Con La señal tuviste la oportunidad de probarte como director. Si bien fueron circunstancias especiales (N. de la R.: Tomó la posta tras la muerte de Eduardo Mignona), ¿te gustó ubicarte en un rol diferente?

Ricardo: Me parece que me atrevería a intentarlo nuevamente, toda vez que tenga una buena historia para contar. Es otro tema que hablamos bastante con él, porque se de su interés y del trabajo que hizo, porque lo vi de cerca. De golpe aparece alguna propuesta, una idea o una fantasía y lo primero que me nace ahora, cosa que antes no me ocurría, es buscar su mirada, a ver si combinamos y nos podemos encargar juntos de alguna cosa. Es la primera vez que me descubro diciendo ésto (calla, sorprendido ante su propia confesión). Es una instancia nueva que se da por la decisión de él, por su movida y porque lo estamos tomando, sospechosamente, con mucha naturalidad dentro del esquema familiar.

¿Y qué es lo que les gusta compartir, más allá del trabajo?

(Se miden con la mirada, se ríen, cómplices)

Ricardo: ¡Mirá cómo me quedaron los dedos de jugar a la PlayStation!

Chino: (Sobrador) Ahí no tiene ninguna chance.

Ricardo: Me está enseñando. Y mucha paciencia no me tiene (pucherea). Me gana, por ejemplo, 14 a 1. Pero desde antes de esta incursión, jugamos mucho al ping-pong.

Chino: Podemos invitar abiertamente a un desafío a dobles a quien sea.

Ricardo: Sí, a otra familia. Preferentemente que no tengan experiencia previa (risas).

Chino: Y vemos películas, todo el tiempo.

Ricardo: Ayer vimos una buena...

Chino: Se llama Hace mucho que te quiero. Es francesa, de Philippe Claudel. Muy buena. Vemos variado. Fuimos a ver Avatar al cine...

Ricardo: Por curiosidad, podemos ver cualquier cosa. Y en eso siento que tenemos una característica muy similar, distinta a la que comparten Florencia y Clara. Nosotros nos podemos llegar a comer un bodrio de principio a fin. En realidad, compartimos bastantes cosas, ¿no? (lo mira, expectante)

Chino: Casi todo.

¿Y qué no comparten?

Ricardo: Las chicas. Afortunadamente para él, lamentablemente para mí (risas). La relación que  viene teniendo con la madre ya me parecía bastante sospechosa, así que le pedí que se mantuviera al margen (carcajadas).

Chino: En un punto, no somos tan distintos. Lo que pasa es que siempre que dos personas, por más parecidas que sean, hablan de un tema y toman posición ...
Al unísono: ¡Discutimos mucho! (Carcajadas).

Ricardo: Es que en casa somos profesionales de la discusión. Tenés que estar muy despierto y atento porque, en cualquier momento, te ganan y ni te diste cuenta. Es una tendencia muy marcada pero constructiva, amable.

¿Y se arman bandos?

Ricardo: Sí, ellos están siempre en contra mío (risas). Salvo rarísimas excepciones, cuando él, de pronto, dice: “Bueno, tampoco es para que se la agarren con este pobre hombre” (risas).

Chino, ¿podés tomar distancia y ver a tu padre como profesional? ¿Qué te gusta de él como actor?

Chino: Los ojos, nada más (risas). Básicamente, me gusta todo lo que ha hecho. Algunas cosas más  y otras menos. Pero ya tengo cierto training en diferenciar a mi padre del personaje que esté haciendo, porque lo he hecho toda mi vida. Pero, por supuesto, en general me gusta mucho su trabajo. Y no creo que tenga que ver con que sea mi viejo, porque es algo que te dice cualquier persona a la que le preguntes.

¿Pero hay alguna cualidad de tu padre como intérprete que destaques especialmente?

Chino: Me gusta la capacidad que tiene para interpretar personajes totalmente distintos. E, inclusive, me gustan también las elecciones que ha hecho como actor. Justamente, por elegir personajes e historias distintas. De repente me cuenta que va a hacer una película con Pablo Trapero (N. de la R.: Carancho, actualmente en cartel) y me parece algo diferente a lo que viene haciendo. Eso siempre me parece importante, porque sino uno se queda en un estereotipo.

Considerando que estás empezando, ¿tenés la intención de elegir trabajos o pensás que en esta etapa todo es útil para aprender?

Chino: Pienso las dos cosas: que todo es productivo y que de todo se aprende.

Ricardo: Es una etapa en la que se tiene que foguear (desliza, súbitamente serio).

Chino: Me parece nutritivo hacer cosas con diferentes registros. Hoy estoy laburando en una tira que tiene un tono particular y me encantaría también hacer algo diametralmente opuesto. Inclusive hacer teatro o cosas que hasta ahora no he hecho, pero porque acabo de arrancar.

Chino goza de una formación académica que vos no tuviste, Ricardo. ¿En algún momento sentiste que era una falencia?

Ricardo: Lo siento no como una falla, pero sí como un hueco. Me gustaría haber tenido un poco más de constancia y haber buscado una formación más académica o técnica, más profunda. Pero viste que la vida es eso que te va ocurriendo mientras te ponés a pensar qué es la vida... Y a mí se me dio de esta forma. Es decir, empecé a trabajar desde muy chico y me fui cocinando en el terreno. Un poco lo que le está pasando ahora a él. Uno no se da cuenta hasta qué punto aprende, pero aprende mucho. Se chequea mucho, te estás testeando permanentemente y vas aprendiendo a manejarte de determinada manera. Me gusta la formación que él tiene y me gustaría que tuviera más todavía, porque siempre es muy valioso (Chino entrecierrea los ojos, se mira las uñas). Es ese tipo de cosas que deberías tener en tu mochila porque no sabés en qué momento te van a servir. Pasa que él tiene facilidad para las cosas. Y eso, a veces, es un doble filo. Porque la gente a la que le cuesta, necesariamente debe enfocarse, volverse más obsesiva y profundizar.

Chino: Bueno, eso es lo que vos creés.

Ricardo: Con la música le pasa lo mismo, aunque lo niegue. Ha intentado tocar instrumentos... ¡Y al tipo le resulta fácil! Quizás por eso no está todo el día con el piano o tocando la guitarra. Pero son rasgos particulares. Quizás ahí también tengamos algunas cosas en común. En realidad, de acá vamos a salir directo a terapia de grupo. Bienvenido sea (silencio). Me perdí.

Hablábamos de formación vs. experiencia.

Ricardo: Es fundamental tener una formación más allá de lo que la vida decida darte. Soy de los que creen que cuando las cosas te cuestan, les otorgás un valor determinado. Y no estoy hablando de un costo material, necesariamente. Me parece que uno cuando imprime esfuerzo y consigue logros, por pequeños que sean, son como ganchos que te van llevando.

¿Te propusiste especialmente transmitirle a tus hijos el valor del trabajo y el esfuerzo?

Ricardo: No se si con la madre hemos sido demasiado didácticos en la transmisión de ese tipo de valores. Creo que sí, básicamente por cómo son Ricardo y su hermana Clara: son jóvenes sensibles y tienen buena onda, gente inteligente y con los que se puede dialogar y razonar (Chino infla el pecho). No sé cuál es el punto de análisis en el que podés detectar cuál fue tu injerencia o si les viene naturalmente. En última instancia, me gusta pensar que algo tuvimos que ver. 

Entonces, Chino, ¿tocás la guitarra y el piano?

Chino: No, el tema es que no toco nada. Quise tocar diversos instrumentos pero nunca tuve continuidad.

Ricardo: (Riendo) ¡Toca todos los instrumentos de una orquesta pero ninguno en profundidad!

Chino: Tomé clases de piano y de guitarra pero no podría decir que los toco. Me encantaría hacerlo, pero el problema es la constancia. Me conozco y se que no me voy a sentar a practicar ocho horas por día. Nunca logré luchar contra mi falta de constancia en cuanto a lo musical.

Ricardo: Ves, eso es algo que, lamentablemente, ha heredado de mí, porque Florencia es una mujer de muchísima constancia y voluntad. Son esos rasgos que detectás en tus hijos, que son línea directa, y decís: ¡Justo esto fue a agarrar!

Entonces, Ricardo, ¿qué fue lo que heredaste de tus propios padres? (N. de la R.: Los también actores Ricardo y Renée Roxana).

Ricardo: Fue muy importante vivir, en mi casa, lo que significa ser hijo de un matrimonio de actores. Y todos sus derivados. Siendo chiquito, me tocó dar mis primeros pasos en la radio y en la tevé, y todos los adultos que estaban alrededor, como eran amigos de mis viejos, formaban parte de la familia. Entonces, nunca sentí esa tensión que viven los que vienen de otro lado. También fue muy importante el haber estado, ya en la adolescencia, cerca de gente generosa y abierta, esas personas que te enseñan sin darse cuenta, sin remarcarlo, que te muestran el lado lindo del oficio, cómo podés divertirte, funcionar y servir en él.

so me ayudó muchísimo y fue, de alguna forma e inconscientemente, mi escuela. Y en el caso de él, a pesar de que haya arrancado un poco más grande de lo que arranqué yo, también vivió esto desde muy chico. Tengo imágenes suyas, por ejemplo, en el teatro, acodado en la butaca. Era chiquitito, tenía tres años, y ya estaba entre bambalinas, mirando toda la función. Entonces, cuando estás tan cerca de la cocina, el enfoque que tenés del oficio es distinto. Por eso es que, a partir de su decisión de incursionar en la actuación, me empieza a parecer un proceso que tiene una lógica inherente. Después de todo, es un oficio que estás viendo desde un lugar aparentemente ajeno, con un cuaderno en blanco donde vas anotando cosas y andá a saber hasta qué punto eso influirá, más adelante.

Y en este proceso que compartís con Chino, ¿recordás a tu propio padre?

Ricardo: No, porque mi viejo tenía una posición adoptada frente a este hecho totalmente distinta a la mía. Nunca me dijo absolutamente nada con respecto a nada que tuviera que ver con este oficio. Mi mamá, sí. Pero mi viejo era partidario de la intromisión cero en la vida de los demás. Era tan inteligente que sabía que hasta un gesto es una intromisión. Yo, en cambio, no lo puedo evitar. ¡Soy un pesado! Me meto a full, a veces demasiado. Pero son distintas circunstancias y contextos. Mis viejos lo único que no querían era que yo fuera actor. Y ahí hay una diferencia,  porque a mí nunca se me pasó por la cabeza pensar de esa forma. Al contrario, me pareció que fuera lo que decidieran, cualquiera de los dos, lo que necesitaban era nuestro estímulo y apoyo. Mis viejos nunca movieron un dedo para que yo fuera actor. ¡Si yo iba a grabar, cuando tenía 9 años, solito, en el bondi!

Chino: Yo voy solo, también.

Ricardo: Pero ya no tenés 9. ¡Y tampoco vas en bondi, precisamente! (Risas. Y telón final).

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