Jueves  13 de Mayo de 2010

Caballero errante

El marplatense Juan Pablo Villarino abandonó la carrera de Psicología para integrar la caravana virtual de los viajeros vocacionales. Su recorrida de 12 meses por los países que integran el denominado eje del mal le permitió documentar la cotidianeidad de esos pueblos.

Texto: Jesica Mateu

“Soy un agnóstico hedonista que se asombra ante las flores y los camellos
sin intentar explicarlos”.

Así se autodefine Juan Pablo Villarino en las páginas de Vagabundeando en el Eje del Mal (Del Nuevo Extremo). Allí relata sus 12 meses de peregrinaje por Medio Oriente, adonde viajó con el claro –y ambicioso– propósito de “deshilar la inextricable rasta de mitos tejidos por los medios en torno a esas tierras distantes y crear mi propia alfombra narrativa con las voces de los personajes conocidos a lo largo de las rutas polvorientas”. En 2005, con 27 años, decidió convertirse en ciudadano universal y viajar, a dedo, por todo el mundo. Partió con La Maga (como denomina a su mochila) desde Belfast, en Irlanda del Norte, donde vivió durante un año. Provisto de una firme creencia en la esencial bondad del ser humano, muchas veces la carpa y la bolsa de dormir se quedaron sin uso ante el irresistible encanto del techo solidario que le brindaron los habitantes de Turquía, Siria, Egipto, Irán, Irak y Afganistán.

“Cuando agito mi pulgar al viento, siento que froto la lámpara de un genio que concede, ya no deseos, sino sorpresas. Una variante menos materialista de la lámpara de Aladino”.

Villarino nació en Mar del Plata. Allí estudiaba Psicología hasta que, en plena invasión a Afganistán, quiso abandonar las lecturas sobre relativismo cultural y antropología para abrir una puerta que ya no volvería a cerrar. “Sentía que tenía las herramientas para poner el cuerpo y hacer mis propias investigaciones, contar lo que pasaba desde el lugar que quería”.

Ser testigo de la historia en vivo y en directo, ¿es una etapa de su vida o asume que ya nunca podrá parar de viajar?

Fue algo planeado casi con la premeditación de un ajedrecista. Decidí, consciente y adultamente, ser nómada. Y tengo un plan preciso: viajar, producir literatura de viajes que, a su vez, cause una diferencia al comunicar cotidianidades de distintas partes del planeta, y acercar culturas. Siempre tuve la certeza de que el viaje encierra un potencial muy interesante de información cualitativa y que hacerlo a dedo es casi una herramienta de estudio y un punto de vista para abordar la descripción de cualquier cultura o región. Todo esto era como un juego intelectual mientras estudiaba. Con el tiempo maduró y no tengo la intención de cambiar de rumbo.

¿Qué lo apasiona de la experiencia nómada?

Por un lado, podemos hablar de placer hedonista, de esa experiencia que hace centro en uno. Eso sentí en los viajes iniciáticos. Después, disfruté de articular los viajes con la comunicación: la posibilidad de ayudar a las comunidades visitadas a través de la literatura es lo que me hizo concebir este estilo de vida que ejerzo hace cinco años. El desafío era recorrer los países musulmanes y documentar una cotidianeidad perdida, en el sentido de que esa gente nunca habita los titulares. Ese es mi eje temático: documentar la hospitalidad en un mundo donde, aparentemente, hay cada vez más situaciones de peligro, enajenación y paranoia.

Es cómico porque, en teoría, el mundo está a nuestro alcance, hay una aldea global y todos somos hermanos. Sin embargo, hay cada vez más miedo a relacionarse horizontalmente. Adhiero, desde los 17 años, a la concepción de que existe bondad intrínseca en el ser humano. Y la gran prueba para esa hipótesis fue el viaje a Afganistán donde, a pesar de los grandes conflictos, la gente siguió siendo capaz de erogar amistad espontánea.

¿Que los musulmanes sean particularmente hospitalarios tiene que ver con una intención genuina o es producto de los preceptos de fe?

Es verdad que la hospitalidad es un pilar de la religión musulmana. Pero creo que es también una cuestión regional que la excede, porque estuve allí con ateos, con miembros de la minoría cristiana en Siria o con tribus paquistaníes, y tenían la misma actitud receptiva. Por eso, no creo que la religión baste para gatillar semejante conducta masiva sino que más bien engloba, cristaliza y regula algo que ya existe para otorgarle una interpretación más materialista. Creo que toda esta gente desarrolló, a lo largo de todo el milenio, una interdependencia a partir de vivir en un medio hostil. Es la razón por la cual tienen un timing de hospitalidad notorio.

¿Qué diferencias entre Oriente y Occidente destaca a partir de sus vivencias?

¡Imaginate que hubo gente que me preguntó si había estrellas en la Argentina! Hablamos de lugares suficientemente aislados, con cosmovisiones localizadas y particulares que sobreviven a pesar de todo. Si tengo que hacer un ranking, lo que más me llamó la atención fue la hospitalidad. Ahora, saliendo de Medio Oriente, en la India o en China te encontrás, incluso, con diferencias a nivel comunicacional, porque la manera de expresarse y gesticular es diferente. También la capacidad de sorpresa es mucho más sincera y con más decibeles que en Occidente: un chino se sorprende ¡y despierta al barrio! O la tolerancia en la India –producto de la superpoblación–, casi infinita ante la presencia humana. Pero más que la diferencia entre Oriente y Occidente, lo interesante es la diferencia entre Medio Oriente y Lejano Oriente. Las religiones monoteístas, de alguna manera, engloban al otro. Los hindúes, en cambio, adoran todo. De Paquistán y de Irán, donde te ofrecen todo apenas te ven, llegué a la India, donde ni me miraban porque están en otra.

¿Hay algún país al que no volvería y otro al que no quisiera morirse sin haber regresado?

Creo que cuando uno viaja se enreda cada vez en más culturas. Ese es uno de los atractivos de viajar: se deja de ver a la gente como una abstracción y a los pueblos a partir de la construcción ficcional de su idiosincrasia. Cuando compartís una merienda, un juego de naipes, un viaje y hasta el alojamiento, toda esa abstracción baja a tierra. Es la magia de la empatía. Y viajar te da la capacidad de ponerte en los zapatos del otro. Entonces, volviendo a la pregunta, creo que volvería a todos los lugares que he visitado porque el viaje me fue hermanando con la gente.

“Como en toda la situación en la que no se qué esperar de quienes me rodean,
esbozo una sonrisa exagerada. Siempre pensé que quien sonríe da la impresión de estar seguro de sí mismo y de sus actos. Una sonrisa de idiota es la única arma que me acompaña en este viaje”.

Cuando el idioma no alcanza, ¿qué otras estrategias de comunicación aplica?

La sonrisa es fundamental porque es transcultural, universal y está probado psicológicamente que sirve para abrirse paso. A la hora de hacer dedo tenés tres segundos para trasmitir una idea y comunicarte con la persona que pasa: a los autos se los frena con una mirada y una sonrisa que transmitan confiabilidad. De la misma manera, hay gestos que son comodines para romper el hielo. Por ejemplo, la táctica de la tacita de té. Toda vez que llego a una aldea donde no conozco a nadie, saco la tacita del bolsillo de la mochila, le pongo un saquito de té y toco alguna puerta para pedir agua caliente. Normalmente, termino siendo invitado a pasar una noche en familia. ¡No hay nada mejor que presentarse como una persona humilde! Y esto no es ir de okupa porque hay habitaciones en buenos hoteles por tres dólares, lo cual no me impide en absoluto tener mi hospitalidad paga. Pero mi opción es conocer gente apelando a la complicidad espontánea.

¿Qué cosmovisiones personales cambiaron a raíz de estas experiencias?

Antes, mi sentido de pertenencia estaba ligado a la noción de familia y amigos. Después, apareció una constelación de viajeros con la que comulgo y que me hace sentir parte de una gran caravana. Además, logré confirmar la bondad intrínseca del ser humano, a veces condicionada por las situaciones sociales. La experiencia ha sido un gran redescubrimiento y reinterpretación de mí mismo.

También me ayudó saber que, donde sea, puedo generar mi propia red de subsistencia. Dejó de ser algo dramático pensar en el futuro como un interrogante financiero. De hecho, ya no me lo pregunto. Como me dijo una vez una conductora que me llevó en Irlanda: “El universo cuidará de ti”. Y, en cuanto a la gente, siempre que llegué a algún lugar hubo alguien que me tendió la mano.

Para mantener a lectores, seguidores y afectos informados, Villarino actualiza semanalmente su blog (www.acrobatadelcamino.com) con novedades y crónicas de sus aventuras. Además, fue corresponsal del diario Respublika (Lituania), Hermannstadter Zeitung (Rumania) y La Capital (Argentina). También es fundador de Autostop Argentina, la primera comunidad online de viajeros independientes de Latinoamérica. “Hasta antes de la publicación de Vagabundeando en el Eje del Mal, mis libros eran artesanales. Los vendía en Plaza Serrano, en las playas de Mar del Plata, en Tailandia o en París. Hoy, prefiero esta felicidad inmensa antes que ser un terapeuta insatisfecho conmigo mismo y tener una renta promedio. No va con la biografía que tengo pensada para mí”.

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