Viernes  04 de Junio de 2010

Alejandría, túnel del tiempo

Con la mayor parte de su legado histórico bajo tierra o mar, la antigua capital del Egipto grecorromano renace de sus cenizas. El nuevo complejo cultural que remeda la gloria de su legendaria biblioteca dinamiza el presente de un enclave que se ha debatido siempre entre su naturaleza clásica y mundana.

Texto: Andrea del Río 

“Amaba el abandono de las calles
y cafés, la melancolía que pendía
sobre la ciudad al anochecer, el lento
deterioro (no la destrucción, le
advierto) que los europeos habían
dejado atrás cuando huyeron”.
El otro Nilo, Charlie Pye-Smith


Será la brisa del Mediterráneo que impacta de lleno, con su vaporosa salinidad dorada. Será la extensión de su corniche, esa rambla de 25 kilómetros que evoca la melancolía del malecón habanero. Será su arquitectura aristocrática, testigo de un pasado bohemio y mundano. Será la huella que dejaron, en su memoria arqueológica, dos de las mayores maravillas del mundo antiguo, como el faro y la biblioteca, luz de barcos y mentes. Será el influjo de la legendaria Cleopatra, cuyo palacio yace, desde hace más de 1.600 años, acunado por las corrientes submarinas allí, frente al paseo costero de la segunda ciudad más poblada del país. Será que en El-Iskandariya, antigua capital del Egipto grecorromano fundada por el magno Alejandro, campea la sensación de que resta tanto pasado por descubrir que esa quimera llamada futuro es otro capricho de los dioses.

Entre dos amores
Apenas 225 kilómetros median entre la populosa El Cairo y la cosmopolita Alejandría. Pero bastan para trastocar la disposición del viajero. Dicen que es el efecto del metódicamente bravío mar Mediterráneo en contraste con la mansedumbre impredecible del río Nilo. Aunque, quizás, sea el entorno natural: aguas turmalinas, arenas como harina, brisa mecedora. Pero, tal vez, obedezca también a un perfil edilicio asociado, arquetípicamente, con las vibrantes villas europeas de veraneo de la preguerra.

Con más de 6 millones de habitantes, su coqueteo estratégico entre dos amores, líquidos (el Nilo y el Mediterráneo) y terrenales (Medio Oriente y Europa), la convierte en el principal gateway del país, eje del 80 por ciento del comercio de ultramar. En contraste con un litoral costero total de 500 kilómetros, ora inexplorado, ora vedado por el asentamiento de bases militares así como por la existencia de grandes extensiones sembradas con minas heredadas de la Segunda Guerra Mundial (todavía activas), los 25 kilómetros de playas alejandrinas ofrecen alivio veraniego a los cairotas, quienes se regodean en ese ambiente vacacional quizás no tan liberal como el que impera en los balnearios del Sinaí pero decididamente más amigable que la torridez capital.

Sus detractores apuntan que, ya desde tiempos inmemoriales, Alex –como la llaman coloquialmente– le ha dado la espalda al Egipto interior, ese territorio de un millón de kilómetros cuadrados jaqueado, en un 96 por ciento, por las arenas del tiempo. Sus defensores sostienen que, desde su fundación en 332 a.C. por Alejandro Magno, la apertura deliberada al helenismo de la época le imprimió, al ADN alejandrino, una vocación por el saber que le permitió ser motor del desarrollo de la civilización occidental.

Si el precoz e imbatible comandante macedonio fue el amante de la ciudad, el rostro de su amiga más íntima lleva impreso el santo y seña de Cleopatra VII, la última representante de la dinastía de los ptolomeos. La caída bajo el dominio romano, los conflictos derivados del avance del cristianismo y la posterior conquista árabe –con el consiguiente traslado de la capital hacia el interior, cerca del 641 d.C.–, hicieron languidecer a Alejandría durante 1.300 años. Los expedicionarios napoléonicos se encargaron de sacudirle ese estado de sopor hacia fines del siglo XVIII, dando inicio a una nueva etapa de esplendor, esta vez con impronta europea, que se mantuvo, vibrante, hasta la crisis de Suez, en 1956, cuando el nacionalismo revolucionario le restó su encanto a la ciudad que competía, en desenfado decadente, con Marsella. Desde la inauguración de la nueva Bibliotheca Alexandrina, en 2002, y tras una serie de descubrimientos arqueológicos submarinos, la perla del Mediterráneo apuesta a reposicionarse como uno de los más fashionable resorts de Medio Oriente, con su singular amalgama de cultura ancestral y savoir contemporáneo.

Sabia y magna
“Desde el primer Adán que vio la noche y el día y la figura de su mano, fabularon los hombres y fijaron en piedra o en metal o en pergamino cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño. Aquí está su labor: la Biblioteca. Dicen que los volúmenes que abarca dejan atrás la cifra de los astros o de la arena del desierto”. Así, en su poema Alejandría 641 a.C., homenajeó Jorge Luis Borges –epítome del lector universal– a la más emblemática de las aventuras intelectuales de la humanidad.

Hacia el siglo III a.C, uno de los generales macedonios que sobrevivieron a Alejandro Magno adoptó el nombre de Ptolomeo I Sóter. En ese sencillo acto, no sólo creó una dinastía comprometida con la difusión de la cultura helénica sino que también sentó las bases de un ambicioso proyecto de liderazgo cultural, explicitado en la creación de una biblioteca que albergara todos los textos de todas las naciones. La Real Biblioteca Alejandrina vio llegar el siglo I a.C. con un acervo de más de 600 mil manuscritos, traducidos y catalogados, resultado de una activa política de promoción oficial que, por ejemplo, promulgó una ley en virtud de la cual todos los barcos que amarraran en los puertos de la ciudad tenían la obligación de ceder en préstamo –por el tiempo que insumiera su copia– los pergaminos y papiros que el bibliotecario jefe considerara de interés para la institución.

Por desgracia, a los daños ocasionados por las tropas de Julio César siguió el incendio provocado por las turbas de cristianos primitivos, en el año 391, quienes la consideraban un templo pagano del saber. Nada quedó del edificio, nada de su fondo editorial, nada de sus legendarios bibliotecarios. Apenas su nombre, mítico, y su misión, utópica.

Hasta que, a fines de la década del ‘80, la Unesco se comprometió a apoyar el proyecto egipcio de creación de un nuevo complejo que atesore y difunda toda la producción escrita de la humanidad, en todos los formatos, hasta el fin de los tiempos. Tras una inversión estimada en u$s 218 millones, en 2003 cortó cintas la Bibliotheca Alexandrina, que ya rankea detrás de la del Congreso de los Estados Unidos y la British Library, tanto en cuanto a patrimonio (500 mil libros –aunque se estima su capacidad de almacenamiento en 20 millones–, 10 mil manuscritos, 50 mil mapas, 50 mil ediciones únicas y 60 mil archivos multimedia) como visitas anuales (un millón). El complejo diseñado por el estudio sueco de arquitectura Snøhetta AS comprende, no sólo el edificio principal (de once pisos –cuatro bajo tierra–), sino también un planetario, un laboratorio de restauración y museos de arqueología, ciencias y caligrafía. Construida de cara al sol y al Mediterráneo, la fachada principal es un bloque de granito trasladado especialmente desde Asuán, donde se grabaron las grafías de todas las lenguas escritas del mundo.

En la sala principal, con capacidad para 2 mil personas, convive el despliegue de 300 terminales para consulta del catálogo general con columnas etéreas que imitan a la flor de loto, al tiempo que la cubierta vidriada permite que la luz solar acompañe el discurrir silencioso de los estudiantes, investigadores y lectores. A pocos pasos, el salón que resguarda los manuscritos impone silencio incluso al pensamiento: en la penumbra de ese espacio, con luminosidad y temperatura controladas, sólo queda lugar para el asombro. Quizás, incluso, para sentir orgullo por la gesta del saber humano. Allí se resguardan valiosas reliquias, como un papiro de 17 centímetros de largo y 70 de ancho, hallado junto al cuerpo momificado de quien habría sido copista en la vieja biblioteca: escrito en griego antiguo, es considerado el único vestigio sobreviviente de la legendaria biblioteca de los ptolomeos. También se puede observar, a la distancia, la primera versión de La Biblia escrita en árabe, hallada en el monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí; así como una copia facsimilar de El libro de los muertos, texto funerario del antiguo Egipto cuyo original todavía integra la colección del Museo Británico.

El futuro también dice presente en la Bibliotheca Alexandrina, cuyo archivo del material publicado en Internet se remonta hasta 1996, sólo superado por –nuevamente– la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Se trata del resguardo, en 1.636 computadoras (donadas por Internet Archive de San Francisco) de cada snap shot de cada página de cada sitio web del mundo, registrado desde hace 14 años. Tiene una capacidad actual de almacenamiento de 3.7 petabytes (equivalente a 1.024 millones de gigabytes), en 42 racks con un límite de acopio individual de 100 millones de libros de 300 páginas cada uno.

Las arenas del tiempo
Invisible. O, al menos, imposible de advertir a primera vista. Tal es el carácter de los tesoros más antiguos de Alejandría. Esos que dan fe de su condición de centro intelectual de la por entonces naciente civilización occidental. Más allá de sus boulevares con palmeras, mega jardines públicos, edificios ornamentados, boutiques de marcas de lujo, pintorescos carruajes tirados a caballo y simpáticos tranvías...

Es el caso de Qaitbay, el fuerte y ciudadela construidos en 1480 en el preciso lugar donde alguna vez brilló el Faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo. De hecho, en la construcción de su fachada se emplearon algunos bloques de piedra que pertenecieron al que fuera centinela de los mares desde el año 238 a.C. hasta circa 700 d.C., cuando una combinación fatal de terremotos, desidia y saqueos ocultó su esplendor (150 metros de alto, una luz que se proyectaba 56 kilómetros y un innovador sistema de lentes espejados) en el lecho marino. Actualmente, el promontorio de su antiguo emplazamiento sigue siendo un highlight de la ciudad, donde los alejandrinos se dan cita para pasear al atardecer, justo cuando el sol languideciendo le dibuja efectos iridiscentes al edificio de arenisca, cuyo interior alberga un museo naval con vestigios de las batallas romanas y napoleónicas.

A menos de un kilómetro mar adentro, en la misma dirección en que la fortaleza se abre al Mediterráneo, se adivina el trabajo sostenido de los arqueólogos submarinos que, en 1998, sorprendieron al mundo con el hallazgo de la corte real de Cleopatra.

Se trata, en rigor, de un área de tres kilómetros cuadrados que corresponde a la isla de Antirhodos, arrasada por terremotos y tsunamis hace 1.600 años. Además de cerámicas, joyas y bloques de granito, se extrajo una esfinge de 380 kilos que lleva el rostro de Ptolomeo XII, padre de la última faraona de la estirpe, así como una figura de la diosa Isis en perfecto estado de conservación. Resultado de la porfía conjunta del arqueólogo marino francés Franck Goddio y el Consejo Superior de Antigüedades Egipcias, el descubrimiento hizo soñar a las autoridades locales con la creación del primer parque –temático y a siete metros de profundidad– de la era antigua. Sin embargo, los altos costos de construcción y seguros, así como la contaminación de las aguas (sin visibilidad más allá de los tres metros), hacen económicamente inviable el proyecto para las autoridades egipcias, que apuestan a lograr el apoyo de la Unesco y atraer el interés de los inversores privados. Mientras tanto, las fabulosas piezas descubiertas ya han sido devueltas al fondo marino, donde las mareas acunan su ilusión de despertar del olvido.

Apenas retirada de la franja costera, Abu al-Abbas al-Mursi es la mezquita más importante de la ciudad, erigida en honor a un jeque andaluz del siglo XIII que protegió especialmente a pescadores y marineros. Aunque la actual estructura es resultado de la reconstrucción realizada en 1943 (el bombardeo de la Luftwaffe arrasó con parte del original del siglo XVI), algo en la materia –arcos, capiteles, columnas, bóvedas, baldosas y cornisas– replica mucho del espíritu.

Ya hacia el interior de la ciudad, en el corazón de los empobrecidos barrios de la zona suroeste, Kom es-Shoqafa es el mayor complejo de catacumbas de la época romana descubierto en Egipto. Emplazado en el denominado Monte de las Piedras, el enterratorio hallado en 1891 fue excavado magistralmente en la roca caliza hacia el siglo 2 d.C., si bien se registran anexiones posteriores, cuando fue transformado en cementerio público. Perteneciente, en sus orígenes, a una encumbrada familia romano-alejandrina, consta de tres niveles, a 29 metros bajo tierra, a los que se accede a través de una escalera de caracol que rodea un foso por el que se descendían los cuerpos. Ya en el interior, la disposición del espacio responde a la tipología pompeyana. En el área más antigua se puede visitar la sala de funerales, el salón de banquetes en honor al fallecido y los nichos, que contienen sarcófagos excavados en la piedra. Singularmente sincrética resulta la tumba principal, cuyo vestíbulo de ingreso combina imágenes egipcias (el disco solar con dos alas, símbolo del dios Ra), romanas (halcón y flor de loto) y griega (medusas).

Nada como concluir la excursión disfrutando de un ritual alejandrino ancestral. Allí, en una verdad cualquiera, divisará a varones de edad madura sentados al fresco, detectará el ruido de fichas chocando entre sí (descubrirá que son de dominó o backgammon) y olerá los aromas a melaza y almizcle de la shisha (narguile).

Seguramente, habrá dado con un ahwa, típico bar donde saborear una taza de café o karkaday (infusión fría o caliente de hibisco).

Todo ello, siempre y cuando sea varón, porque tanto el espacio como su liturgia están vedados a las faldas. Nadie le impedirá, si es una dama, observarlos de cerca, intercambiar medias sonrisas con los más ancianos, agradecer con una sutil inclinación de cabeza su siempre generosa disposición para las fotos.

Pero al contemplarlos, tan orondos en su prescidencia de lo femenino, justamente en una ciudad-madre de civilización, juguetea en la memoria un pasaje de alguna de las novelas de Lawrence Durrell (¿a cuál de las que integran la tetralogía El cuarteto de Alejandría pertenecerá?). Entonces, sobrevienen unas ansias locas de obsequiárselas para que, entre calada y calada de shisha, asuman que: “Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas: quererla, sufrir o hacer literatura”. El café sin azúcar, por favor.

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