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Tras el Brexit, crece en los EE.UU. el temor a una nueva crisis subprime

Desde principios de año aumenta el nivel de morosos e incobrables en los préstamos personales y prendarios, señal que se vio antes del estallido de la burbuja. En 2015, un 20% de los créditos para la compra de autos fue para clientes subprime. Los créditos por tarjetas llegan a u$s 1 billón, más que en 2008

Puede repetirse una historia tan traumática como la que se vivió hace menos de una década con la brutal crisis financiera subprime? Si las autoridades de EE.UU. pusieron un gran empeño en crear los instrumentos legales e institucionales para evitar que el descalabro financiero se volviera a repetir, hoy la realidad no parece estar dándoles la razón. Porque de a poco se empiezan a notar los mismos vicios y defectos que inflaron la burbuja especulativa y que, parafraseando a Lenin, fueron la soga con la cual se terminaron ahorcando en 2008.
Si bien no se está en la situación de estallido que se vivía a mediados de 2007 (justo cuando el precio del barril de petróleo tocó su techo histórico de u$s147), las señales que van surgiendo desde principios de año preocupan a los mercados financieros. En momentos en que la economía estadounidense se está desacelerando, se empiezan a notar tensiones en el sector crediticio destinado a los particulares. Los préstamos prendarios (para la compra de autos), al consumo y las deudas de tarjetas de crédito se van inflando hasta el punto de que son cada vez más los deudores que se atrasan en los pagos, o directamente dejan de pagar. Es una constante desde enero de 2016 que todos siguen muy de cerca y que recuerda, inevitablemente, lo que se vivió hace tan sólo nueve años atrás.
Mientras tanto, los principales bancos del país informan que la situación está bajo control y que su nivel de exposición a los créditos de baja calidad es reducida (cualquier coincidencia con la burbuja subprime puede no ser una mera coincidencia). De todas formas, por si acaso han venido aumentando su provisión para deudores incobrables durante el primer trimestre del año, no vaya a ser que se vuelvan a "incendiar" como la última vez.
Es que el golpe para todo el sector financiero fue muy duro a partir de la hecatombe subprime: la quiebra de Lehman Brothers fue el peor momento de una crisis sistémica, que se devoró a otras entidades como Bear Stearns o Royal Bank of Scotland (fue nacionalizado), pero que también sirvió para sanear el sistema y, de paso, forzar el fin de los paraísos fiscales y el secreto bancario en todo el mundo.
Sin embargo, a medida que se alejó el fantasma de la crisis y que las nuevas regulaciones fueron asimiladas por el mercado (principalmente la ley Dodd-Frank de reforma financiera y de protección a los consumidores), los bancos relajaron su prudencia para volver a impulsar sus ganancias. Ya había sido descontado el costo del desbarajuste, puesto que las multas y sanciones infligidas a los bancos por parte de los organismos de control eran conocidas por todos, así que en un entorno más estable empezó nuevamente la búsqueda de negocios más riesgosos.
Por eso volvió a crecer el crédito de baja calidad (o subprime), puesto que la competencia se disparó otra vez entre las distintas entidades financieras. Es así que en los últimos años, los préstamos al consumo se multiplicaron exponencialmente (los créditos por tarjetas llegan a u$s billón, un monto que supera al que existía en 2008).
Pero como sucede con todos los esquemas piramidales, cuando la tendencia creciente de la economía empieza a cambiar, los primeros afectados son quienes tienen menos recursos para cancelar sus deudas crediticias. Y esto es lo que ha venido sucediendo desde principios de año: la morosidad en el pago de las tarjetas, que fue decayendo desde 2010 en adelante, a partir de enero volvió a crecer, hasta alcanzar el 3% en abril pasado, de acuerdo con Standard & Poor’s.
La alarma sonó hace pocos días atrás cuando la compañía Synchrony, el mayor emisor de tarjetas de crédito para cadenas de consumo masivo como Wal-Mart, Amazon y The Home Depot, entre otras, informó oficialmente que había aumentado su cartera de deudores incobrables. Una sorpresa para todos, puesto que el sector de préstamos había crecido de la mano del mayor consumo de los estadounidenses. "Parece que estamos asistiendo a una degradación general de la capacidad de los particulares para devolver los préstamos que tomaron", afirmó Brian Doubles, director financiero de Synchrony. "De todas formas, venimos de un período históricamente bajo en materia de deudores incobrables", agregó para dar un poco de tranquilidad. El mismo discurso que tuvo American Express, a través de su director Douglas Buckminster: "todos sabemos que el costo del riesgo es extremadamente bajo y que su evolución sólo puede ir en una única dirección".
Pero este panorama no es excepcional. También en el sector de créditos prendarios se vive con inquietud la carga que puede representar el haber prestado a mucha gente sin el respaldo financiero suficiente. De hecho, hoy el sector cuenta con un 20% de préstamos otorgados que son subprime, cuyo volumen total se triplicó entre 2009 y 2015. Jamie Dimon, CEO del banco JP Morgan Chase, fue elocuente respecto del financiamiento automotor: ‘va a haber problemas, ¡pero esta vez no nos va a tocar a nosotros!‘.

El Brexit empeora todo

Si este escenario ya daba para que comenzaran a encenderse algunas luces amarillas en el tablero de control, la reciente decisión de los británicos de separarse de la Unión Europea va a traer más incertidumbre sobre los créditos morosos en EE.UU. Porque la volatilidad financiera mundial genera un vuelo hacia la calidad de los activos estadounidenses, y por lo tanto una apreciación del dólar. Esto impacta de manera negativa en las exportaciones y desaceleraría aún más la economía doméstica, dificultando el pago de los préstamos otorgados. Si bien las tasas de interés pueden mantenerse bajas porque la economía no levanta cabeza (y por lo tanto no encarece el pago de los créditos), que la economía no repunte tampoco ayuda a que la morosidad se reduzca.