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Sexo, mentiras y valor de la empresa

Un trabajo de tres académicos de EE.UU. muestra cómo afecta a las compañías de Wall Street cuando sus ejecutivos llevan una vida privada licenciosa

Sexo, mentiras y valor de la empresa

"Sexo, mentiras y video" ("Sex, lies and videotapes") es una película estadounidense considerada de culto y ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1989 (también fue el trampolín para la carrera de su protagonista femenina, Andie MacDowell, y de su director, Steven Soderbergh). En cambio, "Sexo, mentiras y valor de la empresa" ("Sex, lies, and firm value") es un estudio realizado por tres académicos estadounidenses (Brandon Cline, de la Universidad del Estado de Mississippi, Ralph Walking, de la Universidad Drexel, y Adam Yore, de la Universidad de Missouri en Columbia) sobre cómo los ejecutivos de una compañía pueden hacer hundir la cotización de la acción por llevar una vida privada disoluta.

Adulterio, acoso sexual, violencia conyugal, mentiras y consumo de drogas o de alcohol se convierten así en justificativo suficiente para que los inversores, una vez que salen a la luz estas conductas reprobadas, decidan "castigar" a la compañía que no fue capaz de percibir el mal comportamiento de su ejecutivo con una baja importante en su valor de mercado.

Lo de castigar va entrecomillado, porque en realidad muchos inversores prefieren deshacer posiciones en estas empresas cuando perciben que "algo está podrido" adentro de ellas, si albergan empleados que no son honestos, que llevan una doble vida o que no dedican toda su energía al bienestar corporativo.

Visto desde la cultura latinoamericana, que las decisiones de inversión puedan estar influidas por lo que haga un ejecutivo en su vida privada podría parecer un poco exagerado. Pero en la cultura más puritana de EE.UU., este estándar moral está muy aceptado, sobre todo si se mintió a los inversores o a los votantes. Y si no, está Richard Nixon como ejemplo de un presidente que tuvo que renunciar cuando se descubrió que había falseado la verdad en el caso Watergate, y otro como Bill Clinton que casi sigue el camino de Nixon cuando se divulgó el affair Lewinsky.

Por eso los inversores prestan tanta atención a las desviaciones de los ejecutivos en las empresas cotizantes, porque ven que esto puede terminar afectando la confianza de los demás inversores, clientes y socios. Es más, pueden suponer que es la señal de una cierta cultura corporativa deficiente, que podría traer nuevas malas noticias en el futuro.

El problema, que muchos ejecutivos no logran entender en EE.UU., es que la exigencia de transparencia por parte de los mercados también alcanza a sus vidas privadas. Como sostuvo Shelly Lazarus, ex CEO y actual presidenta emérita de la agencia publicitaria Ogilvy & Mather, "cualquier cosa que diga o haga un CEO deja de ser personal y pasa a ser de la compañía". Porque el gran riesgo que se vislumbra detrás de estos comportamientos (entre los cuales la mentira es el más grave de todos -plagio, falso currículum, manipulación de cifras, etc.-) es que genere demandas judiciales de accionistas, clientes o inversores, o investigaciones por parte de la SEC ("Securities and Exchange Commission", organismo que controla los mercados financieros estadounidenses).

Un gurú como Warren Buffett tiene muy claro lo importante que es la honestidad entre los ejecutivos de las empresas: "La pasión es lo primero que busco en un gerente. El coeficiente intelectual no es realmente tan importanteà Yo diría que la inteligencia, la energía y la integridad. Si vos no poseés esta última, las dos primeras te van a matar. Lo único que tenés es un estafador que trabaja duro".

El costo no es bajo

En el estudio realizado por los tres académicos se mide el costo para una compañía de tener una "manzana podrida" entre sus ejecutivos. El trabajo midió el caso de 301 malas conductas (dentro del ámbito privado) entre 1978 y 2011. Según el estudio, el valor de una acción cae un 3,8% en promedio luego de que los mercados se enteran de esta mala conducta por parte del CEO de la empresa.

Esto se traduce en una pérdida cercana a los u$s 320 millones en capitalización bursátil. Sin embargo, a veces, el costo puede llegar a ser muy superior: cuando en 2011 se supo que Mark Hurd, en ese entonces CEO de Hewlett-Packard, había sido denunciado por acoso sexual, la acción perdió u$s10.000 millones y el ejecutivo fue despedido (hoy Hurd logró recuperarse como el Ave Fénix tras ser designado CEO de Oracle).

Pero el problema no se resuelve en el corto plazo: según el estudio, al año de conocerse el mal comportamiento, la acción puede llegar a perder entre un 9% y un 12% de su valor inicial. Si se trata de un caso que involucra al CEO, esta pérdida puede alcanzar el 15%, mientras que si es un ejecutivo de menor rango, el daño es menor: un 7% de caída.

En ese escenario, la probabilidad de que el directivo sea despedido crece un 13%, mientras que sube un 15% el riesgo de que la compañía tenga que enfrentar una "class action" (demanda colectiva impulsada por un grupo de inversores, socios o clientes).

Si se trata de un ejecutivo que miente, la cotización de la acción puede caer a corto plazo un 3,8%, mientras que si se trata de un acto de violencia, la caída puede alcanzar el 2,2% y, en caso de delitos sexuales, la pérdida llega al 0,8%, según los investigadores.

Por último, el estudio pone el foco en que estas indiscreciones se dan más en empresas jóvenes y familiares (uno de cada cinco ejecutivos deshonestos forma parte de la familia), o con consejos de administración demasiado grandes, donde un 75% de los que cometen estos delitos están sentados allí.

A pesar de este gran porcentaje, sólo en el 25% de los casos el consejo expulsa a quien incumple las normas. Porque a la empresa tampoco le conviene que salga a la luz que entre sus ejecutivos tienen uno deshonesto. No vaya a ser que los inversores crean que la empresa hizo la vista gorda.