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LUNES 18/02/2019

Diego Sobrini: "No creo que nadie sueñe con trabajar en seguros pero es apasionante"

"De los españoles aprendí mucho. Son más directos, menos vuelteros", explica el presidente de Mapfre.  

Podría haber sido cualquier otra cosa. No creo que nadie sueñe con trabajar en seguros. Todos llegamos un poco por casualidad pero es apasionante”, reconoce Diego Sobrini, presidente de Mapfre, que acaba de cumplir 25 años en la Argentina.
Los vericuetos de ese desembarco azaroso están plagados de anécdotas. La Pyme de su papá había quebrado y todavía le quedaba una materia en la universidad cuando su novia Fernanda –hoy su esposa– vio el aviso en el diario que marcaría el resto de su carrera. Vecina del barrio, se habían conocido cuando ella tenía 16 y la mamá de Sobrini la convenció de tomar clases particulares con su hijo. Matemática, física y química.
El aviso decía poco y nada, salvo que se buscaba un ingeniero industrial. “Hasta ese momento sólo había ayudado a mi papá en la Pyme, que hacía obras para Gas del Estado. Ya desde los 12 iba a la obra y trataba de hacer formularios a máquina”, recuerda Sobrini.
Las vueltas de la vida lo depositaron así en la aseguradora La Primera. “Yo ni sabía que un ingeniero industrial podía trabajar en seguros”, confiesa. Pero pronto llegaría una beca de Münchener Rück para ir a Alemania que pondría a Mapfre en su camino.
“Me hizo ver un mundo que yo no había visto. El de un gran país y una gran multinacional. Un año antes de viajar empezamos a estudiar alemán porque viajé con mi mujer. Nos pagaban un curso de cuatro horas por día en la Goethe y en Alemania los primeros cuatro meses eran nueve horas diarias de alemán. Eramos un grupo de 12 latinoamericanos y se crearon lazos muy fuertes. De hecho, me acaba de llamar una colega de Uruguay que es presidenta del Banco de Seguros”, cuenta Sobrini.
Pero estando en Alemania, La Primera quebró. “Mi compañero chileno trabajaba en Mapfre Chile y tenía que pasar por Madrid así que me pidió el CV. Me acuerdo que era media carilla a mano alzada. Cuando llegué a la Argentina me estaban llamando”, rememora.
Al regreso, llegaría el casamiento después de nueve años y la convocatoria para trabajar en el ramo automotor. “Los autos me encantan y siempre me encantaron. Manejo desde los 10 u 11 años, que me subía a upa de mi papá. Trabajar en autos me parecía divertido pero en la industria no tenía buena imagen. Estaba subvaluado. Se lo consideraba un tema de abogados o chapistas”, confiesa.
De la mano de los autos llegaría también uno de los proyectos más importantes de su carrera: poner en marcha el Centro de Experimentación y Seguridad Vial (CESVI), una iniciativa de Mapfre que ya funcionaba en España. “Se presentó el proyecto y unas 10 empresas se comprometieron a involucrarse. Yo tenía 32 años y me reunía con autoridades de grandes compañías. Era todo un desafío, adrenalina pura”, explica.
“El CESVI trabaja más allá de la seguridad vial. Busca integrar a toda la industria automotriz. Desde los repuestos hasta los talleres reparadores pasando por los peritos de la compañías y las propias aseguradoras”, dice Sobrini con una pasión que sobrevive por esta empresa de la que fue gerente general antes de volver a Mapfre.
“Aprendí mucho de los españoles”, reconoce. “Tienen una forma de ser más directa, más sencilla y más llana. Nosotros somos más vuelteros. Allá se pelean, se dicen las cosas y a los tres minutos están comiendo pinchos. Las cosas se solucionan más rápido y son más transparentes”, advierte.
La responsabilidad del CESVI lo llevó a España por seis meses y también implicó un cambio de vida. La construcción de la sede en el parque industrial de Pilar lo obligó a mudarse. Y aunque reconoce que le gustó la vida country, queda claro que aún se siente de San Isidro. “Amo toda la zona. El litoral y el río son lo mío”, explica. “De chico remaba cada sábado. Salía con el salvavidas con toda la familia. En San Fernando aprendí a nadar en el río antes que en la pileta”.
Aún hoy, la naturaleza sigue siendo su gran pasatiempo. “¿Cómo me divierto? Estando afuera. Estar entre cuatro paredes me pone mal”, admite. “Juego al golf pero 4 hoyos promedio por mes. Me encanta caminar una cancha en un atardecer. Y la verdad es que me gustan todos los deportes pero no juego bien ninguno”.
Sobrini se desarma cuando toca hablar de los chicos. Son cuatro y la más grande, Carla, está por cumplir 15. Le siguen Valentina de 12, Ana de 9 y Santino de 6. “Carla no quiso fiesta así que por los 15 vamos a ir todos a Europa por primera vez”, cuenta. Santino, el único varoncito, le ofrece un espejo que claramente lo emociona. “Se me parece mucho. Yo peleaba mucho jugando y lo veo en él. Y veo el amor por los fierros. Le encantan las motos y ya se sabe todas las marcas. Y eso que todavía no lo llevé a CESVI”, se ríe.
Afable y sencillo, Sobrini parece una persona que sabe tomarse su tiempo para las cosas. Y su definición lo confirma: “No me desespero por nada. Soy optimista. Nací así. Según algunos que trabajan conmigo casi soy demasiado alegre. Siempre creo que las cosas van a salir bien, que hay cosas peores”, se sincera. “Lo debo sacar de mi mamá que a los 81 se la pasa cantando todo el día”.

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