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China parece haber estabilizado el barco, pero todavía quedan desafíos

Ahora que la histeria por los derrumbes de la bolsa de Shanghai que dominó el inicio del año parece superada, los analistas prestan atención a los problemas pendientes

China parece haber estabilizado el barco, pero todavía quedan desafíos

No quedan dudas de que cuando se está acostumbrado a vivir sin demasiados límites y de manera expansiva es difícil aceptar el momento en que esa libertad se restringe. La Argentina es una experta en la materia, con sus recurrentes períodos de despilfarro y crecimiento impulsado por el gasto, y sus lógicas "resacas" de fin de fiesta, en las que el ajuste es una palabra que cada tanto vuelve al vocabulario cotidiano.

China parece estar viviendo una situación parecida (aunque sin el despilfarro), poco acostumbrada a frenar un motor económico que estuvo funcionando al máximo de revoluciones durante mucho tiempo.

El precio de crecer por encima del 10% durante varias décadas hizo que el gobierno del presidente Xi Jinping tuviera que encarar un enfriamiento de la economía para absorber las inconsistencias de ese desarrollo acelerado.

Los riesgos de que la economía china colapsara por efecto de una crisis mayor se hicieron sentir de manera notoria a principios de año, cuando la bolsa de Shanghai se derrumbó casi un 7% en la primera rueda de enero, mostrando la cara menos amable del boom económico (el mercado bursátil perdió en esos días problemáticos más que todo lo ganado durante 2015).

En realidad, esta debacle financiera fue el reflejo del enorme goteo de capitales que se venían fugando del país en los últimos años (en 2015, estas salidas superaron el 15% del PIB; para tener una idea de magnitudes, las crisis financieras en otros países emergentes estallaron cuando la fuga de capitales fue del 3% al al 8% del producto).

Luego de un período muy volátil y complicado que coincidió con el Año Nuevo chino (30 de enero), el gobierno logró estabilizar la situación a bordo y mostrar que otra vez tenía controlado el timón del barco.

Recién cuando se publicaron las estadísticas oficiales de crecimiento anual del PIB al cierre del primer trimestre de 2016 (finalmente cumplieron las expectativas de los inversores con una suba del 6,7% interanual), Xi y su Primer Ministro Li Keqiang pudieron respirar aliviados, al ver que los mercados convalidaban los datos, más allá de que se siga desconfiando bastante de la transparencia de esos indicadores. Una muestra de fortaleza importante, puesto que las salidas de capital lograron ser frenadas. Porque el gran desafío, por lo menos en este primer trimestre, fue demostrar al mundo financiero que el barco no iba a la deriva. "La desaceleración del crecimiento del PIB es menos fuerte de lo que muchos temían", afirmó Louis Kuijs, analista para mercados asiáticos de Oxford Economics.

Desafíos por delante

Pero si la situación estuvo cerca de la catástrofe, nadie se convence de que el peligro haya pasado. Por eso todos van a prestar mucha atención a cómo hace el gobierno para desactivar tres grandes riesgos en los próximos meses, como son el nivel de endeudamiento, la burbuja inmobiliaria y las empresas estatales deficitarias.

De los tres, la burbuja inmobiliaria es la que más preocupa, porque el sector fue uno de los pilares de fuerte crecimiento de todos estos años. El problema es que la construcción ahora ya no es un sector que se pueda sostener con las mismas tasas de crecimiento, por lo que hay que ver qué hacer con millones de viviendas que se han construido y que permanecen vacías.

Uno de los recursos a los que echó mano el gobierno fue estimular el crédito hipotecario, lo que explicó el importante aumento en la cantidad de préstamos que se dio en el mes de marzo pasado, según un informe del banco HSBC. Pero otra vez surge el problema que afectó a las familias chinas durante los últimos años: impulsar el crédito implica que haya particulares que los tomen, y en más de una ocasión se trata de personas que no tienen la capacidad adquisitiva ni la estabilidad económica necesarias para devolverlos. Es decir, se está alimentando una futura crisis subprime en versión china.

Por supuesto, esto no hace más que complicar el problema (ya muy grave) de la deuda. Según datos de Standard & Poor’s, el nivel de endeudamiento de las empresas chinas alcanzaría al 160% del PIB (en el año 2008 era del 98%), una dificultad enorme que tiene que resolver el gobierno cuanto antes, puesto que un escenario de defaults corporativos en cadena podría ser el principio de una profunda crisis económica en el país.

Según el FMI, la desaceleración económica hizo que la deuda riesgosa en manos de los bancos comerciales alcanzara al 15% del total, es decir un 7% del producto bruto chino. Por eso el gobierno prepara una medida que permitiría a cada entidad financiera intercambiar la deuda de una compañía contra una participación en su capital accionario.

El problema de las empresas estatales tampoco es fácil de resolver, ya que muchas son ineficientes y su reconversión se vuelve imposible. Por ahora, el gobierno sigue sosteniendo financieramente a estos dinosaurios corporativos, con el costo de desviar recursos que podrían servir para impulsar el sector de las pyme, mucho más dinámico y necesario en su estrategia de crecimiento a mediano y largo plazo. Li anunció durante el último Congreso del Partido Comunista Chino que ésta era una de las principales tareas para el ejercicio 2016, pero habrá que ver si está dispuesto a asumir el costo social de tal medida.

"La advertencia de que todo esto va a ser realizado de manera proactiva y prudente nos da la impresión de que los esfuerzos van a ser bastante tímidos", explicó Kuijs. Por lo menos, hasta que la fiesta se termine y ya no quede más remedio que pagarla.