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A nueve años de lo peor para el euro, la historia parece volver a repetirse

El inicio de 2016 no podía ser peor para una región que aún pena por salir del estancamiento en el que se encuentra desde el estallido de la burbuja subprime en el año 2007

Si alguien todavía no vio "Hechizo del tiempo" ("Groundhog Day" en su versión original), con Bill Murray como protagonista principal, vale la pena que la busque en Netflix o la vea por internet, porque es una de las comedias más originales que hizo el cine estadounidense. Se trata de la historia de un periodista que va a cubrir un evento totalmente intrascendente como el Día de la Marmota (se celebra cada 2 de febrero en Pennsylvania, EEUU), en el que se saca una marmota de su cueva para que ella misma pronostique si el invierno ya llega a su fin. Lo genial del argumento es que el periodista queda atrapado en un no-tiempo en el que, cada mañana que se despierta, le pasa exactamente lo mismo y no sabe cómo salir de esa trampa, hasta que con el método de prueba y error lo logra.
Esta introducción sirve para explicar que los gobiernos de la zona euro tal vez estén viviendo su versión doméstica de la pesadilla de Bill Murray. Porque cuando todo parecía que se estaba encaminando (y encarrilando) hacia la salida de la mayor crisis financiera que haya vivido el euro desde su creación, el principio de 2016 volvió a sembrar dudas entre los inversores (principalmente los especulativos) respecto de cuán solvente sea la zona euro y si en realidad la historia de la crisis de la deuda soberana europea de 2010 no se estaría repitiendo cinco años después.
Como si fuera un nuevo calendario surgido tras una hecatombe (al mejor estilo del que se estableció tras la Revolución Francesa), la crisis ya cumple su año IX y nadie se anima a aventurar cuándo tendrá su fin. Porque Grecia, la economía más enferma de Europa, acaba de caer nuevamente en recesión, tras dos años de crecimiento que prometían aliviar (aunque sea un poco) el ajuste que vivió el país desde 2010 en adelante.
Es un verdadero "déjà vu" el que se vive entre los sufridos griegos, quienes jamás se imaginaron el precio que iban a tener que pagar por falsear las estadísticas para cumplir con los requisitos de ingreso a la zona euro. Desde 2008, el PIB heleno perdió más de un cuarto de su valor (en la Argentina del fin de la Convertibilidad cayó un 14%), mientras que el desempleo ya supera el 26% (en lo peor de la crisis de 2001 aquí se llegó al 20%).
Visto desde la óptica de los inversores, Grecia vuelve a ser el eslabón débil de la cadena europea, por lo que no debería sorprender que se hable otra vez del ya célebre "Grexit" como forma de salir del pantano. Los problemas de excesivo endeudamiento (180% del producto) y un déficit fiscal que no se termina de cerrar siguen estando ahí, recordando a todos que a veces las crisis son circulares, como en la película de la marmota.
Como el gobierno griego tiene que negociar un tercer rescate financiero de parte de la ex troika (FMI, Banco Central Europeo -BCE- y Comunidad Europea), la incertidumbre respecto del final de este acuerdo ayuda a aumentar la volatilidad en los mercados. Y esto a pesar de que las autoridades comunitarias salgan a confirmar que "la casa está en orden". Jeroen Djisselbloem, presidente del Eurogrupo, desmintió que "es falso que hayan surgido trabas en la negociación entre Grecia y sus acreedores. Desde el punto de vista estructural, la zona euro se encuentra en una mejor situación que hace varios años atrás". Sin embargo, en julio pasado Grecia tuvo que imponer un corralito a sus bancos para evitar una fuga masiva de depósitos.
A pesar de ello, probablemente las autoridades europeas respirarían más aliviadas si sólo Grecia estuviera dando dolores de cabeza. La gran preocupación está otra vez puesta en varios países del Mediterráneo, como Portugal y, en menor medida, España e Italia. Para los especuladores, la economía portuguesa es el otro miembro de la manada europea que hoy ‘huele a sangre‘.
De nuevo, el instrumento a través del cual se refleja esa desconfianza de los mercados son los bonos soberanos. Los títulos públicos portugueses a 10 años, que a principios de enero pagaban un 2,8% de tasa de interés, ahora ya alcanzaron el 4% por las dudas que genera el cambio de gobierno y la posibilidad de que la calificación crediticia sea rebajada; esto impediría al BCE seguir comprando sus bonos como mecanismo para apuntalar su maltrecha economía.
Encima, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, ya advirtió al gobierno portugués que "sería muy peligroso hacer marcha atrás con respecto a la dirección que se tomó". Como sucede con Grecia, el riesgo de estallido social es palpable por el ajuste aplicado y tampoco existe unanimidad en la coalición de centro izquierda sobre si conviene profundizar las medidas de austeridad.
De la misma manera, el temor a repetir la historia también se traslada al sector bancario europeo. Con las últimas noticias del Deutsche Bank (se teme un default sobre parte de su deuda corporativa) y de las 8 principales entidades italianas (su capitalización bursátil se derritió un 40% desde mediados de 2015, lastradas por la gran cantidad de incobrables en sus balances), los inversores volvieron a entender que el saneamiento del sector no era tan profundo. Y esto por más que los bancos salieran a defenderse diciendo que los niveles de solvencia, capital y liquidez eran muy superiores a los de la crisis de 2008.
Por eso todos están expectantes a la próxima reunión del BCE del 10 de marzo, para ver qué instrumentos presenta el máximo organismo monetario para combatir esta sensación de "figurita repetida". Como sostuvo Xavier de Buhren, analista de Mirabaud, "Los instrumentos a disposición del BCE no son los mismos. Fueron multiplicados en 2015 con una capacidad de intervención mucho mayor. Mario Draghi [presidente del organismo, N.del R.] dijo "no limit".
La cuestión ahora es saber si todas estas municiones no son de fogueo". Y también si la zona euro no vuelve a despertarse al ritmo de la canción "I got you babe", que torturaba cada mañana a Bill Murray.