El uso de cash decae en el mundo, pero en Latinoamérica crece por la pandemia

Si en algunos países se achica hasta representar menos del 10% de las transacciones corrientes, en la Argentina y varios países de la región todavía explica más del 50% de las operaciones

El uso del efectivo es un tema que cada tanto recobra fuerza en la Argentina, y más ahora, en medio de la crisis sanitaria desatada por la pandemia de coronavirus.

Es sabido que el país tiene una baja tasa de bancarización comparado con el resto del mundo, que se explica por su alto nivel de informalidad. En ese sentido, el efectivo sirve de vaso comunicante entre la economía formal y la informal.

Pero una constante que se da de manera estructural en todo el mundo (incluida la Argentina y los demás países de la región) es que la demanda de billetes y monedas no para de caer, en beneficio de los medios de pago electrónicos. Los cuales han sabido mostrar sus ventajas, sobre todo durante la presente pandemia, aún dentro de los sectores más reacios a abandonar el efectivo.

Es que la imagen de poner la plata debajo del colchón, en un jarrón o en una media representa cada vez más una estrategia de ahorro del pasado, cuando ya hay países donde el efectivo en poder de los particulares, o el que se usa para las transacciones corrientes, es menor al 10% de sus tenencias totales.

RETICENCIAS

Si el Reino Unido, los países del norte de Europa, China y Corea del Sur lideran esta movida, hay otros que todavía tienen reticencias a sumarse al tren digital.

Como muestra basta un botón: hasta el año 2015, Aldi y Lidl, las dos principales cadenas de supermercados de descuento de Alemania, no aceptaban los pagos que no fueran en efectivo. Recién cuando llegó el Covid-19, los alemanes pagaron más de manera electrónica que con billetes y monedas. Para ellos, el efectivo es una manera de defender su privacidad ante los ojos del Estado y los hackers.

¿Por qué en algunos países se dejan de usar más rápido los billetes y monedas que en otros? En general, se trata del grado de formalidad con que cuenta cada economía. Si en la Argentina el 60% de los comerciantes todavía prefiere el dinero en efectivo (en Uruguay llega al 67%, mientras que en Chile es del 41%, según datos de la consultora Oh! Panel), es porque la informalidad sigue siendo muy elevada.

Y esta no es únicamente una cuestión cultural, también se explica por la alta carga impositiva.

Para el economista Luis Secco, "dentro de esta alta informalidad y enorme población de bajos ingresos, es difícil que el dinero billete desaparezca, porque la bancarización es muy baja. Allí, el reemplazo del efectivo por dinero electrónico podría significar exclusión financiera".

Esta es una situación que se replica en toda América latina pero que, con la pandemia, se profundizó en el sentido inverso al que se viene dando en los países más desarrollados. Porque al aumentar la crisis económica por la cuarentena, más gente se quedó sin trabajo e ingresó a la informalidad.

ABANDONO

Muy distinto es el escenario en varios países de la Unión Europea y también los de algunos asiáticos, donde la pandemia aceleró el proceso de abandono de los medios de pago tradicionales.

Allí, la población más reticente al uso de los sistemas electrónicos es la de mayor edad, con menor capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías.

Pero también se trató del grupo más expuesto al riesgo de contagio, por lo que pudo ver los beneficios de dejar de usar billetes y monedas para minimizar cualquier posibilidad de infección. Además, al no poder salir de sus casas, este segmento tuvo que incorporar otros hábitos de pago.

Es así que solo un 9% de los suecos usó efectivo en su última compra, de acuerdo con una encuesta publicada recientemente, cuando hace diez años atrás era un 39% de la población. En tanto que, en Corea del Sur, esta proporción fue menor al 5%, y en el Reino Unido alcanzó el 18%.

Incluso se siguen desarrollando cada vez más medios de pago alternativos a los electrónicos habituales. De hecho, la Universidad de Lund, en Suecia, creó un sistema de pago que escanea las venas de la mano, un método más rápido y fácil de usar, que se suma al del reconocimiento del iris o la huella dactilar.

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