Fin de fiesta: el mundo desarrollado no sabe cómo reducir su nivel de deuda

Ya se descartó que el crecimiento económico alcance. La alternativa de la inflación puede servir para licuar parte del endeudamiento pero no se puede usar en exceso. La última propuesta acaba de llegar del FMI: un impuesto a la riqueza del 10% por única vez. Pero la tasa impositiva ya es alta y puede generar fuga de capitales

Hay clima de resaca en la zona euro y en Estados Unidos, de fin de fiesta, de dolor de cabeza y sensación de pesadez. Incluso la luz del día molesta y hasta parecería que los distintos gobiernos no saben muy bien para qué lado tienen que ir, como quien sale de una fiesta alcoholizado y no logra recordar hacia dónde quedaba su casa.
El festejo que llegó a su fin no es otro que la emisión desenfrenada de bonos al que se han dedicado en estos últimos años todos los gobiernos de los países desarrollados, en parte para sostener un Estado de Bienestar cada vez más costoso pero también para que la economía no cayera en una recesión profunda cuando estalló la crisis subprime en 2007.
A tal punto fue masiva la emisión que la debacle hipotecaria inicial fue mutando hacia una crisis de endeudamiento, con discusiones nunca vistas en el Congreso estadounidense para autorizar dos veces in extremis sendas elevaciones del techo permitido de deuda, países triple A que perdieron sus calificaciones libres de riesgo (Francia acaba de ser rebajada por segunda vez hasta el AA), o economías de la zona euro en riesgo de cesación de pagos, como Grecia.
Que en el mundo desarrollado se estén viviendo situaciones de estrangulamiento financiero dignas de las economías latinoamericanas de los años 80 da un poco la pauta de lo severa que ha sido la crisis. Y que con una debacle de por medio, los argentinos no somos muy distintos a los demás. Porque en estos momentos se plantean en el mundo situaciones similares a las que hemos vivido hasta hace no demasiado tiempo atrás ligadas a cómo cancelar una deuda pública que de a poco se vuelve impagable.

Las soluciones mágicas

Ya han pasado cuatro años desde que la crisis subprime mutó en crisis de la deuda soberana en Europa y todavía no se vislumbra una salida a la debacle en las economías del sur del continente (distinto es el panorama en la Europa del norte). La receta del ajuste del gasto público para reducir los déficits fiscales, y esperar a que el crecimiento económico generara ingresos excedentes que sirvieran para reducir el peso de la deuda en el PBI, quedó archivada hace rato. Casi no hay crecimiento y el nivel de desempleo y la tensión social siguen siendo elevados.
En el caso de EE.UU., el gobierno apostó a la emisión masiva de dinero (los programas Quantitative Easing de la Reserva Federal) para, por un lado sostener la actividad económica, pero por el otro aprovechar y generar un poco de inflación que permitiera licuar parte de la monstruosa deuda pública existente (más de u$s17 billones). En la zona euro, el Banco Central Europeo prefirió preservar el valor de la moneda hasta que la realidad se impuso y la carta orgánica del organismo fue dejada de lado para monetizar la deuda pública y evitar que la crisis se transformara en un default colectivo de proporciones nunca vistas. Sin embargo, como lo ha vivido la experiencia argentina en más de una ocasión, recurrir a más inflación para licuar los pasivos es una estrategia bastante arriesgada que, en nuestro caso, está mostrando nuevamente lo peligrosa que puede ser.
Lo último en materia de buscar soluciones sustentables al lastre de la deuda pública acaba de llegar del FMI, cuyo informe fiscal de octubre pasado recomienda atacar el problema con armas de grueso calibre: aplicar por única vez un impuesto del 10% a la riqueza de los ciudadanos europeos, para que sus economías recuperen ratios de deuda más sustentables en el largo plazo. La cuestión que se plantea es: ¿Cómo puede el sistema impositivo ayudar a reducir el ratio de deuda en las economías avanzadas y contribuir a cubrir las necesidades de gastos en los países desarrollados?, sostiene el informe, dando la pauta de qué camino podrían tomar los distintos gobiernos en 2014 para achicar la bola de hierro en que se ha convertido la deuda soberana.
Los expertos del FMI dicen haberse inspirado en los trabajos del economista estadounidense Barry Eichengreen, quien planteó que los impuestos a la riqueza son habituales en períodos de guerra, por lo que la profundidad de esta crisis puede asemejarse a una guerra.
Para el célebre economista Kenneth Rogoff (últimamente en el centro de una controversia académica por ser acusado de publicar su obra más famosa plagada de errores matemáticos), los tiempos que corren justifican un impuesto de estas características: El argumento moral a favor de un impuesto a la riqueza es más convincente, porque las desigualdades económicas y el nivel del desempleo son tan elevados que ponen a prueba las normas sociales. Pero también advirtió que existe el riesgo de que los contribuyentes no quieran pagar más impuestos, en momentos en que el nivel impositivo ya es alto. Y que ante su rechazo, decidan migrar sus patrimonios hacia países con sistemas fiscales más benignos, con lo cual la medida perdería su impacto recaudatorio (en cierta forma, es lo que ha sucedido con la fuga de capitales argentinos y el cepo cambiario).
¿Cómo salir de la trampa? Para Rogoff, en la zona euro a través del esfuerzo compartido, de aquellos países que menos sufrieron la crisis como Alemania o Francia, pero cuyos bancos fueron de los que más se beneficiaron con la intermediación de los bonos de los países del sur europeo. La propuesta de Rogoff no parece ser una solución que satisfaga a una mayoría, lo que podría desembocar en el peor escenario: un repudio general de la deuda al mejor estilo argentino.