Alberto Schuster: "Si me hubiera dedicado a otra cosa, habría sido cantante de ópera"

"De chico era el solista del coro", confiesa el Senior Partner KPMG Argentina y presidente además del Consejo de Ciencias Económicas de la ciudad. Participó como consultor en buena parte de las privatizaciones de la Argentina.

Aida. La Traviata. Carmen. La flauta mágica. Fidelio. Alberto Schuster hace una pausa imperceptible, casi como si recuperara el aliento, y enhebra otra seguidilla de óperas. Imposible elegir una. Tengo una colección de 100 DVD de ópera en mi casa, comenta la cabeza de KPMG. De hecho, estudié música y canto clásico a los treinta. De chico, era el solista del coro, el que cantaba en las fiestas patrias. Si me preguntás qué me hubiera gustado hacer de haberme dedicado a otra cosa, hubiera sido cantante de ópera. Tenía condiciones, asegura Schuster y algo en esa pasión privada parece hablar mejor que nada del hombre detrás del ejecutivo que hoy preside el Consejo de Ciencias Económicas de la Ciudad de Buenos Aires.
Hace cinco años me dediqué a cantar tangos. Tengo grabado incluso un CD casero. Y empecé a estudiar piano con el mismo profesor. Pero me duró dos años. Tuve que dejar por mis ocupaciones. Aunque me prometí que el día que me retire voy a estudiar piano, comparte Schuster.
Pero el retiro no era algo en lo que pensara cuando a los 17 trabajaba como cadete en la empresa Cristalux. Mi padre era comerciante y mi madre, ama de casa. El mandato, 45 años atrás, era ir a la escuela pública y después a la universidad. Uno sabía que después de la secundaria había que estudiar y trabajar, recuerda.
Todavía no había cumplido 18 cuando entró a trabajar en auditoría, en lo que en ese entonces era PriceWaterHouse Peat. A los 24 hice algo que desaconsejo siempre. Quería ganar más y me fui. Estuve dos años en un estudio con un contador. Después me ofrecieron un puesto en un frigorífico como gerente administrativo y financiero y estuve ahí del 78 al 80, recapitula Schuster.
Pero 1980 resultaría ser un año clave en su carrera, que marcaría su regreso a la auditoría. Peat & Marwick abría sus oficinas en la Argentina y me di cuenta de que por ahí iba lo mío. En el 87 se convertiría en lo que ahora es KPMG, tras la fusión a nivel mundial con KMG, explica Schuster.
Con los cuarenta, llegaría otro timonazo. Me dije, si sigo haciendo auditoría toda mi vida va a ser duro. Empezaban las privatizaciones en la Argentina y se me había ocurrido que podíamos participar de ese proceso y se le propuse a Rodolfo Pickenhayn. Y terminamos teniendo una práctica importante, comenta. De hecho, a Transener el nombre se lo puse yo. Habíamos hecho todo el trabajo, la nueva compañía estaba armada. Era un viernes y estábamos en la secretaría de Energía y surgió el tema de cómo se iba a llamar la empresa. Y yo me aparecí el lunes con el nombre.
Era una época visagra para la Argentina y Schuster rescata el desafío. Era algo que se había hecho en otros lugares del mundo. Pero había que traer modelos que acá no existían. Y ver cómo compatibilizarlos con la ley argentina, explica.
Pero para el 2000 se le presentaría una disyuntiva. KPMG había decidido separar la práctica de consultoría y sacarla a la bolsa. Para entonces, Schuster era el responsable del área para toda América latina. Podía quedarme y convertirme en empleado de esta nueva empresa pero me dijeron que si volvía a auditoría podía convertirme en socio a cargo de la empresa. Y efectivamente, a los dos años, en 2002, eso fue lo que pasó.
Con el peso de las responsabilidades, Schuster debió resignar algunas actividades. Después de 15 años, la docencia fue una de las que quedó en el camino. Nunca me gustó delegar el dar clases o los exámenes, reconoce.
Entre sus orgullos recientes, está el libro que publicó en 2009 Competitividad para la Prosperidad. Venía trabajando en los comités del coloquio IDEA por tres años antes de ser presidente en 2009 y ahí empecé a coordinar paneles de competitividad y me interesé por el tema, explica.
Padre de dos hijos, ambos siguieron sus pasos. La mujer se acaba de casar en marzo y es contadora. Trabaja en el estudio. Mi hijo es licenciado en administración y trabaja para Nestlé en Colombia. Tiene dos varoncitos y una nena, dice con inconfundible sello de abuelo.
Para desenchufarse, le gusta jugar al golf los fines de semana en el country junto a Teresa, la mujer a la que conoció en el Club Comunicaciones y que es su esposa hace más de 30 años. Una vez por semana a eso de las 1930 me voy al cine. Podríamos decir que veo películas de tres estrellas. Las francesas de cinco estrellas no son para mí. No soy cinéfilo. Soy burro. Voy para entretenerme. Y los viernes a la noche, cena con amigos. Hay que saber lograr un equilibro, recalca.
Mi esposa siempre me apoyó en todas las decisiones. Incluso en esta última del Consejo de Ciencias Económicas, que no fue fácil, apunta. A veces juego con la idea de entrar en la política, reconoce. Pero explica que es difícil pensar en una inserción política que no sea desde un partido.
Después de una campaña intensa, la carga de las nuevas actividades se hace sentir. No renové el abono del Colón así que tengo que volver, comenta Schuster. Siempre que viajo aprovecho y voy a la ópera donde estoy. Al cruzar la puerta, me parece volver a escucharlo. Aida. La Traviata. Carmen. La flauta mágica. Fidelio. Tantas y tan maravillosas. Da la impresión que Schuster nunca podría decidirse.

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