Lunes  29 de Abril de 2019

Warren Buffett: "Me divierto más que cualquier persona de 88 años"

El legendario inversor habla sobre la suerte, las expectativas y la manera de encontrar valor en un mercado recalentado

Warren Buffett: "Me divierto más que cualquier persona de 88 años"

En el mercado de valores, los pequeños márgenes distinguen el éxito del fracaso. Un desempeño de 10% es una gran diferencia; 100%, una diferencia oceánica.

Y luego está Warren Buffett. En los últimos 54 años, las acciones de su compañía, Berkshire Hathaway, superaron al S&P 500 –un amplio índice de acciones norteamericanas– en casi 2,5 millones de puntos porcentuales. El grado en que Buffett demostró ser más listo que sucesivas generaciones de rivales de Wall Street casi desafía la comprensión.

Por lo tanto, ahora sorprende que en la última década se haya quedado atrás. Un dólar invertido en Berkshire hace 10 años ahora vale cerca de u$s 2,40; ese mismo dólar invertido en un fondo que emula al S&P 500 vale u$s 3,20. Más llamativo aún es lo que Buffett dice sobre eso.

Antes de la asamblea anual de Berkshire, Buffett se sentó en su oficina para dar una entrevista a Financial Times que duró tres horas.

De entrada se le preguntó cuál sería la mejor inversión para un niño con una cuenta: ¿una acción de Berkshire o una acción del S&P? Y no lo dudó: "Creo que el resultado financiero será muy similar".

Hizo esa declaración sin ninguna reserva. Pero es difícil no preguntarse si Buffett, aún con 88 años, minimiza sus ambiciones. Si es un genio de las inversiones, también es un genio de las relaciones públicas, cultivando la imagen de hombre modesto y honesto que triunfó en un prolongado partido practicando una versión del capitalismo más simple y pura.

El tercer hombre más rico del mundo, con un patrimonio estimado en u$s 86.000 millones, sostiene que está al timón de Berkshire porque quiere seguir haciendo lo que adora hacer desde que compró sus primeras acciones de una compañía petrolera de Oklahoma a los 11 años. "No puedo comprar tiempo, no puedo comprar amor pero sí puedo hacer cualquier otra cosa con el dinero. Y ¿por qué me levanto todos los días y salto de la cama y estoy entusiasmado a los 88 años? Porque amo lo que hago y amo a la gente con quien lo hago. Tengo 25 personas acá adentro. Vamos a los partidos de béisbol juntos. Ellos intentan y le hacen bien a mi vida, y yo intento y les hago bien a ellos".

La persona de Buffett se refleja en las oficinas de Berkshire, que ocupan un único piso en una excepcional torre de oficinas en Omaha que lleva el nombre de su compañía. Los falsos techos, los pasillos angostos y las alfombras gastadas son más característicos de un administradora de una escuela comunitaria que de un imperio financiero de u$s 700.000 millones. Los 25 empleados visten de manera informal. Los escritorios están repletos de fotos familiares, tarjetas de felicitaciones y recuerdos. En la sala de espera hay colgado un cartel que dice "¡Hoy invertí como un campeón!"

Buffett mismo llega para recibir a sus entrevistadores vestido con un holgado traje con rayas finas y corbata roja. "Compro trajes caros, sólo que se ven baratos cuando me los pongo" es una de sus famosas bromas y no se equivoca. Un poco encorvado, camina con cuidado arrastrando los pies, pero su rostro rebosa de salud. Sus ojos se mueven y parpadean detrás de sus anteojos mientras habla con alegría y rápido.

La persona de Buffett como puro operador bursátil es una parte integral de la empresa Berkshire. La compañía se mueve en sectores política y financieramente volátiles como energía y finanzas, y por ser el abuelo favorito del capitalismo, inversores, políticos y reguladores se mantuvieron firmemente a su lado.

Un elemento clave de esto es el cuidado con el que se administran las expectativas. Después de un complicado 1999, año en que el mercado venció a las acciones de Berkshire durante el boom de la tecnología, Buffett no preveía que el péndulo pronto volviera a las inversiones sensatas. Por el contrario, en ese momento dijo que esperaba que el crecimiento del valor de la compañía superara "modestamente" al del S&P en la siguiente década. "No podemos garantizar eso, por supuesto", escribió en una carta a los inversores. 

"Pero estamos dispuestos a respaldar nuestra convicción con nuestro propio dinero".

No prometer demasiado es una constante. "Lo único que arruinaría mi vida es que la gente espere más de lo que entrego", aseguró. 

Y después de prometer poco, en general entrega mucho. En los diez años posteriores a 1999, las acciones de Berkshire subieron casi 80% mientras que S&P registró caídas. 

Sin embargo, las cosas ahora son diferentes. Buffett nunca antes transitó un período tan largo de bajo desempeño. Y nunca fue tan feroz la competencia por los tipos de activos que él prefiere – compañías grandes fáciles de comprender pero difíciles de sacar de sus posiciones competitivas. 

"¿Warren Buffett perdió su genialidad?" es la pregunta que surge cada tanto en los medios cada vez que una de las inversiones de la cartera de Berkshire sale mal, como sucedió hace poco con Kraft Heinz, o IBM hace unos años. Pero eso refleja una mala interpretación.

Hubo una época en los años cincuenta y sesenta, en que Berkshire era una máquina de acumular acciones y compañías subvaluadas y mal interpretadas. Se decía que Buffett estaba comprando dólares a 50 centavos o "levantando las colillas del piso", como la misma Berkshire Hathaway, que era una frágil fabricante textil de Massachusetts cuando la compró.

Hoy, Buffett y Berkshire superficialmente no han cambiado. Buffett vive en la misma casa que compró en los años cincuenta, cuando dirigía una diminuta firma de inversiones. Todavía trabaja en el escritorio que su padre, un corredor de bolsa convertido en legislador republicano, usaba hace 75 años. Y Berkshire sigue en Omaha, una pequeña ciudad sobre el límite del estado maicero y ganadero de Nebraska.

Sin embargo, Berkshire hoy invierte usando una fórmula muy diferente. Uno: comprar compañías enteras cuando se las puede adquirir a buen precio, a veces financiadas con deuda a muy bajo costo. Dos: administrar la liquidez que esas compañías descartan, quitar el efectivo de las compañías de la cartera que no están creciendo e invertirlo en aquellas que sí están creciendo, todo bajo el paraguas del holding Berkshire, por lo que las transferencias están exentas de impuestos. Tres: invertir parte del exceso de capital en acciones líderes que coticen en bolsa. Cuatro: mantener el resto en bonos del Tesoro y efectivo, una reserva de fondos para cuando se presente la próxima adquisición.

Por lo tanto, la agudeza de la Berkshire moderna está en que en realidad no hay ninguna "genialidad" que perder. La elección de acciones que se hace no merece esa descripción. ¿Cuál fue la última gran idea de Buffett? Comprar Apple, la acción más popular. "Lo que vemos en relación a los valores negociables, todo el mundo lo sabe", dijo.

La parte complicada en la compra de compañías no cotizantes no es elegir las mejores sino esperar hasta que una buena empresa salga a la venta.

Buffett piensa que el negocio que construyó con Berkshire comparte características esenciales de las compañías que a él le gusta comprar: no necesitan que las dirija un genio. 

Buffett enfrenta no el declive de su genialidad sino las consecuencias de su éxito. Cada día laboral, entran u$s 100 millones en Berkshire —dinero proveniente de sus subsidiarias, dividendos de sus acciones, intereses de sus bonos soberanos. Algo hay que hacer con todo eso. 

Con u$s 700.000 millones en activos –y de eso u$s 112.000 millones es efectivo o equivalente de efectivo– sólo las grandes inversiones pueden mejorar significativamente las ganancias de Berkshire. Las acciones cotizantes que Buffett puede comprar no son más de 100, comentó. Adquirir directamente una compañía no es más fácil. Una empresa de mil millones de dólares que inmediatamente eleve su valor en un 50% no ayudaría en lo más mínimo. "Ganar u$s 500 millones suena genial y u$s 1000 millones suena a una gran inversión, pero u$s 500 millones es menos de un 0,10%" en términos de lo que aporta a los activos de Berkshire, explicó Buffett.

Lo que reduce aún más la lista de posibles inversiones es su decisión de descartar las compañías que necesitan ayuda. Los propietarios tienen que estar vendiendo por razones personales. "Quizás una vez en 50 años una familia va a vender por alguna razón y es ahí donde tienen que pensar en nosotros". 

Berkshire tiene músculo para comprar la totalidad de grandes sociedades cotizantes, pero el juego también se está complicando debido al avance del private equity, o los fondos de capital privado, que introdujo un competidor sobrefinanciado al que le gusta tomar deuda. Buffett calcula que las firmas de private equity tienen cerca de u$s 1,2 billones en compromisos de inversores, cifra que que se puede duplicar con el uso de deuda.

Frente a estos obstáculos, hace unos años Buffett buscó ayuda a Jorge Paulo Lemann, un fundador del grupo de private equity 3G. Berkshire se unió a 3G y juntos compraron Heinz en 2013, y dos años después fusionaron al fabricante del ketchup con Kraft.

La sociedad obtuvo excelentes retornos durante unos años haciendo cosas ajenas a la habitual estrategia de Buffett: se endeudó fuertemente y despidió miles de empleados. Pero mientras 3G recortaba costos para elevar las ganancias y se centraba en una oferta de u$s 142.000 millones para quedarse con su rival Unilever, los socios no lograron anticiparse a un giro del mercado, que se alejó de los alimentos empaquetados de grandes firmas, como los de Kraft, y se inclinó por las opciones más saludables y marcas artesanales.

De repente las ventas y los precios cayeron, y Berkshire debió pasar a pérdida u$s 3000 millones de su inversión. Hace unos días Kraft Heinz reemplazó a su CEO.

Si el problema es que es mucho dinero, una respuesta natural sería deshacerse de él. Las compañías lo hacen todo el tiempo: pagan dividendos o venden unidades de negocio. 

Buffett concuerda en que podría hacer mucho más con menos. Pero rechaza la idea de un dividendo. "Me gustan los negocios que tenemos. Me gusta la gente que los conduce, me gustan los accionistas que tenemos. Tenemos una sociedad muy especial. Y Charlie Munger, el vicepresidente de Berkshire] lo siente así, yo lo siento así, nuestros directores lo sienten así".

Traducción: Mariana Inés Oriolo

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