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Una prueba estresante para la clase política de Francia

Una victoria de cualquiera de los candidatos, sea de extrema derecha o de extrema izquierda, sería un terremoto que impactaría más allá de las fronteras de Francia

Una prueba estresante para la clase política de Francia

Europa finalmente está encontrando su punto de apoyo. El shock del Brexit está demostrando ser manejable. La economía de la eurozona va mejorando, la crisis migratoria cedió y las elecciones en Holanda ofrecieron motivos para tener esperanzas en que los políticos convencionales son capaces de detener el avance del populismo. Pero la elección presidencial de Francia, cuya primera ronda es este domingo, podría convertir todos esos puntos positivos en insignificantes.

En una estresante contienda que desafía la predicción, podría perfectamente prevalecer cualquiera de los cuatro principales candidatos. Unos pocos puntos los separan en las encuestas y los indecisos o la elevada tasa de abstención podrían hacer toda una diferencia. El escenario de pesadilla podría darse en una segunda vuelta entre la nacionalista de extrema derecha Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, el revoltoso de extrema izquierda que gana terreno entre los votantes que desprecian la apenas disimulada xenofobia del Frente Nacional pero quieren castigar a la élite política que no dio respuesta a sus necesidades.

Una victoria de cualquiera de esos insurgentes sería un terremoto que se sentiría más allá de las fronteras de Francia. Ambos defienden el proteccionismo económico y un inmenso crecimiento del ya abultado Estado francés. Ambos amenazan con retirarse de la OTAN y abandonar la UE. Ambos están a favor de mantener lazos estrechos con Rusia –al igual que el candidato republicano François Fillon. Sería un alivio si la votación del domingo dejara a uno de los dos candidatos convencionales –el liberal Emmanuel Macron o al conservador Fillon– en la pole position. Sin embargo, el eventual ganador igual tendría problemas para reunir la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar con eficacia. Además, incluso si resiste el centro político, no se disipará la sensación de que el sistema político de Francia –diseñado para admitir la protesta, pero para concentrar la autoridad en manos de un presidente prestigioso e independiente– está en crisis.

Esto no es tanto un fracaso de la Quinta República, sino un fracaso de las agrupaciones políticas de centroderecha y centroizquierda que han dirigido al país los últimos 60 años. Los socialistas y los republicanos han perdido muchos de sus seguidores tradicionales. No tendrá precedentes si ninguno de los dos partidos llega a la segunda vuelta, pero considerando que Fillon va la zaga de sus principales rivales, ese escenario es más que probable. Incluso Macron, que tuvo la prudencia de no afiliarse a ningún partido, es vulnerable a la percepción de que él también forma parte del establishment.

La apatía y el enojo con la clase política no son características únicas de Francia. Los ingredientes son familiares: acá como en otros países, los sucesivos gobiernos no respondieron a las preocupaciones de las comunidades perjudicadas por la globalización; no apreciaron la creciente separación entre la capital y las provincias; no combatieron la privación y discriminación que sufren las minorías; ni se ocuparon del generalizado resentimiento hacia la inmigración.

Los efectos se magnifican en Francia, donde la extrema derecha y la izquierda comunista tienen raíces profundas. Además, en un país que espera que su presidente sea la personificación de la grandeza nacional, la mediocridad de los últimos candidatos y la frecuencia de los escándalos ligados a la financiación de campañas han sido especialmente perjudiciales.

Los populistas también han podido aprovechar la perversa sensación de declive nacional. Se volvió tan común lamentarse de la menor influencia internacional de Francia y su caída económica en relación a Alemania, que sus puntos fuertes –compañías de categoría mundial, los eficientes servicios públicos y buenos estándares de vida– pasan desapercibidos o son subestimados.

Si esta elección condujera a un realineamiento radical de la política, la culpa la tendrán los partidos tradicionales de derecha e izquierda. Sin embargo, los votantes no deberían ceder ante el pesimismo sobre el futuro de la República Francesa. Pese a la sensación de angustia nacional, esta elección ofrece una posibilidad para que el país reactive su economía y recupere su liderazgo en Europa.

Francia tiene que elegir entre un par de candidatos que quieren despedazar el sistema y otros dos que al menos intentarán renovarlo y reconstruirlo. Los riesgos de fragmentación política son claros. Los votantes deberían actuar con sentido común y acudir a las urnas.