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Una crisis que pone en alerta a la elite política del continente

Dilma Rousseff se mostró desafiante. "Estoy lista para resistir por todos los medios legales", declaró después de que el Senado de Brasil votase a favor de iniciar el proceso de destitución. A pesar de esa actitud, es probable que la decisión marque un punto de inflexión. Michel Temer, el vicepresidente, prestó juramento como presidente interino. Si Rousseff termina destituida por juicio político, como parece probable que suceda, Temer la sucederá hasta las elecciones de 2018. Ello tendrá repercusiones más allá de Brasil.
Por un lado, la partida de Rousseff marca el final de 13 años de control de la presidencia por parte del Partido de los Trabajadores (PT). Desde su fundación en 1980, el PT se convirtió en el mayor partido socialdemócrata de la región y el "principal movimiento de izquierda del mundo democrático", señala Matias Spektor, profesor de relaciones internacionales de la FGV de San Pablo.
Durante la última década, muchos gobiernos de izquierda de América del Sur obtuvieron ayuda del PT. Brasil mostró una extraordinaria "paciencia estratégica" con vecinos como Bolivia y la socialista Venezuela. Con La Habana, también, Brasil tuvo una visión a largo plazo de la transición de Cuba tras los hermanos Castro. Pero gran parte de América del Sur se está desplazando hacia el centro político. El año pasado, Argentina eligió a un presidente pro-negocios, Mauricio Macri. Los dos principales candidatos en las elecciones presidenciales del próximo mes de Perú son del centro. Y Temer es centrista. Esto dejará a los gobiernos de izquierda de América del Sur sin la cobertura diplomática de que gozaban.
La destitución de Rousseff, aparentemente a causa del presupuesto -en concreto, debido al rechazo por la mala gestión económica y a un escándalo de u$s 3.000 millones de coimas en Petrobras- también marca otra tendencia regional: los latinoamericanos ya no toleran la corrupción como antes. Los escándalos de corrupción dieron lugar a protestas y al enjuiciamiento de empresarios y funcionarios del gobierno. El año pasado, un escándalo de evasión impositiva incluso provocó la renuncia del presidente de Guatemala.
Según Kevin Casas Zamora de Diálogo Interamericano, un foro político de Estados Unidos, este alboroto no se debe a que la región sea más corrupta. Las encuestas realizadas por grupos como Transparencia Internacional sugieren que hay menos corrupción, no más. Más bien los medios, además de una clase media activa y mejores garantías institucionales, desencadenaron una reacción negativa. Los ricos y los poderosos están cada vez más sujetos a la rendición de cuentas. Brasil es el ejemplo más reciente. Temer puede llegar a enfrentar cargos. Se trata de un signo de fortaleza institucional, no de debilidad.
La conmoción de Brasil también dio lugar a un debate sobre las limitaciones de las democracias presidenciales de la región. El problema, analizado por el German Institute of Global and Area Studies (Giga), es que tanto el poder ejecutivo como el legislativo son elegidos en forma directa, lo que confiere legitimidad democrática a ambos. Esta situación genera problemas cuando hay un conflicto entre ambos, como ocurrió con Rousseff, que no dispuso de la habilidad política para forjar un consenso entre los más de 30 partidos. En sistemas parlamentarios, estos conflictos se resuelven mediante un voto de censura y nuevas elecciones.
Por el contrario, en los sistemas presidenciales, los conflictos se resuelven ya sea mediante la destitución del presidente por parte del Congreso, como ocurrió en Brasil, o mediante la efectiva disolución del Congreso por parte de un presidente autocrático, una consecuencia autoritaria más peligrosa. Según Giga, eso es lo que está sucediendo en Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro ha orquestado "un golpe constitucional para quitar el poder al Congreso". Maduro se unió alegremente al PT en la descripción del posible juicio político contra Rousseff como un "golpe"; esto refuerza su posición en el ámbito de su país. Sin embargo, el Tribunal Supremo de Brasil aseguró que en el juicio político de Rousseff se siguió el procedimiento correcto.
En Venezuela el debido proceso fue manipulado o frustrado por el Tribunal Supremo. La destitución de Brasil no es la única crisis constitucional que afecta a América Latina, ni tampoco la más grave. Ese triste premio es para Venezuela; un hecho a menudo ignorado por aquellos, incluyendo a Rousseff, que calificaron su destitución como un "golpe".