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Un pacto que no puede detener el flujo de crudo barato

El acuerdo condicional para mantener constante la producción petrolera anunciado el martes por Arabia Saudita y Rusia fue un triunfo del arte de la diplomacia ya que generó el máximo impacto retórico para un mínimo compromiso genuino. Su cuidadosa construcción nos dice todo lo que necesitamos saber sobre el mercado de petróleo de hoy.
Nunca fue fácil coordinar productores de crudo para manipular los precios, y fue eficaz sólo durante períodos limitados, de modo más espectacular en la década de los setenta. Desde el surgimiento del petróleo shale norteamericano en los últimos siete años, pasó a ser más o menos imposible. La posición semi rígida acordada por Arabia Saudita y Rusia podría no significar mucho. Los precios del crudo se derrumbaron tras el anuncio, si bien luego rebotaron. Pero en estas circunstancias, fue lo mejor que pudieron hacer ambos países.
El compromiso no restará un sólo barril del mercado petrolero para suavizar la saturación que hizo bajar un 70% los precios del crudo desde el verano boreal de 2014. Incluso el acuerdo de no elevar la producción depende de que otros grandes productores también los suscriban. Ayer Irán, que planea producir más, no prometió unirse a participar del congelamiento.
Aunque es un compromiso muy débil _el primero entre un miembro y un no miembro de la OPEP en quince años_ tiene importancia como señal de nerviosismo entre los dos productores de petróleo más grandes del mundo. Pero el hecho de que Arabia Saudita ya no esté reduciendo su producción, pese a los crecientes indicios de tensión financiera, demuestra que su estrategia podría ser dolorosa, aunque racional.
Los precios del crudo en los niveles actuales están haciendo estragos en los competidores de Arabia Saudita. Se espera que muy pocos proyectos petroleros grandes sigan adelante este año, lo que provocará un impacto duradero en la oferta futura. La apertura del Ártico para el desarrollo petrolero se suspendió en forma indefinida. La producción de shale norteamericano resistió, pero ahora está cayendo y la industria está a punto de ser escenario de una ola de quiebras de productores altamente endeudados. Si Arabia Saudita bajara la producción ahora, podría beneficiarse de los precios más altos pero también ofrecería alivio a sus rivales. Y al reino no le interesa aflojar.
Con el tiempo, la caída de la oferta provocada por la menor inversión en todo el mundo volverá a equilibrar el mercado, siempre que la demanda siga creciendo. El precio rebotará. El petróleo bajo a u$s 30 es insostenible.
Sin embargo, el problema fundamental que enfrenta Arabia Saudita es que la recuperación de los valores probablemente sea limitada. Una vez que el crudo suba muy por encima de u$s 50, habrá sustanciales volúmenes de producción de shale norteamericano que otra vez serán comercialmente atractivos, lo que colocará oferta adicional al mercado. Cualquier intento por sostener los precios muy por encima de ese nivel probablemente sea inútil.
Los productores deben ajustarse a un mundo en el que, excepto por alguna agitación política grande, durante un tiempo no habrá un petróleo a u$s 100. Las compañías deben adelgazar y ponerse en forma, los países deben hacer reformas para enfrentar ingresos petroleros que serán menores por muchos años más.
La revolución del shale norteamericano presagia una transformación estructural en la productividad de la industria petrolera, y al igual que en cualquier avance de este tipo, es un beneficio neto para la economía mundial. Eso a veces se valora poco porque los beneficios se distribuyen entre todos los consumidores mientras el dolor se concentra en un pequeño número de productores. Sin embargo, en términos generales el petróleo barato estimula el crecimiento.
Estamos en un mundo donde la cooperación entre Arabia Saudita y Rusia provoca un bostezo y no un escalofrío. En la mayor parte del resto del planeta, ésta es seguramente un motivo de celebración.

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