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DOMINGO 16/12/2018
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Trump tiene razón: China debe aceptar las normas comerciales de Occidente

Países y empresas se quejan por la forzada transferencia de tecnología, las barreras no arancelarias y la restricción a la inversión que aplican en el gigante oriental

Donald Trump y Xi Jinping en Beijing, en noviembre de 2017

Donald Trump y Xi Jinping en Beijing, en noviembre de 2017

Donald Trump tiene razón. No todos los días se lee esa frase en Financial Times, pero el presidente de Estados Unidos está en lo cierto cuando asegura que China no se rige por las mismas normas comerciales y de inversión que Occidente.

También hace bien en señalar que los últimos intentos por lidiar con este desequilibrio no han funcionado. Ése es el consenso entre la mayoría de los países y empresas extranjeras que operan en China, aunque no estén dispuestas a quejarse en voz alta por temor a perder el acceso al mercado chino.

Eso está empezando a cambiar. Frente a un escenario operativo cada vez más hostil en China y a la creciente competencia de sus pares chinos en el extranjero, muchas compañías grandes ahora piden a sus políticos que endurezcan su postura en cuanto a China.

Los aranceles promedio que aplica China a las importaciones casi duplican aquellos fijados por Estados Unidos y el Reino Unido. Pero también creó numerosas barreras no arancelarias que excluyen países y sectores económicos en su totalidad, a menudo por razones explícitamente políticas. Por ejemplo, cuando el disidente Liu Xiaobo ganó el Premio Nobel de la Paz en 2010, investigaciones extraoficiales sobre la aduana china indicaron que las importaciones de salmón noruego fueron efectivamente interrumpidas durante años.

Después de que Corea del Sur acordara en 2016 albergar un sistema de defensa antimisiles norteamericano que China consideró una amenaza, las compras chinas de autos, música pop y cosméticos coreanos se derrumbaron y docenas de supermercados coreanos fueron clausurados por "violaciones a las normas de prevención contra incendios".

En ésos y muchos otros ejemplos, el gobierno chino emitió órdenes directas a las compañías y a los reguladores, y al mismo tiempo negaba que hubiera algún cambio de política.

Los servicios de Google, Facebook, Twitter, YouTube e Instagram están bloqueados por el régimen chino de censura de Internet. Aparentemente eso se debe a que las críticas públicas al sistema político chino o a sus líderes constituyen una violación a la seguridad nacional y esas compañías no pueden garantizar que no habrá ese tipo de comentarios en sus plataformas. Pero su ausencia fomentó el surgimiento de grupos locales como Tencent y Alibaba.

Cuando se trata de restricciones a la inversión, la cancha se inclina aún más a favor de las empresas chinas. De las 17 adquisiciones chinas más grandes de firmas europeas que se hicieron entre 2000 y 2017, sólo una cuarta parte podría haberse producido en la otra dirección por las leyes y políticas industriales chinas, según un reporte de Rhodim Group y el think tank berlinés Mercator Institute for China Studies (Mercis).

"Los inversores chinos en Europa se rigen por uno de los regímenes de inversión más abiertos, con acceso casi irrestricto a todos los sectores", señala el informe. "China, por otro lado, sigue limitando estratégicamente el ingreso de compañías extranjeras de muchas industrias y hay una descontrolada discriminación informal contra empresas del exterior".

Ese desequilibrio no era una preocupación hasta hace muy poco porque las compañías chinas apenas invertían más allá de sus fronteras. En 2008, la inversión extranjera directa (IED) china en los 28 países de la Unión Europea era de sólo 700 millones de euros. Pero llegó a 30.000 millones en 2017, cifra que supera cuatro veces la inversión europea directa en China en ese mismo año.

Este patrón se repite en todo el mundo desarrollado. Las compañías extranjeras están particularmente preocupadas por el hábito de Beijing de obligarlas a transferir tecnologías clave a la competencia local a cambio del acceso al vasto mercado chino.

Los funcionarios chinos aseguran que ésa no es la política oficial pero que en la práctica se utiliza mucho y está implícita en el plan industrial "Hecho en China 2025" del gobierno, al igual que las leyes de ciberseguridad que exigen a las compañías extranjeras compartir tecnología clave con agencias que hace décadas roban de manera encubierta propiedad intelectual.

Trump hizo bien en apuntar a la transferencia forzada de tecnología y los intentos de Beijing de bloquear la competencia extranjera en industrias que quiere dominar a nivel global. Pero realmente se equivoca al creer que puede ganar una guerra comercial en múltiples frentes atacando simultáneamente a algunos de los socios más cercanos de EE.UU.. Alemania, en particular, es un aliado natural porque es un inmenso exportador de productos de alta tecnología a China y, hasta hace poco, ni siquiera tenía un mecanismo que le permita bloquear inversiones extranjeras por motivos de seguridad nacional.

Angela Merkel, la canciller alemana, visitará la Casa Blanca mañana y viajará a Beijing el mes próximo. Trump tiene la oportunidad de reclutar a Merkel para que apoye su causa, pero es igual de probable que la ofenda y entonces desvirtuar sus esfuerzos por nivelar el campo de juego para las compañías extranjeras que operan o quieren operar en China.

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