Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar
U$D
/
MERVAL

Trump organiza el nuevo desorden mundial

Mientras transforma radicalmente la relación de Estados Unidos con el mundo, sus aliados enfrentan el dilema de qué pasos deberían seguir

Trump organiza el nuevo desorden mundial

Muchos presidentes de Estados Unidos proclamaron un nuevo orden mundial. En la actualidad, la mayoría de nosotros solo recuerda el que George HW Bush mencionó al final de la guerra fría. "Ese nuevo orden mundial lucha por nacer... un mundo muy distinto del que conocemos", afirmó Bush padre en 1990.
Sin la Unión Soviética, en verdad, se parecía bastante al que conocíamos de la segunda mitad del siglo anterior. Con algunos altibajos, la Pax Americana se mantuvo por alrededor de una década más.

Desde los atentados del 11 de septiembre, sin embargo, las fisuras empezaron a notarse. En los últimos meses, se hizo posible imaginar un quiebre. Por razones obvias, ni el propio Donald Trump soñaría con alardear de marcar el inicio de un nuevo desorden mundial. Sin embargo, las palabras de Bush quizás hayan anticipado inadvertidamente lo que ocurre hoy. "Estados Unidos siempre predicó con el ejemplo", sostuvo.

Como se dice, la historia se vive hacia adelante, pero se escribe hacia atrás. Dos décadas antes de la declaración de Bush padre, Dean Acheson, el exsecretario de estado, escribió su clásico, Presente en la creación. Sus memorias describían en detalle cómo Estados Unidos había creado el sistema de posguerra que Bush rebautizó "el nuevo orden mundial". Organismos que hoy parecen estar en su marco natural -las Naciones Unidas, la OTAN, el Fondo Monetario Internacional y el predecesor de la Organización Mundial del Comercio- fueron unidos contra todo pronóstico por el gobierno de Truman, durante el que Acheson fue funcionario. Fue un furor único de desarrollo institucional mundial que solo Estados Unidos podía haber emprendido. Ningún otro país tenía la confianza en sí mismo -o los medios- para reconstruir el mundo a su imagen y semejanza.

Actualmente, en la era de Donald Trump, parece que estuviésemos viviendo la historia hacia atrás. Estados Unidos tiene un presidente que desprecia la obra de su país. Durante la mayor parte de las últimas siete décadas, fueron los enemigos de Estados Unidos, liderados por la Unión Soviética, los que atacaron el orden liberal. Gran parte del mundo consideraba al Consejo de Seguridad de la ONU y otros organismos instrumentos neoimperiales del poder de Estados Unidos. Alguna que otra vez, los presidentes de Estados Unidos se han quejado de que otros no pagan lo suficiente. Ninguno cuestionó su existencia nunca. Los detractores de Estados Unidos podían quejarse del orden mundial con la tranquilidad de que no corría peligro alguno. Desde el 20 de enero, esto ya no parece ser tan así. "Nos olvidamos lo poco natural que siempre fue el orden mundial liberal creado por Estados Unidos", sostiene Robert Kagan, un crítico conservador incisivo de Trump. "Es difícil imaginar quién lo sostendrá cuando el propio presidente de Estados Unidos lo socava activamente".

De un modo u otro, todos los aliados más cercanos de Estados Unidos se enfrentan con ese dilema. Hasta aquellos que siempre fueron reacios a expresar sus dudas en público se están pronunciando. El mes pasado, Angela Merkel dijo que era hora que Alemania y Europa tomaran su "destino en sus propias manos". Dijo esto poco después de que Trump se negase a ofrecer apoyo a la cláusula de defensa mutua del Artículo 5 de la OTAN, a pesar de haber inaugurado hace poco una placa en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre, la única vez que los aliados de Estados Unidos habían invocado dicha cláusula. "Parecen haber quedado atrás los tiempos en que podíamos confiar en otros", dijo Merkel con su característico estilo eufemístico.

Este mes, Chrystia Freeland, la ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, dio un discurso en el que preguntó qué debería hacer Canadá en un mundo en el que ya no se podía confiar en Estados Unidos. Luego de agradecer a Estados Unidos por décadas de liderazgo mundial, Freeland dijo que era momento de actuar como si esa era estuviese llegando a su fin. "El hecho de que nuestra nación amiga y aliada haya llegado a cuestionar el valor de su liderazgo mundial pone de relieve la necesidad de que el resto de nosotros establezcamos nuestro propio camino claro y soberano", Freeland dijo a la Cámara de los Comunes de Canadá.

Su discurso no generó reacciones en el gobierno de Trump. Muchas otras figuras de Estados Unidos apoyaron sus dichos. "Si fuese asesor en materia de seguridad nacional en cualquier otro país, haría las mismas preguntas", afirmó Richard Haass, director del Consejo de Relaciones Exteriores y ex alto funcionario de diversos gobiernos republicanos. "Parece estar quebrándose algo fundamental. Si Estados Unidos puede hacerlo una vez ¿por qué no podría suceder de nuevo?".

También están los posibles adversarios de Estados Unidos, principalmente China y Rusia, que parecen haber logrado su objetivo pero no saber qué hacer ahora. Habiendo despotricado contra el llamado "momento unipolar" posterior a la guerra fría, sienten que terminó mucho más rápido de lo que esperaban. Tanto para China como para Rusia, la presidencia de Trump es un beneficio geopolítico inimaginable.

La respuesta del círculo cada vez más reducido de apologistas de Trump es apuntar a los "globalistas" reconocidos que puso en los principales cargos. La abreviatura utilizada para hacer referencia a estos es "MMT": James Mattis, secretario de defensa, HR McMaster, asesor de seguridad nacional, y Rex Tillerson, Secretario de Estado. Este "eje de adultos" dice que hará que Trump mantenga su palabra e impedirá que tome medidas que detonen el orden mundial. Esto conlleva dos problemas evidentes. El primer problema es que Trump suele hacer caso omiso al asesoramiento. Su decisión de socavar la OTAN el mes pasado tomó a la mayoría de sus asesores completamente por sorpresa. El hecho de que pocos días después hablase casualmente de no debilitar la OTAN fue apenas alentador. Ya hizo lo mismo antes, solo para luego dar marcha atrás. "Cuando Trump dice lo correcto, es como una foto sacada con Snapchat", afirma el embajador en Washington de un aliado de Estados Unidos. "Es como que desaparece apenas después de haberla visto".

Trump también desdeñó el consejo unánime de MMT de no abandonar el Acuerdo de París sobre el calentamiento global. La misma intención de desautorizar a quienes lo rodean es evidente en el fuerte apoyo de Trump a la decisión de los estados del Golfo Pérsico de cortar lazos con Qatar -una medida casi equivalente a una declaración de guerra-, a pesar de haber 11.000 tropas estadounidenses en Qatar. Mientras que Tillerson trataba de mediar, Trump incentivaba a los sauditas a avanzar. ¿A quién el mundo debería tomar en serio? ¿A Tillerson o a Trump? "No me cierra esta teoría del eje de adultos", sostiene Kagan. "Hasta Obama pudo desautorizar a sus generales de alto rango. No tenemos pruebas que demuestren que los adultos puedan impedir que Trump sea Trump".

El segundo problema es que la visión que Trump tiene del mundo es radicalmente opuesta a la de la mayoría de sus altos funcionarios. Por más de 40 años, Trump sistemáticamente vio al resto del mundo como un lugar hostil: a enemigos y aliados por igual. Frases como "se están riendo de nosotros" y "nos están robando" han salido de su boca desde la década del ochenta. A los 71 años, es poco probable que cambie sus instintos. En su primer viaje al exterior, Trump volvió a criticar a Alemania por pagar mucho menos de lo que debería por la OTAN, y por supuestamente haber mentido en su relación comercial. "Trump cree que todos los extranjeros nos toman de estúpidos, que el mundo es un lugar oscuro", afirma Ivo Daalder, ex embajador de Estados Unidos ante la OTAN. "¿Cómo se pueden lograr alianzas cuando no dejás de decirle a tus aliados que te están robando?"

Algunos insisten en que Trump es "realista", un contraste estimulante con respecto a los neoconservadores que rodeaban a George W Bush. Pero un enfoque así solo funciona con una visión matizada de lo que motiva a otros países. Trump no se esfuerza por conocer su opinión.

El próximo gran desafío de Trump llegará a principios de julio cuando se reúna por primera vez con su par ruso, Vladimir Putin, en la cumbre del G20 en Hamburgo, Alemania. Los aportes visuales de tales confabulaciones valen más que las declaraciones. En una fotografía del G20, celebrado en Australia en noviembre de 2014, poco después de que Rusia anexara a Crimea, se ve a Putin solo, rechazado por los demás mandatarios. Se fue de la reunión temprano. Su partida simbolizó el aislamiento de Rusia. La decisión de Trump de desplazarse en un carrito de golf en lugar de acompañar a pie al resto de los líderes presentes en la cumbre del G7 en Taormina, Sicilia, también fue más que contundente el mes pasado, prefigurando su retirada del Acuerdo de París unos días más tarde. "Ni siquiera se molestó en caminar unos minutos con los demás mandatarios", señala Solana. "Dijo mucho de él".

¿Mostrarán las fotos a Trump conversando amenamente con Putin en Hamburgo? ¿O estará solo? "Cuanto más hincapié hace Trump en 'Estados Unidos primero', más se convierte este en 'Estados Unidos solo'", sostiene Daalder

Pero la lectura más importante acerca de Trump es la que se está haciendo en China. Rusia quizá represente una amenaza inmediata para los aliados de Estados Unidos en Europa. Pekín plantea el desafío trascendental. Aquellos que argumentaron que Trump se estaba "normalizando" apuntaban a su reunión en abril con Xi Jinping, el presidente de China, en Mar-a-Lago. A diferencia de la campaña electoral, en la que Trump acusó a China de "violar" a Estados Unidos, en esta primera reunión mantuvo un tono cordial con su homólogo chino y jamás se habló de desencadenar una guerra comercial. En cambio, acudió a la ayuda de Xi para dar marcha atrás con el programa nuclear de Corea del Norte. En la práctica, China hizo poco más de lo que ya venía haciendo -no mucho- para controlar a Kim Jong-Un de Corea del Norte. Pero la ofensiva de Xi tuvo buena acogida.

No solo viajó al club de Florida de Trump, que es donde el presidente de Estados Unidos se siente más en casa. China también aprobó decenas de marcas registradas de Trump. Su visita también coincidió con una oleada de aprobaciones de la línea de indumentaria de Ivanka Trump. En otras palabras, Xi llegó con regalos para el presidente y su familia. Kagan describe esto como "arrojar frutas al volcán". Funcionó. Trump entonó debidamente las alabanzas de Xi...y nunca dejó de hacerlo desde entonces.

Entretanto, el Reino Unido, que probablemente quede absorto en deliberaciones sobre el Brexit durante los próximos años, ya no desempeña un papel activo. El círculo de aliados de confianza de Estados Unidos es cada vez menor. Incluso antes del Brexit, la presencia del Reino Unido ya se había reducido. El ejército británico es ahora más pequeño que el cuerpo de marines estadounidense. "En el futuro previsible, la relación especial entre Estados Unidos y el Reino Unido es irrelevante", señala Thomas Wright, académico especializado en política exterior de Brookings.

Los amigos de Estados Unidos serían más optimistas sobre la salud del orden mundial si considerasen a Trump como una aberración. Pero Trump es más un síntoma -aunque alarmante- que una causa de la retirada de Estados Unidos de su papel de posguerra. Con cierta razón, los líderes estadounidenses suplicaron durante años a sus aliados que gasten más en defensa. Sirvió de poco. Desde el final de la guerra fría, fue cada vez más difícil para los mandatarios estadounidenses convencer a los votantes de la antigua exhortación de Kennedy, "pagar cualquier precio, sobrellevar cualquier carga". La noción misma de que un candidato a presidente de Estados Unidos podría instar a los estadounidenses a sacrificarse en nombre de otros países parece extravagante. Quizá tengan razón. Si el orden mundial se derrumbase, los estadounidenses probablemente serían los últimos en sentirlo. "Nosotros pagaríamos el menor precio", afirma Kagan.

En realidad, el repliegue global de Estados Unidos empezó a cobrar fuerza con Barack Obama, aunque con un estilo muy diferente del de Trump. Durante el segundo mandato de Obama China superó a Estados Unidos y se consolidó como la economía más grande del mundo en términos de paridad del poder adquisitivo. Es probable que supere a Estados Unidos en términos de dólares en el próximo período presidencial, independientemente de quién ocupe la presidencia.

El camino más esperanzador es que otras naciones ocupen el lugar que deje vacío el Estados Unidos: dicho de otro modo, el resto del mundo podría apropiarse de la creación de Acheson. La señal más clara fue la de Xi en enero, cuando dijo a las élites mundiales reunidas en Davos que China estaba preparada para sostener el orden económico mundial a pesar de la retórica proteccionista estadounidense. "Algunas personas culpan a la globalización económica por el caos de nuestro mundo", señaló Xi. "No debemos refugiarnos en un puerto cada vez que nos topamos con una tormenta; de lo contrario, nunca llegaremos al otro lado".

Asimismo, China e India actuaron con moderación en respuesta a la decisión de Trump de abandonar el Acuerdo de París el mes pasado. Tanto Li Keqiang, primer ministro de China, como Narendra Modi, primer ministro de India, visitaron las capitales europeas en la misma semana y acordaron que cumplirían las promesas de carbono hechas en París. "Es sorprendente la frecuencia con que los líderes europeos y China parecen ponerse de acuerdo hoy", sostiene Solana.

Más notas de tu interés

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar