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Trump o Hillary, imprudencia o cálculo

En la carrera por las candidaturas presidenciales republicana y demócrata, las primarias del martes, no podían haber creado un mayor contraste. No es que las políticas de Donald Trump, muy probablemente el nominado republicano, y de Hillary Clinton, casi seguramente la candidata demócrata, sean diametralmente opuestas. En medio de las opiniones extremas sobre inmigración y comercio, el magnate ha expresado a lo largo de los años posiciones bastante de centro y hasta liberales en cuanto a salud, seguridad social y reforma fiscal.
Casi igual de extenso es el abismo entre sus enfoques hacia la política: Clinton, una cautelosa y calculadora pragmática, y Trump, el populista espontáneo y grandilocuente. La elección girará en torno a si la clase media comparte las visiones del electorado de las primarias republicanas –que un presidente que se presentó principalmente como alternativa a la política misma puede sortear un Congreso paralizado y un mundo lleno de problemas aparentemente intrincados– más que las opiniones de una tecnócrata que pasó más de 20 años tratando de hacer reformas desde adentro del sistema.
Como ejemplo, el principal esfuerzo de la administración de George W Bush y la de Barack Obama apuntado a recuperar la influencia económica de Estados Unidos en Asia ha sido el Acuerdo Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) entre 12 naciones. Pero los acuerdos comerciales son mal vistos entre los norteamericanos, que piensan que son los responsables del aumento de la desigualdad y la caída de la actividad industrial.
Clinton, que como secretaria de Estado de Obama estuvo íntimamente involucrada en el TPP como parte de su iniciativa en conducción económica, cuidadosamente se distanció del acuerdo diciendo que no puede apoyarlo tal cual está, y al mismo tiempo dejando abierta la posibilidad de que sea aceptable si se lo es revisa. Trump, por el contrario, alegremente irrumpen en la delicado construcción diplomática del comercio, oponiéndose rotundamente al TPP y anunciando que impondrá un arancel de 35% sobre las importaciones provenientes de México –país miembro del TPP– y 45% sobre las mercaderías que lleguen desde China. Si se aplicara eso, sería uno de los mayores sacudones que recibe la política comercial global desde la segunda guerra mundial.
En forma similar, si bien Clinton es un relativo halcón en cuanto a política exterior, ella respaldó la intervención en Libia mediante el camino convencional de armar una coalición citando la necesidad de restablecer el orden y la democracia. Trump abiertamente admira a los hombres fuertes tiranos como Vladimir Putin, está dispuesto a entretener cometiendo crímenes de guerra como matar a las familias de terroristas, y tiene el absurdo deseo de construir un muro entre Estados Unidos y México. Esas políticas, si realmente se implementaran, destrozarían la seguridad internacional liberal y el orden económico y pondría fin al rol de Estados Unidos como superpotencia global.
La próximas elecciones presidenciales serán un extraordinario choque de estilos y filosofía. No sólo el futuro de Estados Unidos sino también el del mundo dependerá de si los norteamericanos votan por el cálculo o la imprudencia. El Súper Martes dejó totalmente claro que esa será la opción.