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Trump envenena la democracia de EE.UU.

Trump envenena la democracia de EE.UU.

Después de dos estrafalarias actuaciones anteriores en las que desplegó una excesiva susceptibilidad, una adicción a la jactancia y un penoso débil dominio de la política, era difícil imaginar que Donald Trump había dejado sorpresas para el tercer y último debate presidencial con Hillary Clinton.


Sin dudas, su misoginia marca registrada estuvo a la vista el miércoles, inicialmente más silenciada pero luego entró en calor y describió a Clinton como una "mujer tan desagradable", y aseguró falsamente que las acusaciones de acoso sexual en su contra habían sido desacreditadas. Sin embargo, su intervención más notable, fue una clara amenaza: podría negarse a aceptar el resultado de la elección. A medida que la campaña de Trump quedaba atrapada en los problemas, y las encuestas se movían en su contra, empezó a expresar una creciente paranoia de que los medios son tendenciosos y que, sin la menor evidencia, la elección podía ser "manipulada".


Si esas absurdas sugerencias siguen confinadas a Trump, el daño será contenido. Pero si un número significativo de los republicanos lo siguen en la ruta de travesuras supuestamente infundadas, la democracia estadounidense será la gran perdedora. Una cosa es discutir ideas, incluyo las más extremas, dentro de un sistema electoral regido por el debido proceso; otra muy distinta es sembrar dudas sobre la legitimidad de todo el proceso.


Los políticos republicanos enfrentan la opción desde que Trump se aseguró la nominación, y especialmente desde que su retórica sobre los inmigrantes, los musulmanes y las mujeres se volvió más extrema. Ellos se pueden disociar de su candidato presidencial y arriesgarse a enemistarse con las bases y votantes, o pueden seguir siendo leales y quedar manchados para siempre por asociación con los exabruptos de Trump. Este dilema sólo se agudiza debido al hecho de que las actitudes de Trump encuentran eco en lo que algunos republicanos han estado diciendo hace décadas sobre temas como la raza y la inmigración.


En el caso de un fraude electoral, los republicanos vienen promocionando leyes de identificación de votantes que exijan a los electores llevar alguna forma de identificación con foto, pese a que no hay evidencia de que en las elecciones sea un problema importante que alguien se haga pasar por otro votante.


De hecho, los tribunales sostuvieron que, por el contrario, es muy probable que esa propuesta apunte a reducir la concurrencia a los comicios de los votantes de minorías étnicas, que tienden a apoyar a los demócratas. En ese sentido, Trump sólo está extendiendo y amplificando los temas que han sido parte rutinaria del discurso electoral de algunos republicanos.


En la práctica, el rechazo de Trump a aceptar el resultado de las elecciones casi seguramente no hace ninguna diferencia si Clinton se convierte en presidente. Pero un partido que siembra dudas sobre todo el proceso democrático, y que se queja, podría hacer un serio daño a la confianza en el sistema electoral. Si Trump puede tolerar una derrota electoral alegando fraude, el resto del partido republicano debe dejar en claro que no comparte esa reacción

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