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Trump define cómo será la guerra fiscal de Estados Unidos

El plan fiscal refiere al mantra "EE.UU. primero": Evitar que las empresas estadounidenses se vayan al exterior y eliminar ventajas que el sistema actual brinda a firmas extranjeras

Trump define cómo será la guerra fiscal de Estados Unidos

El control del partido Republicano en la Casa Blanca y el Congreso da a quienes apoyan una reforma fiscal radical la mejor oportunidad de éxito en una generación. Pero ¿Donald Trump apoya planes que amenazan con dividir el sector empresarial de Estados Unidos?

Rick Woldenberg mira la política económica estadounidense a través de un lente no convencional: un microscopio multicolor de juguete que cuesta solo u$s 20. Registrado en Estados Unidos pero fabricado en China, 'Mi primer microscopio' es uno de los cientos de juguetes que vende Learning Resources, su filial de Chicago, que usa para medir el efecto de Washington en sus negocios.


Junto a directores ejecutivos de Wall Street, el cinturón industrial ('rust belt') y Silicon Valley, Woldenberg durante años rogó que Washington incorporara un código fiscal no competitivo que cobra a las empresas estadounidenses las tasas más altas de cualquier país desarrollado.

"Es una carga abrumadora", sostiene y agrega que las ganancias de sus microscopios están gravadas a más del 40%.

Después de las elecciones de noviembre, los republicanos dijeron que el control que su partido ejerce en la Casa Blanca y el Congreso había creado la mejor oportunidad de reformar el código fiscal en una generación. El presidente Donald Trump estableció la reducción del impuesto sobre las sociedades del 35% como prioridad número uno de su misión de estimular la economía y crear empleo. Las esperanzas de éxito llevaron a un repunte de los mercados después de las elecciones.

Sin embargo, para Woldenberg la esperanza se transformó en horror. Los republicanos siguen prometiendo los cambios más radicales desde las reformas que Reagan introdujo en 1986. Pero la única propuesta firme sobre la mesa -de la Cámara de Representantes- amenaza con devastar su empresa de 150 empleados porque incluye un impuesto del 20% a las importaciones. "Este plan no me beneficia si me oprime", sostiene. "John Maynard Keynes dijo que a la larga oprimirá a todos..."

Revolución fiscal

Los importadores estadounidenses tienen razones de peso para temer salir heridos. Sin embargo, también hay potenciales ganadores, ya que el lado b del impuesto a la importación es una exención a las exportaciones que salgan de Estados Unidos. Esa marcada diferencia desató una guerra civil entre grandes importadores y exportadores, un conflicto que se está manifestando a través de fuerte lobby en el Congreso.

La reforma fiscal es una de las mejores oportunidades que tiene Trump para cumplir la promesa de mejorar la vida de los electores obreros con dificultades económicas. Pero las tempranas rispideces ponen de relieve cuánto le costará cumplir su promesa de una "revolución fiscal". Acabaron con la unión republicana, dejaron a los legisladores recelosos del plan de su partido y dieron al gobierno de Trump motivos para mantener cierta distancia.

El amplio plan fiscal hace referencia al mantra "Estados Unidos primero": tiene el objetivo de evitar que las empresas estadounidenses se vayan al exterior y apunta a eliminar ventajas que el sistema actual brinda a firmas extranjeras o que compiten con compañías estadounidenses rivales en el exterior. También reduciría el impuesto sobre las sociedades del 35 al 20%.

Pero su arma más potente es el derecho de importación. Acompañado de una exención a las exportaciones que salgan de Estados Unidos, el plan fue concebido para estimular la competitividad mundial de los productos y servicios estadounidenses.

El problema de Woldenberg es que sus bienes se fabrican en China: el 98% de los productos que vende en Estados Unidos son importados. Las fábricas estadounidenses no pueden producirlos con los mismos bajos costos y mano de obra especializada, afirma. De modo que no le quedará más remedio que pagar el impuesto a la importación. Estima que sus impuestos aumentarán al 165% de las ganancias.

"Para preservar el flujo de efectivo deberían aumentar los precios en un 30%, esperar que el volumen se reduzca en un 40%, y despedir a una de cada cinco personas", sostiene. "No quiero hacer nada de esto".

Walmart, Target, Best Buy, Nike, Gap y decena de otros grupos que dependen de las importaciones el mes pasado empezaron a hacer lobby para echar por tierra el plan del partido Republicano. Tildándolo de "impuesto al consumo", afirman que tendrían que aumentar los precios de los bienes extranjeros, recortar empleos o perder dinero. Stephen Sadove, ex director ejecutivo de Saks Fifth Avenue, la cadena de tiendas de lujo, y un miembro de la coalición, sostuvo que era ilusorio pensar que un impuesto sobre las importaciones podría revertir décadas de tercerización. "Esta es una amenaza existencial a los comerciantes minoristas", reveló este mes a la CNBC.

Las empresas de consumo se están poniendo en guardia contra sus pares industriales. Grandes exportadores como Dow Chemical, General Electric, Boeing, Caterpillar y Pfizer formaron la coalición Fabricado en Estados Unidos para apoyar el plan de la Cámara de Representantes. Dicen que acabaría con la perversa práctica de tener impuestos más leves en las importaciones que en los productos estadounidenses y fomentaría la creación de empleo.

El choque entre las empresas importantes estadounidenses ha demorado la elaboración de leyes en la Casa Blanca. En enero, Paul Ryan, el legislador republicano líder de la Cámara baja, dijo que quería introducir la reforma fiscal para agosto. Una semana después, Trump insinuó un plazo más largo: "Creo que antes de fin de año me gustaría decir que sí".

Ajustes fronterizos

Hasta la mañana después de las elecciones, pocas personas habían prestado atención al ambicioso plan de la Casa Blanca, publicado en junio de 2016. Surgió de la creciente ira de ambos partidos ante la cantidad de empresas estadounidenses que llevaban sus fábricas al exterior o usaban acuerdos de 'inversión' para trasladar su sede a jurisdicciones donde se pagan bajos impuestos. El plan fue diseñado para frenar esta ola, un tema electoral central, y estimular la inversión de empresas estadounidenses, y así aumentar la productividad y las ganancias de las personas.

La propuesta principal fue la reducción del impuesto sobre las sociedades. Sin embargo, el plan también reemplazaría el impuesto a las ganancias con una alternativa de flujo de efectivo que permitiría a las empresas amortizar la inversión de capital desde el primer día en vez de en forma gradual, una disposición más que generosa.

Además, terminaría con la práctica poco popular estadounidense de gravar las ganancias mundiales y la reemplazaría con un sistema que solamente gravaría las ganancias que las empresas obtienen en Estados Unidos. Esto constituye la base de las medidas, conocidas como 'ajustes fronterizos', que excluyen los ingresos derivados de las exportaciones de la base imponible a la vez que gravan las importaciones.

"Independientemente de dónde se produzca e independientemente de quién lo produzca, nuestro plan fiscal internacional se centra en una simple cuestión: si se consume en Estados Unidos, se gravará a una tasa igual", afirma Kevin Brady, que creó el plan como presidente de la Comisión de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes. "Elimina todos los incentivos fiscales que alientan a las empresas estadounidenses a trasladar puestos de trabajo, la producción o su sede al extranjero".

Los ajustes fronterizos aportarían aproximadamente u$s 1,1 billones en ingresos para ayudar a financiar cualquier reducción de tarifas, declara la Tax Foundation. Pero el think tank estima que el plan entero elevaría la deuda federal en
u$s 2,4 billones en una década.

Según expertos en impuestos, tendría un profundo efecto sobre el comercio mundial, la inversión y las cadenas de suministro. Michael Devereux, director del Centre for Business Taxation de la Universidad de Oxford, sostiene que el plan podría ser la mayor reforma
de tributación transfronteriza desde la década de 1920. Y agrega que Irlanda, Luxemburgo y los Países Bajos tendrían motivos especiales para preocuparse. Son países de bajos impuestos que han alentado a las compañías estadounidenses a transferir beneficios o sedes a sus costas. Con la propuesta de la Cámara, el incentivo para que lo hagan desaparece.

En cambio, sería Estados Unidos el que comenzaría a funcionar "de manera similar a un paraíso fiscal", según un documento de Oxford co-redactado por Devereux en enero. Los países cuyas bases imponibles se desplazan hacia Estados Unidos se sentirían presionados a adoptar el mismo sistema, lo que desencadenaría una carrera hacia el abismo.

Por otro lado, podrían denunciar a Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio, argumentando que el impuesto a las importaciones es discriminatorio. Brady señala que está poniendo a Estados Unidos en línea con más de 100 países que ya cobran el IVA sobre las importaciones pero no sobre las exportaciones. Se dice que los abogados comerciales de Bruselas y Ginebra están preparando el terreno para un caso que podría ser el más grande de la historia de la OMC.

"Para que exista una violación de las normas de la OMC, no hace falta demostrar la existencia de discriminación de las importaciones y subvención a las exportaciones a la vez: con una es suficiente. En este caso creo que habrá ambas", sostiene Jim Bacchus, excongresista y miembro del principal órgano de apelación de la OMC.

Las primeras empresas que cayeron en la cuenta de la importancia del impuesto a las importaciones fueron los minoristas, que son fuente de todo, desde paltas hasta remeras, en el exterior. Koch Industries, un conglomerado que produce desde petróleo hasta pañuelos de papel, propiedad de los multimillonarios donantes republicanos Charles y David Koch, advirtió en diciembre que el plan "distorsionaría" el mercado.

David French, el principal lobista de la National Retail Federation, señala: "Algunos minoristas miraron los números y lo consideran una amenaza para su viabilidad. Estamos hablando de tasas impositivas efectivas que fácilmente absorben el 100% de sus ganancias y en algunos casos se acercan al 200 o 300%".

Los defensores del plan de la Cámara de Representantes sostienen que los importadores no deben preocuparse. Los ajustes fronterizos no distorsionarían el comercio porque el dólar debería apreciarse inmediatamente para compensar el efecto y una moneda estadounidense más fuerte aumentaría el poder adquisitivo de los importadores y haría que las exportaciones estadounidenses fuesen más caras en el extranjero. Los críticos lo desestiman por considerarlo una predicción poco fiable de los académicos.

Para los exportadores estadounidenses, la capacidad de exportar libre de impuestos también les daría la opción de bajar los precios. No obstante, su apoyo al plan se basa en la tasa de 20% propuesta para el impuesto a las sociedades. Otra de las medidas igualmente popular es la de poner fin al impuesto sobre las ganancias de las filiales extranjeras una vez repatriadas, lo que dejó unos u$s 1,2 billones atrapados en pilas de efectivo en alta mar.

David Lewis, vicepresidente de impuestos globales para la farmacéutica estadounidense Eli Lilly, señala que el sistema actual pone a su compañía en desventaja frente a rivales británicos y suizos. "Pueden sacar sus ganancias de fuera de Estados Unidos y gastar un dólar en Estados Unidos en inversión, propiedad intelectual, lo que sea. Y agrega: "En cambio, si queremos sacar un dólar de fuera de Estados Unidos y volverlo a usar en el país, sólo obtendremos 65 centavos -después de pagar 35% de impuesto-. Se trata de nivelar el campo de juego".

El siguiente paso para la legislación impositiva es el Senado, donde el malestar empresarial ya puso nerviosos a algunos republicanos. David Perdue, senador de Georgia y exdirector ejecutivo de la minorista Dollar General, calificó el impuesto al ajuste fronterizo como "regresivo", y agregó: "Le pega a los consumidores de bajos y medianos ingresos".

Alto costo político

Si las reformas impositivas en torno al arancel de importación han de sobrevivir, Trump tendrá que aceptarlas. La Casa Blanca señala que el presidente ofrecerá su "bosquejo" de reforma tributaria dentro de las próximas tres semanas. En última instancia, tendrá que tomar partido en la guerra civil empresarial; no obstante, hasta ahora su administración viene dando señales contradictorias. Peter Navarro, director del Consejo Nacional de Comercio de la Casa Blanca, dijo al Financial Times el mes pasado que los ajustes fronterizos "ofrecen una opción posible entre varias" para corregir el sesgo antiestadounidense presente en el sistema fiscal mundial.

El status quo quizá sea inaceptable pero un impuesto a las importaciones que aumente los ingresos de los votantes pero también las facturas de los hogares tendría un alto costo político. James Lucier, director general de Capital-Alpha, un grupo de investigación de políticas, señala que un presidente estadounidense tradicional no podría vender una propuesta que podría ser atacada como un impuesto sobre las ventas. "Se necesitará una figura como Donald Trump para convencer al estadounidense que maneja una pick-up y compra en Walmart de que es lo correcto". "Si Trump quisiera hacer volar todo por el aire, bastaría con un solo tuit".

Woldenberg señala que Trump no debe confundir ser atrevido con ser imprudente. Él llama a la propuesta del impuesto a las importaciones un ejercicio de "fe ciega" en la que sus microscopios podrían convertirse en víctimas. "Se nos pide que arriesguemos toda una vida de trabajo para prevenir los abusos de otras personas. Eso es más injusto que la situación actual. Estaríamos mucho mejor si el Congreso no hiciera nada".

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