Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar
U$D
/
MERVAL

Terror en Bruselas: un ataque anunciado

La escalofriante crónica de cómo los terroristas gestaron y concretaron los atentados en Bélgica revela la incompetencia de las autoridades, pero también cómo ISIS se ha perfeccionado para actuar certeramente en estos dos años

Apenas pasadas las dos de la tarde del 15 de marzo, una semana antes del día más sangriento en Bélgica desde la segunda guerra mundial, dos policías armados se aproximaron a 60, rue du Dries, una tranquila calle residencial del distrito Forest de Bruselas. Tocaron el timbre. Luego empezó el tiroteo.
Un hombre disparó con un rifle de asalto; otro disparó proyectiles con una potente escopeta, pero no le dieron a los policías. Ellos lograron regresar con el resto de su equipo, que estaba respondiendo al fuego, e hicieron llamados desesperados para que enviasen apoyo. El ataque concluyó tres horas después, cuando un francotirador de la policía divisó a un hombre que disparaba desde una ventana y lo mató. Otros dos ya se habían escapado por los techos.
Cuando la policía finalmente entró en el edificio enseguida tuvo en claro que se habían topado con una célula clave de la red de ISIS en Europa. Cerca del cuerpo del hombre que cayó muerto encontraron la bandera negra y blanca del grupo yihadista, un libro sobre salafismo, municiones y soportes para rifle automático desparramados por el piso. Supuestamente, también encontraron detonadores.
En algunas horas, se dieron cuenta de que habían encontrado algo incluso de mayor valor: una huella dactilar de Salah Abdeslam, que se convirtió en el hombre más buscado de Europa cuando se deshizo de su cinturón para ataques suicidas durante los atentados de noviembre en París, en los que 130 personas perdieron la vida.
No queda claro si fue inteligencia proveniente de la casa allanada lo que guió a la policía a su presa, o algo que descubrieron dos días después mientras controlaban de cerca el funeral retrasado del hermano de Abdeslam, Brahim, uno de los kamikazes de París. Pero a la tarde siguiente, la policía entró en acción. Abdeslam fue arrestado en Molenbeek; le dispararon en la pierna a unos pocos cientos de metros de la casa de su familia.
En cuestión de días, el triunfo de la captura de Abdeslam se esfumaría para convertirse primero en una pesadilla y luego en recriminación por la existencia de muchos indicios de que las autoridades belgas perdieron múltiples oportunidades de frustrar el complot.
Mientras Jan Jambon, el ministro del Interior de Bélgica, publicaba en Twitter una foto en la que aparecía él con la policía y decía: "¡Lo atraparon, muchachos! Estoy muy orgulloso de ustedes", en un edificio a 4 kilómetros en Bruselas se estaban gestando los preparativos finales de una masacre.
Tres hombres jóvenes -quizás más- juntaban un arsenal de bombas caseras. En el departamento había 15 kilos de TATP, un explosivo inestable fabricado con químicos caseros, 150 litros de acetona, además de detonadores, clavos y tornillos. Esto es precisamente lo que los terroristas dejaron tras ellos.
Uno de estos asesinos, un belga llamado Ibrahim El Bakraoui, comenzó su carrera criminal como asaltante armado. Actualmente con 29 años, había redactado su testamento en una laptop; este luego fue encontrado en un container para basura afuera del edificio. Se cree que los conspiradores aceleraron sus planes luego de la captura de Abdeslam.
En sus registros, el fiscal federal belga luego revelaría que El Bakraoui dice "ya no saber qué hacer", se siente "perseguido en todas partes" y teme que "su suerte sea terminar junto a la próxima persona de una célula".
Una persona interrogada por los investigadores sugiere que la fecha original del ataque planeado era el jueves, cuando el aeropuerto estaría colmado de residentes que viajarían por el feriado de Pascua. Los medios belgas incluso llegaron a sugerir que los terroristas estaban monitoreando una instalación nuclear. Para el martes, el objetivo final ya se había elegido, sellando el destino de 31 personas.

Preparativos del ataque

Al amanecer, los tres terroristas llamaron un taxi para dirigirse al aeropuerto. Los dos para quienes este sería su último viaje se pusieron un solo guante negro, supuestamente para ocultar los detonadores. El Bakraoui era uno de estos. El otro era Najim Laachraoui, de solo 24 años, pero ya un veterano de la campaña de ISIS en Siria. Su ADN se había encontrado en los cinturones suicidas utilizados en los ataque de noviembre en París. El tercer integrante del contingente llevaba sombrero y saco color crema: por el momento, solo se lo conoce como "el hombre de blanco".
Según un informe de un medio local, en vez del vehículo espacioso que habían pedido, la empresa de taxis envió un sedan. Quizás esto haya salvado vidas: los terroristas dejaron algunas piezas de su equipaje letal y salieron hacia el aeropuerto.
El hermano menor de El Bakraoui, Khalid, cuyos aportes previos habían incluido el alquiler de los escondites seguros en Bélgica donde los terroristas de París se ocultaron tras los atentados, también estaba haciendo preparativos. Ya sea para salir del mismo departamento o de otro sitio, se preparó para tomar el metro, posiblemente en compañía de un hombre aún no identificado. Ellos también llevaban bombas.
Simon O'Connor, portavoz del principal funcionario de asuntos económicos de la UE, también estaba a punto de viajar al aeropuerto. Pero cuando estaba por salir de su departamento en la Avenue Louise de Bruselas, se dio cuenta de que había olvidado algo: un libro que quería leer durante su vuelo a Roma. Entonces volvió para buscar el libro. Esto lo demoró unos 3 o 4 minutos: un retraso que considera que le salvó la vida.
Adelma Tapia Ruiz no tuvo tanta suerte. Mientras esperaba cerca de los mostradores de check-in en el hall de salidas del aeropuerto internacional de Zaventem, sus gemelas de tres años se aburrían. Ruiz, una mujer peruana de treinta y pico de años, había ido al aeropuerto con su esposo belga para despedir a unos familiares de él. Las hijas corrieron para jugar por ahí cerca. Su esposo las siguió.
En el estacionamiento frente al hall de check-in, O'Connor escuchó un fuerte estruendo. Creyó que era una explosión. Pero pensó que eso no podría ser, que debía haber sido algo relacionado con las obras de construcción que son constantes en el aeropuerto aborrotado de la capital belga.
Dentro de la terminal, la primera bomba impactó en el área de check-in. Como consecuencia de esto, Adelma Ruiz falleció y su esposo resultó herido. Sus hijas estaban fuera del rango. Segundos más tarde, se detonó una segunda bomba, cerca de las pizarras de información de vuelos.
Cuando escuchó la segunda explosión, O'Connor supo que no eran las obras de construcción. Vio a las personas que salían del hall de salidas, presas del pánico, algunas ensangrentadas. Las dos explosiones dejaron un saldo mínimo de 10 muertos y muchos más heridos.
Entre los fallecidos estaban Ibrahim El Bakraoui y Najim Laachraoui, que murieron como "mártires" en el ataque. Entre el humo y el pánico, se cree que el "hombre de blanco" huyó. La bomba que llevaba, que era la más grande, no llegó a explotar. Se desconoce su paradero.
Mientras los servicios de emergencia se apresuraban a brindar asistencia, por toda la ciudad, Brian Carroll, ejecutivo de Monsanto, pensaba que esa mañana tomar el metro "podía no ser la mejor idea" teniendo en cuenta las noticias que acababan de salir sobre una explosión en el aeropuerto. Pero el empresario americano asumió el riesgo. "¿Cuáles eran las probabilidades?"
Otros, parados a lo largo de la línea del metro que atraviesa se extiende como una espina dorsal a través del corazón de la capital belga, hacían cálculos similares. La multitud que se agolpa en las horas pico era un poco menor de lo normal debido al feriado de Pascua.
En el momento que el metro se detenía en la estación Maalbeek, en el corazón del barrio de la UE, en Bruselas, Khalid El Bakraoui -y, posiblemente, un cómplice- detonó sus explosivos. Este ataque, en un espacio cerrado, terminó siendo más letal que las explosiones en el aeropuerto, cobrándose al menos 20 víctimas fatales. El vagón quedó lleno de cuerpos quemados. Carroll fue testigo de una escena de horror repleta de humo. A medida que abría las puertas haciendo palanca, se dio cuenta que el vagón se había deslizado hasta la estación Maalbeek, y tropezó y terminó saliendo despedido a la calle.
Leopold Hecht, un estudiante de derecho de 20 años de edad de la Universidad de Saint-Louis, Bruselas, nunca logró salir del tren. Otra muerte temida es la de Sabrina Esmael Fazal, de 25 años, madre de un niño, que también estaba yendo a estudiar. No se la ha visto desde entonces.

Festejos prematuros

Siete días antes, Charles Michel había celebrado el allanamiento que permitió capturar a Abdeslam. Ahora el primer ministro belga debería hallar la manera de expresar el dolor de una nación fracturada. El político calvo y con anteojos parecía tranquilo y sombrío cuando se sentó en una conferencia de prensa organizada apresuradamente. Detrás de él, un telón de fondo mostraba el nombre de su país en los idiomas de sus dos bloques, a menudo antagónicos: los flamencos y los valones.
"Lo que temíamos ha ocurrido", declaró. "Nuestro país y nuestro pueblo han sido golpeados por dos ataques ciegos, violentos y cobardes."
Sus palabras habían sido elegidas cuidadosamente. Al reconocer que el gobierno había temido un ataque, estaba dando voz a lo que en los próximos días prácticamente habría de desgarrar su gabinete de coalición multilingüe cuidadosamente armado.
Durante meses, las autoridades belgas habían estado tratando de reunir los restos de la célula que fue responsable de los ataques terroristas de noviembre en París, que había sido organizada y lanzada desde el barrio de Molenbeek, 2 kilómetros al oeste de la oficina de Michel.
Ahora se empezaba a rumorear que varios de aquellos conspiradores, incluyendo a Khalid El Bakraoui y Laachraoui, habían estado en la célula de París y hacía meses que las autoridades sabían de ellos, si bien ambos utilizaron identidades falsas.
Mientras las sirenas sonaban en toda la ciudad -y los líderes europeos hacían declaraciones de solidaridad-, otros apenas podían contener su alegría ante la desgracia ajena al ver que una nación que ISIS había utilizado eficazmente como su base de avanzada en Europa por fin sentía el dolor de un ataque en su propio suelo.
"Si los belgas siguen comiendo chocolate, disfrutando de la vida y viéndose como grandes demócratas y liberales, sin darse cuenta de que algunos de los musulmanes que viven allí planean ataques terroristas, no serán capaces de luchar contra ellos", dijo Israel Katz, ministro de inteligencia israelí. Michel Sapin, ministro de Finanzas de Francia, sugirió que las autoridades belgas habían sido "ingenuas" en el tratamiento de la minoría islámica del país, especialmente en el distrito de Molenbeek, visto como un caldo de cultivo de planes conspirativos, incluyendo los ataques de París.
Ningún individuo expresa las oportunidades perdidas con más claridad que Laachraoui, que había estado en el radar de los investigadores casi desde el día en que sus compañeros mataron a 130 asistentes al concierto y clientes del café por toda la capital francesa. Poco después de los ataques de París, el equipo de investigación franco-belga supo que Laachraoui había sido detenido en septiembre en la frontera de Austria con Hungría. Iba en un Mercedes con Abdeslam y Mohamed Belkaid, el joven yihadista argelino de 25 años que la policía mató en el tiroteo de Forest.
Mostró una tarjeta de identidad belga falsa que llevaba un nombre falso y se le permitió seguir su camino. Hombres armados en el teatro Bataclan de París habían intercambiado mensajes de texto con él, mientras perpetraban el sangriento ataque. El día antes del ataque en Bruselas -después de que Abdeslam fuese detenido durante 72 horas- los fiscales belgas anunciaron repentinamente que sabían su nombre real e hicieron un llamamiento a la sociedad para obtener información sobre su paradero.

Oportunidades perdidas

Sin embargo, se sabía que Laachraoui no era el único de los tres atacantes suicidas conocido por los investigadores sobre terrorismo. Khalid El Bakraoui tenía una orden de captura internacional desde diciembre, luego de que las autoridades allanaran los escondites seguros belgas utilizados por la célula en París y descubrieran que había alquilado al menos dos de ellos con un nombre falso.
Al principio, las autoridades belgas insistían en que solo conocían a Ibrahim El Bakraoui como un criminal callejero… era el vigía de una banda que abrió fuego contra la policía en Bruselas después de un frustrado robo en 2010 a una casa de cambio de Western Union. Sin embargo, el gobierno se vio obligado a admitir que manejó mal una advertencia de Turquía luego de capturar a Ibrahim cerca de la frontera con Siria en compañía de radicales. "Sabían que posiblemente era terrorista porque nosotros se lo dijimos," declaró un funcionario turco.
La revelación obligó tanto a la justicia como a los ministros del Interior de Bélgica a presentar sus renuncias, que fueron rechazadas por Michel. Esto reforzó la creencia, desde los ataques en París, de que Bélgica sencillamente no está a la altura de las circunstancias en lo que atañe a luchar contra el radicalismo en su propio territorio.
Sin embargo, funcionarios de seguridad occidentales advierten que sería un error culpar de todo a la incompetencia belga. Los miembros de la célula ISIS que llevó a cabo ambos ataques han demostrado una capacidad sofisticada para adaptarse y aprender, y perfeccionar sus habilidades desde que aparecieron por primera vez en los radares de inteligencia europeos, hace casi dos años. Quizás los belgas no sean tan malos, algunos advierten, sino que ISIS resultó ser demasiado bueno.