Lunes  09 de Octubre de 2017

Soberanía y autodeterminación colisionan en Cataluña

Los catalanes no pueden votar a favor de la independencia sin afectar a los ciudadanos españoles de otras regiones

Soberanía y autodeterminación colisionan en Cataluña
La mayoría de las naciones de hoy surgieron de la disolución de imperios.

Ahora los nacionalismos amenazan con desintegrar los Estados. El movimiento independentista en Cataluña representa un choque entre lo que aparenta ser una razonable exigencia de autodeterminación nacional y la existencia de la soberanía del Estado español. Aunque sería conveniente fingir lo contrario, ambas partes tienen razón.

Quizás la mayor amenaza para las instituciones democráticas es la creciente (y peligrosa) creencia de que tales disputas pueden resolverse mediante una simple votación popular. Si la mayoría de los catalanes, o cualquier otro grupo nacional para tal efecto, respalda la independencia en un referéndum, la voluntad popular debe prevalecer. Los plebiscitos, por ende, se enaltecen como la forma más pura de democracia.

Los antecedentes históricos muestran que son más frecuentemente una ruta hacia el autoritarismo, un dispositivo de los demagogos y de los dictadores, tal y como Margaret Thatcher de Gran Bretaña lo expresara en una ocasión. La libertad depende del estado de derecho, la democracia, de las salvaguardias para las minorías. Los Estados no pueden estar siempre a merced de la fragmentación. Éstas no son cosas que deban ser revocadas por el capricho popular.

Es por eso que tenemos constituciones, escritas o no, para consagrar las libertades básicas en un contrato entre ciudadano y Estado. Y es por eso que en estas constituciones se incluyen las normas de enmienda que exigen más del 50% más uno en cualquier momento dado. Existen buenas razones para que la República Federal de Alemania rechace los referendos nacionales.

Al ex presidente estadounidense Woodrow Wilson habitualmente se le otorga el mérito de haber convertido la autodeterminación en un principio dominante de las relaciones internacionales. Su discurso de "14 puntos" al final de la Primera Guerra Mundial se volvió un texto sagrado para quienes buscan la autonomía. Wilson clamó por la soberanía de las naciones del Imperio Otomano; por las garantías de los Balcanes; y por un Estado para los polacos. En otras partes, las fronteras debían alinearse más estrechamente con las etnias.

Se grabó en piedra un conjunto particular de propuestas para un conjunto particular de circunstancias EE.UU. fue egoístamente selectivo al redibujar el mapa. Resulta ser que la palabra "autodeterminación" no aparece en los 14 puntos. Pero el mundo estaba entrando en la era de la descolonización y parecía un buen principio para la era de las naciones.

Como con toda ley supuestamente inmutable, la secesión para cada grupo que reclama la nacionalidad no encaja en todas las circunstancias. Wilson estableció como contrapunto la promesa de que la nueva Liga de las Naciones garantizaría la soberanía de los Estados. La tensión persiste, con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ahora sobrecargada con el doble papel de custodiar el "statu quo" territorial y el de la autodeterminación nacional.

A veces las presiones pueden manejarse por acuerdo. El entendimiento que sustenta al Reino Unido es que la unión descansa en el consentimiento de sus partes constituyentes. La soberanía está dividida entre Westminster y las naciones. Cuando los escoceses votaron en un referéndum separatista lo hicieron con la bendición del resto del Reino Unido.

La anexión de Crimea por parte de la Rusia de Vladimir Putin es una historia diferente. Putin la llamó un acto de autodeterminación; se dice que el pueblo de Crimea respaldó la invasión rusa en un plebiscito posterior. La mayoría de los demócratas ven la anexión por lo que fue: un acto de agresión armada que violó la soberanía de Ucrania y desafió un orden de posguerra europeo que, salvo por acuerdo, declaraba que las fronteras eran inviolables. Dar otro paso por el camino de Putin llevaría a que la autodeterminación engendre limpieza étnica.

Escocia y Crimea se encuentran en extremos diametralmente opuestos del espectro político. Los casos difíciles se encuentran en el medio, cuando una demanda aparentemente razonable de separación por parte de una región colisiona con los derechos asumidos por los ciudadanos del Estado más amplio.

La constitución posfascista de Madrid, avalada en su promulgación por el pueblo de Cataluña, otorga soberanía al pueblo de España. Los catalanes no pueden votar por la secesión sin afectar a los españoles en Castilla o en Andalucía. No existe una fórmula mágica para conciliar estos nacionalismos rivales. La autodeterminación, a menudo, depende de quién la esté considerando.

George Orwell, quien luchó en Cataluña por el lado republicano durante la Guerra Civil Española, entendió bien esta situación. "Todos los nacionalistas", observó, "tienen el poder de no ver semejanzas entre conjuntos de hechos similares. Un conservador británico defenderá la autodeterminación en Europa y se opondrá a la misma en India sin sentir que haya alguna contradicción".

Pocos afirmarían que el gobierno español de Mariano Rajoy ha sido hábil en su respuesta ante el voto independentista del gobierno catalán. La Constitución española garantiza la autonomía de sus naciones, así como la indivisibilidad del Estado. Pero el mal calculado uso de la fuerza por parte de Rajoy es una cuestión de táctica y no de principio.

La relación entre Cataluña y España se decidirá, en última instancia, por acuerdo político o por guerra civil. Está lejos de ser evidente que, ofreciéndole una referéndum debidamente organizado, una mayoría favorecería la independencia. Pero, de una manera u otra, los catalanes darán su opinión. La legitimidad de las democracias depende del consentimiento. Dicho esto, las comparaciones simplistas entre Cataluña y, por ejemplo, Timor Oriental o Kosovo, no merecen siquiera una somera evaluación. Y el consentimiento tiene un significado más profundo que el resultado de un referéndum unilateral.

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