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Si triunfa el Brexit, el Reino Unido corre el riesgo de quedar aislado

Los elementos básicos del debate –historia, identidad y soberanía– no han cambiado desde 1960 en Gran Bretaña, que se acerca a una votación histórica que definirá su permanencia en la UE. Philip Stephens cree que es momento para liderar Europa y no para abandonarla

Si triunfa el Brexit, el Reino Unido corre el riesgo de quedar aislado

Algunos tramos de la historia no pueden dejarse atrás. El primer acto del psicodrama de la campaña del referéndum de Gran Bretaña para salir de la UE comenzó a principios de 1960. El país había vivido una década de caída a la deriva. Un último grito de victoria imperial en el canal de Suez había concluido en humillación, ya que las superpotencias rivales Estados Unidos y la Unión Soviética volvieron a trazar el mapa geopolítico. A lo largo del canal, los enemigos se habían hecho amigos en el mercado común franco–alemán. El gobierno conservador de Harold Macmillan decidió que era hora de examinar en detalle al mundo. Su conclusión –que Gran Bretaña no podía permanecer aislada de acontecimientos en su propio continente– dió inicio al intenso debate actual.

Cristalizados por entonces, los elementos esenciales del debate europeo de Gran Bretaña no han cambiaron. La solicitud de Macmillan para pasar a formar parte de la UE –llevaría 13 años hasta que otro primer ministro conservador, Edward Heath, alcanzase este objetivo– anticipó la mayoría de los argumentos de hoy. A los debates sobre la economía y la inmigración subyacen temas centrales sobre historia, imagen propia e identidad; sobre la tensión entre la toma de decisiones colectivas y nociones abstractas de soberanía; y sobre los horizontes competidores que ofrece Europa y el mundo en sentido más amplio. También tratan sobre la fuerza con la que las emociones pueden impactar contra la cruda verdad de la vida económica y política.

Macmillan ordenó a sus asesores y mandarines a hacer balance de los componentes del poder británico, tanto económico como militar, y luego mirar una década a futuro. ¿Qué lugar, preguntó, ocuparía el país que hasta hacía tan poco había dominado gran parte del mundo en 1970? Bajo la dirección de Norman Brook, el secretario de gabinete, y llevado a cabo en máxima confidencialidad, en febrero de 1960 se presentó el informe Future Policy Study (Estudio de políticas futuras).

Copias numeradas, con el sello de "confidencial", se distribuyeron exclusivamente a los colegas de más confianza de Macmillan. Las conclusiones fueron brutales. Gran Bretaña no podía seguir haciendo de cuenta que era una gran potencia a la par de Estados Unidos y la Unión Soviética. En los años siguientes se anunciaría un mayor retroceso relativo y las responsabilidades mundiales de Gran Bretaña superarían aún más su capacidad económica.

Luego del humillante fracaso de cuatro años atrás de la iniciativa anglo–francesa para recuperar el control del canal de Suez, los autores no se equivocaron con la importancia de una "relación especial" con Washington. La situación futura de Gran Bretaña dependería de la "voluntad de tratarnos como su aliado más cercano" de los Estados Unidos. Pero servir como Grecia a la Roma de Estados Unidos no era suficiente. Tres años después de la firma del Tratado de Roma, Francia, Alemania y cuatro socios continentales estaban convirtiendo al mercado común en un éxito.

La opinión predominante entre los ministros y mandarines británicos durante la década de 1950 había sido que el proyecto europeo que había comenzado con el plan de Robert Schuman de una comunidad europea del carbón y el acero nunca se había transformado en realidad. Cuando en 1955, funcionarios de los seis países –los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo e Italia junto con Francia y Alemania– se reunieron en Mesina, Sicilia, para hablar sobre un mercado común, Whitehall y Westminster habían mostrado desdén. Rab Butler, el entonces canciller, describió a Mesina como unas "excavaciones arqueológicas... de una antigua ciudad siciliana". Los diplomáticos británicos podían estropear dichos proyectos.

El mensaje del Future Policy Study era que esta estrategia había fracasado. Alemania estaba resurgiendo como el centro económico de Europa y el mercado común había tornado irrelevante al acuerdo comercial rival –una asociación de libre comercio europea que incluía países tales como Suecia, Dinamarca y Portugal– apoyado por Gran Bretaña. Por primera vez desde la era napoleónica las potencias europeas excluían a Gran Bretaña de una iniciativa continental.

Lo que hacía falta era equilibrio, equiparar la relación de seguridad vital de Gran Bretaña con Washington con el compromiso en Europa. "Pase lo que pase", rezaba el informe, "no debemos quedar en la situación de tener que elegir entre los dos lados del Atlántico". Dentro de los seis meses de haber recibido el estudio, Macmillan decidió presentar la solicitud de Gran Bretaña para formar de la Comunidad Económica Europea.

Si la debacle del canal de Suez había hecho desaparecer los engaños imperiales, no había frenado el impulso que decía que la perspectiva de Gran Bretaña debería ser global. El mito nacional, creado por los victorianos para explicar la inevitabilidad del imperio, celebraba el excepcionalismo inglés. Siempre habría cierta medida de confusión en el canal.

Aun cuando el imperio se disolvía, Gran Bretaña miraba al mundo. Anthony Eden, cuyo mandato se había fundado en los cimientos de Suez, expresó en voz alta la postura: "La historia y los intereses de Gran Bretaña van más allá del continente europeo", afirmó en 1952. "Nuestros pensamientos atraviesan los mares y llegan a muchas comunidades en las que nuestro pueblo cumple su rol, en cada rincón del mundo. Estos son nuestros lazos familiares."

Los ecos pueden escucharse hoy en la retórica expansiva de Boris Johnson y Michael Gove, líderes conservadores de la campaña para salir de la UE. Para recuperar su liderazgo mundial todo lo que Gran Bretaña precisa es liberarse de Bruselas.

Macmillan descartó esta opinión por considerarla nostálgica antes de que Johnson y Gove naciesen. "En el pasado, como una gran potencia marítima, quizás dimos lugar a sentimientos insulares de superioridad sobre razas extranjeras. Pero debemos considerar la situación actual y futura del mundo, y no en términos obsoletos de un pasado que se esfumó", afirmó. "Razas extranjeras" no es una frase que un político podría usar hoy, pero reflejaba la idea de superioridad que sigue infundiendo los argumentos de los nacionalistas conservadores.
Charles de Gaulle, el presidente de Francia, apoyó a Eden, lo que frustró la solicitud de membresía de Macmillan. "Inglaterra es, en efecto, insular", sostuvo. "Es un país marítimo; se vincula con los países más diversos y, por lo general, lejanos por medio de sus intercambios, mercados y líneas de suministro." De Gaulle, entonces, se autoconsagró como el primer euroescéptico de Gran Bretaña.

La supuesta elección –entre Europa y el mundo– sigue vigente. Quienes hoy apoyan la salida de la UE añoran las glorias isabelinas, y reinventan a Gran Bretaña como el corsario sin fronteras que deja atrás a Europa para amasar fortunas en tierras lejanas. Les preguntan por el comercio con Europa y prefieren hablar sobre los acuerdos que se cerrarán con India o China, sobre revitalizar la denominada "angloesfera" de los Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y sobre renovar los lazos con los países del Commonwealth. Según creen, la economía no impide cumplir esos sueños.

La verdad más cruda, tanto política como económica, se oyó durante la campaña del referéndum del presidente Barack Obama y otras naciones amigas. No se trata de elegir entre Europa y el mundo. Por el contrario, la participación en Europa potencia la voz de Gran Bretaña a nivel mundial; salir de su propio continente dejaría a la nación sumida en un aislamiento no espléndido.

El segundo tema neurálgico de larga data es la soberanía. La democracia parlamentaria se considera una invención exclusivamente británica. Sumarse a Europa implica aunar la toma de decisiones. Lord Home, ministro de Asuntos Exteriores de Macmillan, entendió esto claramente en 1961: "Permítanme reconocer que el Tratado de Roma implicaría un menoscabo considerable de la soberanía". Pero, ¿cómo podría Inglaterra, la madre de los parlamentos, entregar el control de cualquiera de sus leyes a aliados continentales cuya experiencia en materia de democracia, en comparación, fue mínima?

Enoch Powell, diputado conservador y ex ministro, se adueñó del nacionalismo inglés. Para Powell, el Tratado de Roma se burlaba de las libertades básicas de la isla real de Shakespeare y amenazaba con derribar los pilares del gobierno autónomo. Según Powell, de las seis naciones que habían firmado el tratado, cuatro habían nacido en los dos últimos siglos. Esto contrasta con el desarrollo constitucional majestuoso de Inglaterra.
Powell añadió una segunda dimensión a este nacionalismo conservador combinando un excepcionalismo nostálgico con la política cruda de la identidad. Los inmigrantes de la década de 1960 llegaron de las antiguas colonias, más que de Europa oriental y central, pero el argumento básico era el mismo.

Para Powell, Inglaterra estaba entregando su libertad a Bruselas, aun cuando su cultura y costumbres se veían invadidas por extraños. El mensaje es familiar para cualquier seguidor de la campaña actual. Es posible que los partidarios del Brexit, es decir, la salida de la UE, sean expansivos en términos del alcance global de Gran Bretaña; sin embargo, hoy también quieren cerrar la puerta a extraños. Esto explica la mendaz advertencia de una nueva ola de inmigración cuando (debería decir "en caso de que") Turquía logre ingresar en la UE.
El euroescepticismo nunca fue propiedad exclusiva de los conservadores. Para Hugh Gaitskell, dirigente laborista, oponerse al plan de Macmillan permitía obtener ventajas políticas. En la conferencia anual de su partido, en 1962, dijo que unirse a la CEE marcaría "el fin de la Gran Bretaña como un estado europeo independiente. Implica poner fin a mil años de historia".

El aplauso fue ensordecedor. Dora, la esposa del líder laborista, quedó impresionada. "Todas las personas equivocadas están aclamando", le dijo a su marido. La observación viene a la mente mientras Johnson hace causa común con Nigel Farage, miembro del partido antiinmigrante por la Independencia del Reino Unido, y George Galloway, miembro de Respect, la coalición de extrema izquierda.

La cuestión de la soberanía puede responderse trazando una distinción entre la esencia y los símbolos. La soberanía real representa la capacidad de actuar. La soberanía que persiguen quienes abogan por dejar la UE es la libertad de gritar con rabia desde los laterales. Entonces, ¿por qué medio siglo más tarde hay que seguir convenciendo a los británicos para que permanezcan en la UE? Los argumentos utilizados por David Cameron, el primer ministro, poco difieren, en definitiva, de los que Heath expuso en 1973 y ratificó en un referéndum dos años más tarde.

El bando proeuropeo expuso su postura con suficiente fuerza, si bien la hipérbole sobre el Armagedón económico y el aislamiento internacional, por momentos, terminó por socavar –más que fortalecer– dicha postura. Sin duda, basta con afirmar que la nación es más próspera y está más segura en alianza con sus vecinos... pero, ¿esto significa que sería más pobre y vulnerable si deja la UE? Quienes abogan por permanecer en la UE creen que el 23 de junio se votará, como en 1975, por el realismo práctico por encima de los tira y aflojes de la historia y la emoción.

Tal vez sea así. Pero la pregunta que sigue sin respuesta es por qué, después de más de cuatro décadas de pertenencia, se pone en duda el resultado. Más allá del psicoanálisis, una parte de la explicación radica en que los británicos nunca vieron a la UE a través de la misma lente que sus aliados. Para Francia y Alemania, Europa era la respuesta a la guerra; para España y Portugal, la ruta de escape del fascismo; para Europa Central, la garantía de libertad. Sin embargo, a Gran Bretaña le cuesta olvidar que "ganó" la guerra, y que, desde 1066, nunca fue conquistada por un ejército hostil.

El humor de los tiempos –un estado de ánimo nacional que desde el colapso financiero de 2008 se transformó en descontento frente a la austeridad y cada vez menos confianza en el establishment político y las élites comerciales– también favorece a los partidarios de irse. Si sumamos los ingresos estancados de los hogares, los excesos del 1% y los trastornos económicos y sociales causados por la inmigración, los partidarios del Brexit tienen un terreno fértil para su populismo. La campaña a favor de abandonar la UE consiste tanto en aprovechar la rabia popular contra las inseguridades económicas y la apertura de las fronteras de la globalización, como en defenestrar a los eurócratas de Bruselas.

Sin embargo, los problemas actuales del continente deben servir de recordatorio de su capacidad de autodestrucción. El auge del populismo, que se alimentaba del pozo de descontento económico y social, conlleva ecos perturbadores de la década de 1930. Una Gran Bretaña convencida consideraría que es el momento oportuno para liderar en lugar de irse.