Jueves  24 de Enero de 2019

Se debe mejorar la democracia para frenar a los líderes autoritarios

La codicia y la incompetencia que muestran las elites gobernantes y su indiferencia ante las grandes mayorías son en gran parte culpables del fenómeno

Donald Trump y Vladimir Putin son dos grandes exponentes del nuevo autoritarismo

El autoritarismo está avanzando. No sólo en los países relativamente pobres. También n los países ricos, incluyendo EE.UU., el país que defendió y promovió la democracia liberal a lo largo del siglo XX.

Donald Trump representa el clásico ejemplo de un populista con aspiraciones autoritarias. Es probable que las instituciones estadounidenses detengan su ascenso al desenfrenado poder que él busca. Pero la amenaza que plantea parece clara.

¿Cómo debemos interpretar este resurgimiento del autoritarismo? ¿Qué forma toma actualmente? ¿Qué responsabilidad tienen las élites de su éxito? Éstas son preguntas importantes que enfrentan los occidentales. Cómo las respondamos moldeará al mundo. Si abandonamos la causa por la que se ha derramado tanta sangre, ¿cómo podemos esperar que otros crean en ella?

Erica Frantz, de la Universidad Estatal de Míchigan, describe detalladamente las formas que toman los autoritarios contemporáneos en su breve libro titulado "Authoritarianism: What Everyone Needs to Know" (Autoritarismo: lo que todos necesitan saber). El libro ilustra dos puntos principales.

El primero es que la manera más común de que surjan regímenes autoritarios es "consumiendo" a la democracia desde adentro, parecido a como lo hacen las larvas de algunas avispas al comerse a las arañas huéspedes. Tales procesos representan cerca del 40% de todos los colapsos contemporáneos de regímenes democráticos. El segundo punto es que estos nuevos regímenes a menudo adoptan lo que el autor llama "la forma más peligrosa de dictadura": el gobierno personalista. Entre el 2000 y el 2010, el 75% de las transformaciones de las democracias en dictaduras terminaron siendo gobiernos personalistas. Algunos ejemplos son los de Rusia bajo Putin, de Venezuela bajo Chávez y de Turquía bajo Erdogan.

Una pregunta crucial es qué se entiende por "autoritario". La respuesta es: la ausencia de democracia. Democracia, a su vez, significa tener un sistema en el que las elecciones libres y justas determinan quién tiene el poder. Por eso, el Estado debe permitir la libre expresión de opiniones; los medios de comunicación libres; la ejecución imparcial de la ley electoral; el sufragio universal para adultos; y el derecho de los competidores políticos a obtener los recursos que necesitan. Actualmente, las elecciones confieren legitimidad. Por esta razón, un sinnúmero de líderes autoritarios ofrecen "pseudodemocracias", pero no la realidad de ellas. Las elecciones en esos países representan una forma de teatro. Todo el mundo sabe que el líder no permitirá que lo derroten. Tal régimen no es sólo ligeramente diferente a una democracia: es algo completamente diferente.

Históricamente, el número de regímenes autoritarios alcanzó su punto máximo en 1980, y luego cayó bruscamente, alcanzando un punto mínimo a mediados de la última década. Desde entonces, sin embargo, la democracia está en un lento retroceso. Además, señala la profesora Frantz, la autocracia ya no es simplemente un fenómeno de los países en desarrollo, razón por la que "muchas de las democracias que actualmente parecen estar al borde de la transición a la dictadura se encuentran en Europa". También hay un marcado cambio, a través del tiempo, en la forma de autoritarismo. El partido-Estado chino es una rareza. El número de dictaduras militares ha disminuido considerablemente. Pero el número de dictaduras personales pseudodemocráticas está en aumento.

Las características de estas dictaduras personales incluyen: un pequeño círculo íntimo de personas de confianza; la instalación de leales individuos en posiciones de poder; la promoción de miembros de la familia; la creación de un nuevo movimiento político; el uso de los referendos como forma de justificar decisiones; y la creación de nuevos servicios de seguridad leales al líder. Una característica de estos hombres fuertes es que comienzan como populistas. Éstos últimos argumentan que sólo ellos, una vez armados con poderes extraordinarios, pueden resolver los problemas del país. Los populistas afirman que la élite tradicional es corrupta e incompetente. Ellos insisten en que hay que desconfiar de los expertos, de los jueces y de los medios de comunicación. Los votantes debieran confiar, más bien, en la intuición del líder, la encarnación viva de la gente. Tales argumentos justifican la represión de los "enemigos del pueblo", imposibilitando la existencia de una genuina democracia.

Rodrigo Duterte, el presidente de Filipinas, está en su camino del populismo hacia la dictadura, al igual que lo está Viktor Orban, el primer ministro de Hungría. Su "democracia iliberal" es un eufemismo para el autoritarismo. Me sorprendería si Jair Bolsonaro no siguiera este camino en Brasil. En cuanto a Trump, también es un populista de derecha con rasgos autoritarios. Pero él está cercado por las instituciones estadounidenses. Sin embargo, las instituciones no siempre son tan efectivas como las personas que las dirigen; muchas de ellas son facilitadoras.

Las autocracias que estamos viendo cuentan con importantes diferencias en comparación con las de los partidos fascistas en Italia o Alemania de principios y mediados del siglo XX. Las actuales exigen aquiescencia más que una entusiasta participación. Son manipulativas más que inaceptablemente brutales. Y, como lo sugiere Martin Gurri en su libro "The Revolt of the Public and the Crisis of Authority in the New Millennium" (La revuelta del público y la crisis de autoridad en el nuevo milenio), este cambio está parcialmente relacionado con la caída de los tradicionales medios de comunicación. Los nuevos medios de comunicación son mucho menos efectivos en difundir un solo mensaje de propaganda en comparación con los tradicionales. Pero son magníficos para difundir dudas. Mediante la destrucción de la autoridad de los expertos, de las élites y de los "viejos medios de comunicación", los nuevos medios de comunicación les abren el camino a los empresarios políticos expertos en explotar los resentimientos y en socavar la noción de verdad.

La buena noticia es que, hasta ahora, estos flautistas de Hamelín no lograron conducir hacia la autocracia a ninguna de las democracias establecidas de altos ingresos. La maquinaria de la democracia sobrevive, como lo demostraron las elecciones de medio término en EE.UU. Sin embargo, en muchos países, los populistas con tendencias autoritarias están acercándose al poder. Por esto, los fracasos de las existentes élites gobernantes y comerciales, su indiferencia ante el destino de una gran parte de la población, su codicia e incompetencia, demostrada tan claramente por las inesperadas crisis financieras en EE.UU. y Europa, corren con una enorme parte de la culpa. Los políticos cínicos, capaces de mentir tan fácilmente como lo son de respirar, logran progreso entre las poblaciones que ya tienen una cínica opinión de quienes están al mando. Sus partidarios puede que crean, o no, que el nuevo líder tiene las respuestas. Pero se han convencido de que los antiguos no las tienen. Las dificultades en las que cayó Emmanuel Macron en Francia sugieren que esta poderosa dinámica sigue siendo vigente.

Sin embargo, estas nuevas autocracias no ofrecen soluciones: Putin conduce a Rusia a un continuo declive económico. La promesa de Trump de "restaurar la grandeza de EE.UU." es un fraude. Al socavar las instituciones independientes, dichos líderes harán que sus países sean más pobres y que su gente menos libre.

Quienes tienen la suerte de vivir bajo democracias gobernadas por la ley deben dedicarse a hacer que funcionen mejor. Es una desafiante tarea, pero también es la única forma de garantizar que estos sistemas políticos se transmitan intactos a las generaciones posteriores.

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