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Roma necesita una reforma, pero más la estabilidad

Roma necesita una reforma, pero más la estabilidad

A Matteo Renzi se le fue la mano. El primer ministro italiano eligió convertir el referéndum constitucional del domingo en un testeo de su popularidad personal. Como resultado de ello, hay grandes posibilidades de que los votantes rechacen las propuestas.

Eso sería demasiado negativo por una serie de razones. Las reformas, a fin de cuentas, beneficiarían a Italia. Su fracaso daría inicio a un período de inestabilidad política que Italia, y Europa, no pueden darse el lujo de atravesar. Además Renzi, a pesar de todos sus errores, tiene algo para ofrecer no sólo a su país sino también a Europa.

Esas desafortunadas consecuencias empeorarían si el primer ministro sigue adelante con su tonta promesa de renunciar si en el referéndum triunfa el "no". Si sus malos cálculos políticos generan un caos, Renzi debería quedarse y arreglarlo.

Usar el referéndum para enviar a casa a Renzi se convirtió en una tentadora propuesta para sus opositores. Muchos italianos también quieren tener una manera de expresar su enojo ante el daño económico que han sufrido en la profunda recesión que le siguió a la crisis financiera.
En todo esto, la sustancia de las propuestas pasó a un segundo plano. Los cambios generan controversias. Centralizarían muchos poderes que hoy ostentan las autoridades locales -para alivio de las empresas, que sostienen que los proyectos importantes son bloqueados a nivel local. La creación de un nuevo Senado más reducido genera verdaderos interrogantes sobre cuál será su responsabilidad. Habría sido mejor mantener algún tipo de elección directa, incluso para un cuerpo de poderes reducidos.

Pero esos temores no pesan más que la promesa de las otras propuestas. Italia necesita con urgencia un sistema político más eficiente que permita hacer una reforma económica decisiva. Pasar a un sistema de una única cámara, en línea con otros países europeos grandes, aliviaría la actual paralización administrativa. El status quo, que funcionó bien durante gran parte del período posguerra, le falló a Italia en los últimos 20 años.

Nadie sabe qué consecuencias podría tener una votación en la que triunfa el No. Pero Italia se encuentra en un momento delicado. Los bancos italianos son el eslabón débil del sistema financiero de la eurozona. Las dos grandes entidades de préstamo, Monte dei Paschi di Siena y UniCredit, están en plena captación de capitales. Un período de inestabilidad de los mercados, o de un gobierno ineficaz, podría poner en peligro este proceso y demorar la reforma del sector.
Una victoria del No también envalentonaría al Movimiento Cinco Estrellas y a la Liga Norte, los dos partidos populistas anti euro que lideran la oposición a Renzi. Eso podría elevar el riesgo _ya presente_ de que el próximo gobierno italiano en 2018 sea populista.

Sin embargo, el mayor riesgo podría ser el daño a largo plazo. Renzi ha sido un reformista imperfecto, pero trató de navegar en un nuevo rumbo señalándole al mundo que Italia estaba lista para el cambio.

También este primer ministro es el último líder europeo en hablar inequívocamente a favor del libre comercio. Si el voto por el No pone fin a su mandato, otros políticos llegarán a la conclusión de que esas políticas son electoralmente suicidas: pocos intentarán aplicarlas otra vez. Italia en el mejor de los casos quedará con gobiernos tecnócratas pero poco ambiciosos. La inversión disminuirá y la lenta declinación continuará.

Es por eso que Renzi debería permanecer en su cargo, aunque los votantes rechazaran las reformas a las que ató su futuro político. Su primera tarea sería negociar y llegar a un consenso sobre la ley electoral que debería regir las elecciones de 2018. Pagaría un precio político pero no sería el primer político en dar una vergonzosa marcha atrás. La alternativa podría ser el tipo de vacío político que se produjo tras la votación en Gran Bretaña a favor del Brexit. Eso no es lo que le conviene a Italia.