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Republicanos deben derrotar a Trump con su propio juego

En El arte de la Negociación, su manifiesto sobre los negocios, Donald Trump dice que la polémica vende. También parece que atrae votos. Habiendo arrasado en New Hampshire y Carolina del Sur _tras su cercano segundo puesto en Iowa_ Trump está por poner a prueba su discurso poco ortodoxo a una mayor escala.
La carrera por la nominación republicana ahora se desvía de los resultados simbólicos en estados relativamente pequeños a los grandes botines de delegados que determinarán quién gana el premio. La semana próxima se votará en 11 estados, incluyendo Texas, en el primer ‘Super Martes’ de primarias. Dos semanas después, el 15 de marzo, tendrán la palabra los estados indecisos grandes como Ohio y Florida.
Las encuestas muestran que Trump gana en todos los estados grandes. Por lo tanto, es posible _de hecho, cada vez más probable_ que tenga el tema redondeado en un mes. La pregunta urgente que enfrenta lo que queda del establishment republicano es qué hacer para detenerlo.
Deben empezar descifrando qué es lo que hace Trump que tanto atrae a las bases. Por donde se lo mire, su mensaje no es conservador. Una nominación de Trump implicaría el repudio del consenso internacionalista, pro comercio que domina el partido republicano (y las élites demócratas) desde fines de los años cuarenta. Trump cerraría las bases militares que tiene Estados Unidos en el extranjero si los países anfitriones _especialmente Japón, Corea del Sur, Alemania y Reino Unido_ no asumen el costo total.
Su agenda "ganadora" incluiría renegociar acuerdos con los mayores socios comerciales del país, en particular China y México. Si no cumplen, Estados Unidos fijaría aranceles enormes. También construiría un muro en la frontera con México y de alguna manera hará que lo pague México. Deportaría los 11 millones de indocumentados, mayormente mexicanos, que se estima que viven en suelo norteamericano. De ninguna manera este abrupto alejamiento del internacionalismo estadounidense de la posguerra puede considerarse conservador. Lejos de predicar las virtudes de un gobierno chico, Trump elevaría drásticamente los poderes federales.
Tampoco su mensaje es remotamente liberal. La guerra de Trump contra la corrección política apuntó a musulmanes, hispanos, feministas, a gente que cree en la cortesía y muchos más. Con nada de eso se ganó la simpatía de las élites de ningún partido.
Sin embargo, tocó un punto muy sensible en amplias porciones del electorado norteamericano, incluyendo independientes cuyo apoyo amplió sus márgenes en las primeras primarias. Eso implica que sería un nominado a elecciones generales más potente que Ted Cruz, el conservador texano, que está quedando en segundo lugar.
Entre el resto de los candidatos, sólo Marco Rubio, el senador de Florida, podría esperar ganar la nominación republicana y la contienda más verosímil con Hillary Clinton en una elección general. Sin embargo, el 22%, el cálculo más alto de votos republicanos que recibiría Rubio, es inferior al supuesto "techo" cercano a 40% de Trump. Por lo tanto, ¿qué hay que hacer?
Karl Rove, el estratega republicano, asegura que uno siempre debería apuntar a las mayores fortalezas del oponente. En el caso de Trump, eso sería su mensaje simplista y su forma franca de hablar. Los fanáticos no necesariamente están de acuerdo con todas sus políticas. Muchos ni siquiera están al tanto de sus detalles, según las encuestas. Pero les gusta la franqueza improvisada de Trump.
El último fin de semana, Jeb Bush se bajó de la carrera republicana tras pelear una campaña a la antigua donde rara vez criticaba a Trump por su nombre. Rubio lo imita.
Hace tiempo que pasó el momento de que los opositores de Trump digan las cosas como son. Deberían empezar por hacerlo en el tipo de lenguaje que entendería Trump.