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Recién inicia la verdadera batalla de Hillary Clinton

Piense lo que quiera sobre Hillary Clinton, pero nadie debería cuestionar su aguante/resistencia. Después de dos carreras maratónicas por la nominación demócrata, Clinton finalmente cruzó la línea de llegada. Es la primera mujer de la historia de los Estados Unidos en ser candidata presidencial.
Permanecerán las dudas sobre lo cerca que estuvo de ser humillada por un solitario socialista de Vermont. Aún ahora Bernie Sanders se muestra reacio a hacer campaña detrás de ella. Sin embargo, vale la pena tener en mente que ella prevaleció en las condiciones menos propicias.
Dicho eso, Clinton aún no enfrentó la prueba más dura. A menos y hasta que pueda sofocar las dudas sobre la calidad de su campaña, el fantasma de perder frente a Donald Trump sigue merodeando.
En la historia de las encuestas, nadie llegó a la Casa Blanca con niveles de confianza negativos. En cualquier medición, el déficit de Clinton es elevado. El hecho de que Trump está aún peor no sirve como consuelo. Es increíble que dada la tendencia del magnate a denigrar al sexo femenino, es mayor la proporción de hombres que sienten antipatía por Clinton que el porcentaje de mujeres que no quieren a Trump.
La tarea más difícil de Clinton será superar eso. Cuanto más trate de parecer auténtica, más riesgos corre de alimentar la sospecha de que está siguiendo un guión dictado por las encuestas. Una solución sería estar mucho más dispuesta a participar de encuentros con la gente. Con demasiada frecuencia sus interacciones con votantes parecen actuadas y rígidas. Hace seis meses que no ofrece una conferencia de prensa, comparado con las docenas veces que lo hizo Trump.
Una mayor medida sería que ella asuma el compromiso de cerrar la Fundación Clinton si fuera electa presidenta. El potencial conflicto de intereses es demasiado evidente para ignorarlo. Cuanto más se demore, mayor será el margen de Trump para describir a los Clinton como criaturas de intereses especiales globales.
Nada de esto será suficiente a menos que la candidata pueda explicar más claro porqué quiere ser presidente. En este momento, su campaña consiste de dos elementos: que Trump es demasiado peligroso para el cargo y que ella obtendrá valiosos logros cuando ocupe la Casa Blanca. El primero es sin duda cierto. Clinton la semana pasada avanzó algo en su definición de las alarmantes consecuencias de un Trump presidente. El segundo desgraciadamente está en la nebulosa. Hay muchos productos buenos en la lista de compras de Clinton, como impulsar la inversión en infraestructura y actualizar los beneficios laborales para adecuarlos a la economía del siglo XXI. Pero su mensaje carece de un objetivo. La tentación es creer que ella ganará en noviembre uniendo todos los grupos demográficos a los que ofendió Trump. Eso quizás sea posible, y hasta probable. Pero no es la base para gobernar. Además, alimenta la noción popular de que ella simplemente quiere poder por el poder mismo.
Las próximas semanas serán las más duras de la carrera de Clinton. Trump no dejará roca sin arrojarle en su búsqueda por dañar su reputación. Cuanto más pueda ella asegurarse una visión positiva y clara para la Casa Blanca, más se fortalecerá.

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