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Por qué la inflación sigue siendo la mejor salida para evitar el estancamiento

Por qué la inflación sigue siendo la mejor salida para evitar el estancamiento

Las personas que no habían nacido cuando se desató la crisis financiera ya tienen edad suficiente para leer sobre el tema. Hemos podido distraernos con dos Juegos Olímpicos, dos Mundiales y dos elecciones presidenciales en Estados Unidos. De todas formas, por más antiguos que nuestros problemas económicos puedan parecer, se las ingenian para persistir.
Dada la severidad de la crisis y la inadecuada respuesta de políticas, no debería sorprender que la recuperación ha sido lenta y anémica: esto es lo que la historia de la economía siempre ha reflejado. Pero algunos economistas están perdiendo las esperanzas. Se habla de un “estancamiento secular”: una frase que puede tener dos significados, ninguno de los cuales es bueno.


Un temor salió a la luz: que las posibilidades de crecimiento futuro se verán limitadas por una población mayor o, quizás, incluso el estancamiento tecnológico.


El segundo significado de estancamiento secular es completamente desconocido: es que a pesar de su potencial de crecimiento, las economías modernas pueden padecer una tendencia persistente de quedar por debajo de dicho potencial, cayendo en recesiones obstinadas. La década perdida de crecimiento económico de Occidente puede ser una muestra de lo que vendrá.


Esta opinión la emitió con más vigor Lawrence Summers, secretario del Tesoro durante el gobierno de Bill Clinton y actual asesor senior de Barack Obama. Se ha debatido extensamente en una colección de ensayos publicados la semana pasada por el Centro de Investigación de Política Económica. ¿Pero qué significa?


En general, cuando una economía cae en recesión, la respuesta habitual es recortar las tasas de interés. Esto fomenta el gasto, más que el ahorro, e impulsa inmediatamente la economía.
Las cosas se ponen más difíciles si las tasas de interés nominal ya están bajas. Los bancos centrales deben implementar tácticas radicales de eficacia incierta, tales como políticas de expansión monetaria. Los gobiernos podrían y deberían pedir préstamos y gastar para apoyar la economía. En la práctica, demostraron llevar a un punto muerto en términos políticos (en EE.UU.), dejar a las instituciones atadas de pies y manos (en la UE) o ser estrechas en términos de ideología (en el Reino Unido). No existen demasiadas razones para creer que las políticas de incentivo fiscal serían muy diferentes en el futuro, con lo cual el límite de la tasa de interés cero es un problema.


La horrible perspectiva de un estancamiento secular es que ahora esto es lo normal. Las tasas de interés estarán muy bajas por norma y los bancos centrales se verán a menudo casi impotentes.


Un recorte en las tasas de interés fomenta el gasto, más que el ahorro, e impulsa inmediatamente la economía.


Antes de espantarnos de sombras, preguntemos por qué el Profesor Summers podría estar en lo cierto. Las tasas de interés reales -las abonadas después del ajuste por inflación- han estado bajando. En Estados Unidos, las tasas reales promediaban un 5% en la década de 1980, 2% en la década de 1990 y 1% en la década de 2000. (Desde que Lehman Brothers quebró, las tasas han sido negativas, pero la tendencia a largo plazo es más elocuente.) Las tasas de interés reales también cayeron durante 20 años en la Unión Europea. La estimación de las tasas de interés reales del Fondo Monetario Internacional ha caído durante 30 años.


Esto no es alentador, así es que ¿por qué ocurre? El nivel de referencia de las tasas de interés reales no lo fijan los bancos centrales, sino la oferta y la demanda. Tasas reales bajas sugieren que muchas personas tratan de ahorrar, especialmente en activos seguros, mientras que unos pocos tratan de sacar préstamos e invertir. Solo con tasas muy bajas puede verse a suficientes prestatarios deshacerse de todos sus ahorros.


Si el estancamiento secular es un riesgo real, precisamos políticas para combatirlo. Un enfoque es intentar cambiar las fuerzas de la oferta y la demanda para así obtener más efectivo para invertir de la demanda y, a la vez, poner un freno a la oferta de ahorros y reducir la preferencia por activos extremadamente seguros.


Esto parece difícil. Muchas políticas han empujado en sentido opuesto. Pensemos en el impulso de austeridad y los objetivos a largo plazo para reducir las cargas de deuda del gobierno... esto reduce la oferta de activos seguros y hace bajar las tasas reales. O la tendencia en el Reino Unido a alejar el riesgo del sistema de jubilación de las empresas y el gobierno y acercarlo a las personas... esto fomenta el ahorro en exceso, solo por si acaso. O la forma en que (comprensiblemente) los reguladores insisten en que los bancos y los fondos de pensión tengan más activos seguros... esto también aumenta la demanda de activos seguros y hacer bajar las tasas de interés reales. Revertir estas políticas, sacrificando detalles microeconómicos en pos de un pálpito macroeconómico bastante abstracto, es algo difícil de vender.


Hay una alternativa simple, si bien conlleva riesgos. Los objetivos de inflación de los bancos centrales deberían aumentarse a 4%. Un objetivo de inflación más alto creíble brindaría estímulo en forma inmediata (¿quién quiere guardar dinero que se devalúa a un 4% por año?) y daría más libertad de acción a los bancos centrales para reducir las tasas reales en el futuro. Que el nivel de las tasas reales sea cero quizás no importaría si los bancos centrales pueden producir tasas reales de -4%.


Si todo esto genera intranquilidad, es entendible. Según el Profesor Summers, cuando las tasas reales están bajas hay una tendencia a que pasen cosas malas. Se inflan burbujas, prosperan las estafas Ponzi y los inversores son imprudentes en su búsqueda por obtener rendimiento.


En cambio, la posibilidad de un objetivo de inflación del 4% es algo que no debe preocupar a nadie. No va a suceder. Esto es especialmente cierto en el lugar donde la economía mundial precisa más inflación: la eurozona. Los recuerdos de la hiperinflación de 1923 siguen demasiado patentes en la memoria del pueblo alemán. Esa catástrofe económica, que contribuyó a sentar las bases del nazismo y a arruinar gran parte del siglo XX, sigue resonando en la actualidad.
¿Qué opciones prácticas de políticas quedan? La respuesta es fácil. Debemos cruzar los dedos y esperar que el Profesor Summers esté equivocado.