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Merkel: la dama de hierro que abrió las puertas de Alemania a los refugiados

La política conocida por su mesura sorprendió al mundo con su mensaje de bienvenida a los refugiados. Esta decisión podrá tener un costo político para la líder alemana, pero sin duda definirá su legado.

Merkel: la dama de hierro que abrió las puertas de Alemania a los refugiados

Días después de regresar de negociaciones complicadas de un tercer rescate a Grecia, Angela Merkel se reunió con un grupo de alumnos en la ciudad de Rostock.
Delante de las cámaras, Reem Sahwil, una chica palestina de 14 años, le dijo a Merkel que tenía miedo de que la enviasen de vuelta a un campo de refugiados en el Líbano si la solicitud de asilo de su familia era rechazada. "No sabré qué me depara el futuro hasta tanto no sepa si puedo quedarme", le dijo a Merkel en perfecto alemán. "Me gustaría ir a la facultad. Esta es... una meta que realmente quisiera alcanzar".
Merkel respondió con una lección de realidades políticas. "No podemos decir simplemente 'Vengan todos. Y todos los habitantes de África también.' No podemos manejar una situación así", sostuvo. Sahwil rompió en llanto. El video del momento se hizo viral, y dejó la impresión de que la canciller alemana podía ser fría, incluso mala.
Sin embargo, apenas semanas después, la mujer que no había podido consolar a una sola refugiada daba la bienvenida a cientos de miles.
En vez de apurarse para proteger las fronteras alemanas de una ola de refugiados sirios, como muchos conservadores querían, se comprometió a dar asilo a cualquier persona proveniente de ese país devastado por la guerra. Su mensaje de bienvenida a los refugiados se propagó como un reguero de pólvora. En los medios sociales, los sirios compartieron imágenes de Merkel pronunciando las palabras "los amamos". Se desató la euforia y los alemanes corrían a ayudar al flujo de refugiados.
En cuestión de semanas, Merkel se había transformado ante los ojos del mundo y sus compatriotas alemanes. A la canciller cautelosa que había gobernado a Alemania durante diez años la había reemplazado una política con convicciones audaces. Fue una estrategia mayor, y no queda para nada claro si dará sus frutos.
Si lo hace, consolidará su reputación como una de las grandes cancilleres de Alemania. Al dejar las puertas de Europa abiertas a más de un millón de refugiados musulmanes, Merkel dejará un legado tan duradero como su mentor, el excanciller Helmut Kohl, quien presidió durante la reunificación de Alemania y el nacimiento del euro. Por esta razón, el Financial Times nombró a Angela Merkel Personaje del Año de 2015.
Gran parte del sentimiento inicial de buena voluntad desapareció y Merkel ha sido blanco de duras críticas del seno de su propio partido, el CDU, por permitir el ingreso de una ola de refugiados en el país. Jens Spahn, viceministro de Economía, sostiene: "Estamos siendo testigos de una alteración de nuestro estado".
Wolfgang Schäuble, el ministro de Economía, comparó a Merkel con un "esquiador impetuoso" que provocó un riesgo de "avalancha". Entonces, ¿por qué una política conocida por su cautela tomó una decisión que podría destruirla? Los aliados dicen que la canciller de 61 años actuó conforme a sus principios cristianos, la fe en los efectos positivos de la inmigración... y la preocupación de que la crisis dividiera a Europa.
Para sus partidarios, esta es una muestra de liderazgo sólido y moral en un momento en que la mayor parte de la política mundial está dominada por cálculos de corto plazo. Pero para quienes la critican, fue imprudente y arrogante. La verdad es otra, según un colaborador cercano: "No es ni la Bruja Blanca ni la Madre Teresa".
El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, opositor abierto de la política de refugiados, acusó a Merkel de "imperialismo moral". Lo dijo como insulto, pero la canciller lo tomó como un halago accidental. Quiere imponer sus valores, y ha manifestado cosas tales como: "Si ahora debemos empezar a disculparnos por ser amables en respuesta a situaciones de emergencia, este no es mi país".

Medidas moderadas

Biógrafos atribuyen la prudencia que caracteriza a Merkel a su crianza en la Alemania oriental comunista, donde su padre, un pastor luterano, alentaba a sus hijos a pensar libremente, pero guardarse su opinión. "Aprender a quedarse callado era una gran ventaja en los tiempos de la RDA", dijo la canciller una vez.
Ella respetó las reglas del juego: se esforzó en la escuela, se sumó a las filas de la Juventud Libre Alemana (comunistas jóvenes) y aprendió ruso, a diferencia de algunos alumnos que les iba mal en este idioma en señal de protesta contra el régimen soviético. En su informe sobre la Stasi, podía apreciarse que veía a la Unión Soviética como "una dictadora", pero le fascinaba el idioma y la cultura del país. Stefan Kornelius, un biógrafo, escribe que gran parte del misterio que rodea a Merkel se basa en los 35 años que pasó en este "otro mundo completamente ajeno".
Cuando el Muro de Berlín cayó en 1989, no se apuró por ir a la mitad occidental, sino que mantuvo su compromiso de acompañar a una amiga al sauna. Sin embargo, fue unas horas más tarde y también el día siguiente. "El deseo de libertad no puede contenerse por mucho tiempo", dijo tiempo después. Como muchos alemanes orientales, saboreaba la nueva libertad de viajar, ya que solo había hecho un viaje a Occidente de adulta. A diferencia de otros, no se dedicó a dar la vuelta al mundo. También tenía prisa.
Luego de años de trabajar como física, se pasó a la esfera de la política. En meses, era vocera del gobierno y, poco después, ministra del gabinete de Kohl. Y fue implacable: cuando Kohl quedó envuelto en un escándalo de financiamiento del partido, le dio la espalda a su mentor y lo reemplazó como líder del partido.
Más tarde, redescubrió las virtudes de la prudencia. Se postuló a canciller en 2005, compitiendo contra el líder impopular del partido socialdemócrata Gerhard Schröder, con una plataforma que instaba a la implementación de reformas liberal... y casi pierde. Juró no volver a postularse ante sus votantes.
En vez de eso, consolidó su poder llevando a su coalición CDU/CSU conservadora a un punto medio y ganando tres elecciones. Las pocas reformas que introdujo -principalmente, el aceleramiento de la eliminación gradual de armamento nuclear luego del desastre de Fukushima en Japón- encajaron con la opinión pública.
Merkel ha sido extremadamente paciente en el tratamiento de la última amenaza más grande a la seguridad europea: el resurgimiento de Rusia. Habló durante horas con el presidente Vladimir Putin en ruso, aun cuando otros líderes occidentales lo evitaban por la anexión de Crimea. Logró contener el conflicto de Ucrania y mantener a la UE unida en términos de sanciones económicas contra Rusia.

Enfoque obsesivo

En la crisis de la eurozona, provocó críticas internacionales con dura postura respecto de Grecia y otros estados endeudados, aunque su partido quería que la canciller adoptara una postura más dura. En el sur de Europa, se la condenó como una prepotente cobradora. Pero buena parte del norte de Europa y la sociedad alemana apoyaron su postura.
Merkel se encargó todo el tiempo de no perturbar los estilos de vida cómodos de los votantes alemanes. Evitando gran parte de su retórica liberal previa a 2005, desarrolló una forma de tranquilizar a la población diciendo lo menos posible. Nació un nuevo verbo, "merkelear", que significa no hacer nada, no opinar.
Detrás de escena, era incansable y detallista. Durante el conflicto de Ucrania, estudió minuciosamente mapas militares; con Grecia, ahondó en el sistema corrupto de pensiones y lo revisó línea por línea junto al primer ministro griego Alexis Tsipras.
La cancillería duda de sus ideas, formuladas en conversaciones o en notas al margen escritas a mano en documentos oficiales. Es un gobierno verticalista. Merkel ejerce el poder con la sangre fría que una vez atribuyó a Kohl. Este año, apartó a su fiel asistente Tomas de Maizière después de que éste presuntamente no respondiese con suficiente rapidez a la crisis migratoria. "Sabe cómo usar el cuchillo político", afirma un diputado del CDU.
La canciller está bien informada -su rueda de prensa diaria abarca 100 páginas- y es una intelectual descarada, que disfruta de estar en inteligente compañía, como Neil MacGregor, director saliente del Museo Británico. Para su fiesta de cumpleaños número 50 organizó una conferencia de neurociencia. Pero también disfruta de pasatiempos tales como mirar Midsomer Murders, un programa de televisión británico.
Descansa en una casa rural en el noreste de Alemania. Le gusta cocinar, especialmente platos locales, como rouladen de ternera. Pasa las vacaciones de verano haciendo senderismo en los Dolomitas; en el invierno practica esquí de fondo en St. Moritz. Su compañero es su marido Joachim Sauer, un colega científico a quien conoció en la década de 1980. Se separó de su primer marido, Ulrich Merkel, otro científico, cuyo apellido mantuvo.
Merkel rara vez habla en público sobre religión, aunque en su despacho de la cancillería hay una cruz. Hizo una excepción, sin embargo, cuando confrontaron con ella en septiembre en una reunión estudiantil en Berna, la capital suiza. Cuando se le preguntó si le preocupaba que sus políticas islamizaran Europa, instó a los cristianos a dejar de culpar a los musulmanes y mostrar la fuerza de sus creencias. "Tengamos el coraje de decir que somos cristianos. Tengamos el coraje de decir que vamos a entrar en diálogo" con los musulmanes.
La canciller supo criticar el multiculturalismo. Pero hoy alaba a los inmigrantes, no sólo por su contribución económica, sino también por su rol en "enriquecer la vida cultural alemana".
Sabiendo que una quinta parte de los alemanes son inmigrantes de primera o segunda generación, Merkel está empujando a la nación a ser más inclusiva. Thomas Schmid, editor político de Die Welt, afirma que la canciller busca una "república nueva, diferente, más colorida, cada vez menos homogénea y bastante dura".
Merkel se inspiró al ver a los voluntarios alemanes ayudar a los refugiados. Algunos dicen que vio una oportunidad para que Alemania mostrara un rostro más gentil que el de capataz de la crisis de la eurozona, y para arrastrar al país más lejos de su pasado nazi.
Merkel quizá también esté aprovechando el aumento de la confianza nacional, nacida de la distancia cada vez mayor desde 1945, la expansión económica y los logros culturales que van desde la celebración del Mundial de Fútbol 2006 hasta la Berlín "cool". "Podemos hacerlo", repitió en varias ocasiones durante la crisis, haciéndose eco del "Sí, se puede" de Barack Obama.
Pero a medida que las amenazas a la estabilidad de la UE, sobre todo la zona de recorrido libre de Schengen, aumentaron, hubo otro motivo que pasó a primer plano: la protección de la unidad europea. Durante la crisis griega, Merkel más de una vez dijo: "Si el euro fracasa, Europa fracasa". De la crisis de refugiados, la canciller afirma: "No es una exageración ver esta tarea como una prueba histórica de Europa".

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