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SÁBADO 15/12/2018
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Los últimos cambios profundizan la política de "EE.UU. primero"

Uno a uno y sin contemplaciones, en su primer año de gestión el presidente de EE.UU. se deshizo de los funcionarios que no le son totalmente leales o cuestionan sus ideas

Los últimos cambios profundizan la política de

Y luego quedó uno. A excepción de Jim Mattis, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Trump se deshizo de las personas que le hacían frente. La salida de Rex Tillerson, cuyo despido fue anunciado por Twitter, elimina la brecha entre los instintos antiglobalistas de Trump y la postura del principal diplomático norteamericano. Mike Pompeo, el reemplazo de Tillerson, comparte la actitud antidiplomática del presidente. Pompeo es un facilitador de Trump. La política exterior "EE.UU. primero" del mandatario ahora está más cerca de convertirse en realidad.

Los presagios para el mundo tienen gran alcance. Uno de los mayores pecados de Tillerson fue haber llamado a Trump "tarado". Ese exabrupto que se filtró se produjo después de una reunión donde el presidente había dicho que EE.UU. debía multiplicar por diez su arsenal de armas nucleares. La despectiva respuesta de Tillerson quebró dos reglas fundamentales para trabajar con Trump. La primera fue mostrar deslealtad, algo que Trump no puede tolerar. Y cuestionar su coeficiente intelectual está prohibido. La segunda fue chocar con él repetidas veces sobre temas grandes. En la práctica, las dos reglas representan la misma cosa.

Gary Cohn, que renunció la semana pasada como asesor económico de Trump, también quebró ambas normas. El verano boreal pasado dijo a Financial Times que no estaba de acuerdo con la actitud de culpar a ambas partes del conflicto que había mantenido Trump cuando se enfrentó la derecha alternativa con los manifestantes en Charlottesville. También criticó los instintos proteccionistas de Trump, tal como hizo Tillerson. HR McMaster, el asesor de seguridad nacional de Trump, ya no se lo ve como un freno para Trump y se rumorea que sus días están contados.

En el mundo de Trump, la deslealtad y el desacuerdo finalmente se desdibujan en un solo concepto. En Pompeo, Trump tiene un verdadero lealista. Hará todo lo que pida Trump. Pompeo a menudo ha cruzado esa línea como director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), una función que implica canalizar asesoramiento neutral y no ser vocero de las políticas. Tillerson no se calló sus desacuerdos con Trump, que fueron muchos.

Los principales fueron los impulsos de Trump en cuanto a Rusia, Irán y el compromiso de EE.UU. con el mundo musulmán. No es coincidencia que el último comentario de Tillerson antes de ser despedido fue repetir la opinión de la primera ministra del Reino Unido Theresa May, de que es "altamente probable" que Rusia haya envenenado a un ex espía en suelo británico. (Trump se tomó 24 horas para responder a May). Si Tillerson ya sabía que estaba por ser destituido cuando dijo eso es irrelevante.

Trump, que se muestra reacio a criticar a Vladimir Putin, dijo que él y Tillerson "estaban en desacuerdo en muchas cosas". Por el contrario, él y Pompeo "tienen razonamientos muy similares, creo que va a andar muy bien". Vale la pena recalcar que May insinuó que Rusia había atacado al Reino Unido, lo cual podría activar el artículo cinco de la OTAN sobre defensa colectiva. Tillerson hizo todo lo que pudo para convencer a Trump de que respalde a la OTAN en público. No siempre lo logró. No se sabe si Pompeo siquiera lo intentará.

Segundo, Pompeo es un crítico visceral del acuerdo nuclear de Irán, el cual según él habría que eliminarlo. En esto opina igual que Trump. Tillerson y Mattis argumentaban que destruir el acuerdo sería desastroso. Podría conducir a la rápida nuclearización de Irán y a la guerra con Arabia Saudita. También profundizaría la ruptura de EE.UU. con sus aliados europeos. Las probabilidades de que Trump ponga fin al acuerdo subieron exponencialmente.

El potencial impacto sobre la cumbre que se prepara entre Trump y Kim Jong Un es enorme. Los expertos en Corea del Norte no creen que haya probabilidades de que Trump convenza al "hombre cohete" de desnuclearizar la península coreana, que es el explícito objetivo de Trump. Si EE.UU. se retirara del acuerdo de Irán, Kim tendría aún menos incentivos para cerrar un trato con Trump. El peligro de haya consecuencias agresivas si fracasa la cumbre con Kim Jong Un es grave. Mientras era jefe de la CIA, Pompeo habló públicamente de remover a Kim.

Por último, está el mundo musulmán. La opinión de Pompeo va en línea con el argumento de choque de civilizaciones mencionado por Stephen Bannon, ex estratega jefe de Trump. Los dos son amigos. Pompeo con frecuencia habla el idioma de la guerra sagrada entre el islam radicalizado y el occidente cristiano. Por el contrario, Tillerson siguió el tradicional guión sobre los malos actores islámicos que pervierten una religión noble. Hacia dónde va eso no es buena señal para las relaciones de Estados Unidos con Medio Oriente.

Ayer, Trump dijo que ahora estaba "más cerca de tener el gabinete que quiero". Dos hombres se interponen entre Trump y una presidencia sin trabas. El primero es Mattis, cuya función ahora adquiere una importancia aún mayor. El segundo es Robert Mueller, el asesor especial. Su seguridad laboral ahora no se distingue de la seguridad nacional de Estados Unidos.

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