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Los socialistas españoles caerán al tercer puesto en las elecciones

El PSOE de Pedro Sánchez ejemplifica los problemas que padece la centroizquierda en Europa, que está transitando una prolongada y dolorosa retirada

Es difícil no sentir cierta compasión por Pedro Sánchez. El líder del Partido Socialista Obrero Español (el PSOE) está ocupado viajando por el país, ofreciendo discursos y entrevistas, sonriendo, abrazando y haciendo todo lo que hacen los políticos en una campaña electoral. Sin embargo, la confianza ha desaparecido, al igual que el requisito optimismo. Si las encuestas son correctas, Sánchez va rumbo a conducir su partido a otra dolorosa derrota el 26 de junio.

Sin embargo, esta vez el PSOE probablemente sea vencido no sólo por el Partido Popular de centroderecha sino también por la alianza Unidos Podemos de extrema izquierda. Según las encuestas, el otrora poderoso PSOE quedará en un alejado tercer lugar en las elecciones generales, con sólo 20% de los votos. No sólo no encabezará el próximo gobierno –salvo un improbable resurgimiento tardío– sino que ni siquiera liderará la izquierda española.

Por supuesto, el declive del PSOE forma parte de una historia más amplia. En Alemania, los socialdemócratas están en niveles mínimos históricos en las encuestas, al igual que los socialistas franceses al mando de un presidente impopular. Pasok se convirtió en un grupo disidente en el parlamento griego. Mientras tanto, en Gran Bretaña, el venerable Partido Laborista experimenta algo similar a una toma de control invertida y está liderado por un político que pasó toda su carrera en el ala izquierdista del partido. Salvo algunas excepciones –Italia es la más evidente– la centroizquierda europea se encuentra en medio de una prolongada y dolorosa retirada.

El caso de España es interesante por dos razones. Primero, el PSOE tiene una enorme participación en la política nacional desde el fin de la dictadura de Franco. Gobernó España durante 21 de los 39 años de la democracia. Ese éxito refleja el hecho de que la sociedad española se inclina hacia la izquierda: las encuestas constantemente señalan que el votante promedio se ubica levemente a la izquierda del centro. Más del 32% de los consultados en un sondeo de CIS se identificó como socialista, socialdemócrata o progresista; mientras que sólo el 18% se considera conservador o demócrata cristiano. Si los socialistas no pueden lograrlo acá, ¿dónde?

La segunda razón es que España es un ejemplo de los problemas que tiene la centroizquierda. Se lo puede llamar crisis de representación, una rendición ante el neoliberalismo, algo horriblemente injusto. El hecho es que en España, y otras partes de Europa, los votantes llegaron a asociar la centroizquierda con las políticas (impopulares) tradicionalmente aplicadas por la derecha: austeridad, desregulación, liberalización y libre comercio.

En España, el momento decisivo de esa tendencia se produjo en 2011, cuando el anterior gobierno socialista trató de tranquilizar los mercados fijando en la Constitución un tope máximo para el déficit. Junto con una batería de medidas de austeridad y recortes de presupuesto adoptados por el mismo gobierno, la enmienda constitucional convenció a muchos de los votantes duros del PSOE que el partido había perdido su camino.

Pensaban –equivocados o no– que el partido del estado benefactor, del sector público y del obrero le había dado la espalda a los tres. Vieron desaparecer millones de puestos de empleo, y no había nadie que expresara sus temores, enojo y frustración. Los líderes socialistas creían que ellos simplemente estaban cediendo ante la realidad. Pero a lo largo del camino dejaron sin voz a millones de sus seguidores.

Ese fue un vacío en el que Podemos se lanzó en 2014 y que fue llenado por Syriza en Grecia y por Jeremy Corbyn en el partido Laboralista británico. Sánchez está atrapado entre una centroderecha que promete recortes de impuestos y más reformas y una nueva izquierda que pide el fin de la austeridad y que canaliza creíblemente el enojo en las calles.