LOS EUROPEOS CREEN QUE UNA BUENA RELACIÓN CON EL MANDATARIO NORTEAMERICANO ES ESENCIAL

Los líderes mundiales buscan formas de comunicarse con Donald Trump

Mientras aumentan las tensiones en Corea del Norte, los países occidentales sienten que no pueden influir en el presidente de EE.UU. por estar excluidos de su círculo

Normalmente, las relaciones personales entre los líderes electos apenas importan. La mayoría de los ellos siguen los manuales de instrucciones redactados por sus respectivas burocracias. Se concentran en las políticas nacionales fijadas hace tiempo. Cualquier conversación sobre la "química" personal entre ellos suele ser sólo charlatanería.

Pero la situación es diferente en el caso de Donald Trump. Después de durante años dirigir una pequeña compañía familiar sin directorio, ignora la burocracia. Se rodea de lacayos leales. Por lo tanto, quien logre susurrarle a Trump algo al oído, tiene chances de moldear su opinión y el destino del mundo.

Hasta ahora, Trump no se preocupó demasiado de los asuntos de política exterior. Trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén y abandonar los acuerdos climáticos de París representaron, principalmente, actos simbólicos. Pero eso pronto podría cambiar. Su proyecto de ley de reforma tributaria puede que sea su última gran legislación local, en particular dada su reducida mayoría en el Senado. Ese hecho liberará más espacio en su cabeza para enfurecerse por temas extranjeros, desde Corea del Norte hasta Irán. Por lo tanto, otros países occidentales se enfrentan a una pregunta urgente: ¿cómo lograr influir a este hombre?

Después de su inesperada victoria electoral, los embajadores en Washington enseguida invitaron a cenar a los socios del nuevo presidente. Pero poco después, muchos de ellos desaparecieron (¿se acuerdan de Rudy Giuliani?).

Los funcionarios extranjeros comprendieron rápidamente que la Casa Blanca de Trump estaba estructurada como una pequeña empresa familiar: solamente los familiares (excluyendo a las esposas) son "imposibles de despedir". Justin Trudeau, el primer ministro de Canadá, llevó a la hija de Trump Ivanka, a ver un musical de Broadway sobre la solidaridad hacia los extranjeros, y Angela Merkel la invitó a Berlín para participar de un panel. Pero el mayor premio para los diplomáticos occidentales es Jared Kushner, el esposo de Ivanka, el llamado "secretario de Estado en la sombra". Un funcionario francés que solía conversar sobre todos los temas repentinamente guardó silencio cuando se le pidió que evaluara a Kushner; el tema era muy delicado.

Los aliados también mantienen vigilado el lugar de descanso del presidente Trump en Florida, Mar-a-Lago. El gran activo que tiene Canadá es el ex primer ministro Brian Mulroney, quien conoce a Trump del circuito de vacaciones de Florida, pero todos pueden participar de este juego. "Cualquier servicio de inteligencia extranjero que no tenga un agente como miembro o empleado de Mar-a-Lago es culpable de total incompetencia", declaró el escritor neoconservador estadounidense Max Boot.

Sin embargo, los aliados occidentales todavía se sienten fuera del círculo de Trump. Hablar con los "adultos" de la administración el secretario de Defensa Jim Mattis y el asesor de seguridad nacional HR McMaster sólo los lleva hasta cierto punto: Trump aparentemente desautorizó a esos adultos cuando tomó la decisión sobre Jerusalén, por ejemplo. Más que en anteriores administraciones estadounidenses, comunicarse con el presidente es esencial. Y los europeos necesitan establecer una conexión directa con él ya que no cuentan con muchos de los generales, multimillonarios y autócratas a quienes Trump admira.

Trump se reunió con su par francés Macron en Nueva York en septiembre

Quizás el principal "comunicador" con Trump en Europa sea Emmanuel Macron, el presidente francés, que es el mejor actor político desde Ronald Reagan. Macron demostró por vez primera su dureza hacia Trump con el famoso apretón de manos de nudillos blancos. Luego vino el golpe diplomático maestro de Francia: la visita de Trump a París para el desfile del Día de la Bastilla en julio pasado. El mandatario francés lo recibió sin mostrar indicio alguno de la condescendencia intelectual a la que Trump es tan sensible. Cuando los dos hombres se encontraron nuevamente en septiembre, Trump pasó los primeros 10 minutos reviviendo el desfile, el cual espera replicar en Washington el próximo 4 de julio. "¡Y quiero caballos!", le dijo a su séquito.

Los franceses no están seguros de cuánto les ayude esto. Trump, aun así, abandonó los acuerdos climáticos de París. Al menos, ellos dicen, Macron puede plantearle sus argumentos a Trump y ser escuchado.

Merkel y Theresa May querrían poder hacerlo. Ellas son mujeres que carecen de carisma; no viven en palacios cargados de joyas; no pueden encontrarse con Trump de "rey a rey"; y no juegan al golf. La canciller alemana también sufre, tal como lo señala Constanze Stelzenmüller de la Institución Brookings, de la desaprobación de Trump con respecto a su país, ejemplificada en su comentario "Alemania es mala, muy mala", una frase que en una ocasión él usó en Bruselas mientras se quejaba ante los líderes europeos del superávit comercial alemán.

Su rechazo a darle la mano a Merkel en Washington fue una clara declaración de un hombre que aprendió el simbolismo de los apretones de manos después de entrar en el ámbito político. (Anteriormente, él había evitado estrecharle la mano por temor a los gérmenes). Merkel llama regularmente a Trump. Pero ella da la impresión de ser condescendiente. Thorsten Benner, el director del Instituto Global de Políticas Públicas de Berlín, ha declarado: "Él la considera una europea irritante que siempre le da un sermón". Como máximo, ella puede usar a Trump como argumento para empujar a los alemanes hacia una mayor cooperación europea. Jeremy Shapiro y Dina Pardijs, escribiendo para el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, llaman a ésto el "efecto Anticristo" de Trump.

Merkel y May también están limitadas por sus propias audiencias nacionales. Mientras que los votantes franceses tienden a invertir emocionalmente poco en la política estadounidense, la mayoría de los alemanes y de los británicos quiere que sus líderes critiquen severamente a Trump. May se caracteriza por manejado mal eso. Días después de que él asumiera la presidencia, ella visitó Washington para darle la mano y pedirle un convenio comercial. Ella le ofreció una visita de Estado que, si alguna vez se produce, provocaría una demostración histórica. Sus esfuerzos fueron inútiles e irresponsables. Probablemente, Trump nunca le dará al Reino Unido su tan publicitado acuerdo "grande y emocionante".

Ahora, que supuestamente Trump hace unos meses que planea bombardear Corea del Norte antes de que EE.UU. sea atacado, los europeos son meros espectadores. Su mayor esperanza de influir sobre el presidente norteamericano podría estar en comprar spots publicitarios en programas matutinos de Fox News. A los europeos sólo les queda esperar que 2018 sea tan benigno como 2017.

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