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Los conservadores británicos necesitan un líder con un plan

Los conservadores británicos están en la agonía de su agitación más sangrienta desde la caída de Margaret Thatcher. Después de que el pueblo británico votó a favor del Brexit, David Cameron renunció a su cargo de primer ministro. Y la semana pasada, la carrera para sucederlo se puso patas para arriba cuando Boris Johnson, el favorito y líder de la campaña por Salir de la UE, dio un paso al costado obligado por su rebelde teniente Michael Gove.
Hasta hace poco, la pregunta sobre quién podría suceder a Cameron como líder Tory era un tema que mayormente se discutía en Westminster. Tras el referéndum, no se puede subestimar su importancia. Gran Bretaña avanza hacia una posible recesión, una potencial separación de Escocia y un período de incertidumbre sobre su lugar en el mundo. El premier entrante tendrá que conducir al Reino Unido en su crisis más severa desde la segunda guerra mundial.
El nuevo líder debe unir un partido que nunca estuvo tan dividido por el tema UE. Tendrá que seducir a ciudadanos de todo el Reino Unido después de un referéndum que mostró un país fragmentado entre ricos y pobres, jóvenes y ancianos, norte y sur.
Por sobre todo, el nuevo premier debe tener un plan para negociar un nuevo equilibrio entre el Reino Unido y Europa. La falla más grave de la campaña a favor del Brexit es que nunca se dieron detalles sobre cuál sería el costo de impedir el libre movimiento de ciudadanos del UE en términos de acceso al mercado único. Es fundamental para el futuro del Gran Bretaña la manera en que el próximo primer ministro encuentre un equilibrio entre reducir la inmigración y proteger la economía.
Los dos líderes de la campaña por Salir de la UE terminaron mal la semana. Johnson huyó del campo de batalla al primer olor a pólvora, dejando a Gove como el supuesto campeón del bando del Brexit. Pero la brutalidad con la que el ministro de Justicia apuñaló a sus amigos —primero a Cameron y ahora a Johnson— ahuyentará a muchos activistas Tory. En un momento en que Gran Bretaña necesita estabilidad, él se muestra demasiado revolucionario.
Theresa May, la secretaria del Interior, ahora está en el centro de la escena. A medida que se calman las aguas tras el referéndum, ella parece haber hecho la jugada más inteligente. Su apoyo a Permanecer en la UE durante la campaña, aunque tímido, le resulta aceptable a los pro europeos. Su dura postura en cuanto a la inmigración en los últimos seis años implica que tendrá el respaldo de muchos del bando del Brexit.
Sus declaraciones de apertura mostraron un duro pragmatismo. Es cierto que May habrá decepcionado a quienes esperaban un segundo referéndum cuando declaró categóricamente que "Brexit significa Brexit". Pero ella insiste en que Gran Bretaña no debería invocar el Artículo 50 de la UE —que dispara las negociaciones formales por el divorcio con el bloque— al menos hasta fin de año. Eso otorgará a Gran Bretaña el tiempo que necesita para negociar una salida ordenada.
Ella también hace bien en rechazar el compromiso de George Osborne de tener superávit presupuestario a fines de la década. Ése fue siempre un compromiso impulsado por maniobras políticas y no un imperativo económico. A medida que la economía británica se desacelera, es bueno relajar la presión fiscal, tal como el canciller mismo debió reconocer el viernes.
Los candidatos conservadores ahora tendrán que presentar su plan a los miembros del parlamento y a los activistas de su partido. Como las llaves para Number 10 dependen del resultado, serán observados no sólo por los leales a los Tories sino por el país entero. Deberían señalar claramente cuál será la futura relación entre Gran Bretaña y la UE, con la honestidad y franqueza que tanto faltó en el debate por el referéndum. Lo que está en juego en esta competencia no es sólo la corona sino el futuro del reino.