Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar
DÓLAR
/
MERVAL

Los conservadores actuales rechazan a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher

A contramano de los líderes de los años ‘80, perdieron la confianza en los beneficios del libre mercado

Los conservadores actuales rechazan a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher

Era una historia de amor; platónica, pero una historia de amor al fin. Tal como lo expresó un ex diplomático estadounidense, el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher eran "almas gemelas" en cuanto a sus políticas y filosofías. La conexión entre Reagan y Thatcher aseguró el retorno del ideal del libre mercado. Ambos tenían como objetivo revertir lo que ellos consideraban un Estado demasiado intrusivo e incompetente. Su unión de ideas no sólo cambió la política y las políticas de sus respectivos países. Cambió las del mundo. Pero la reforma no sucedió por sí sola. Podría decirse que el ascenso de Deng Xiaoping al poder en China representó un giro más fundamental a largo plazo.
Avancemos

hasta la actualidad. En su discurso inaugural en enero, Donald Trump no habló de la "resplandeciente ciudad en la cima de una colina" del presidente Reagan, sino de "la masacre estadounidense". Esto fue más que un cambio de estado de ánimo. Durante mucho tiempo, los líderes del Partido Republicano buscaban los votos que necesitaban para lograr sus objetivos principales de recorte de impuestos, reducción de gastos y desregulación económica apelando a las ansiedades culturales, religiosas y étnicas. Trump habló directamente a los enfurecidos y a los ansiosos, prometiéndoles defender la seguridad social y Medicare, abrazar el proteccionismo y frenar la inmigración. Dijo: "La protección nos brindará una gran prosperidad y solidez". Eso no es ni conservadurismo tradicional ni reaganismo. Es populismo de derecha.

Theresa May repudia el thatcherismo aún más explícitamente de lo que Trump rechaza el reaganismo. Su manifiesto conservador afirma: "Debemos rechazar los patrones ideológicos provenientes de la izquierda socialista y la derecha libertaria y, en su lugar, acoger la visión dominante que reconoce el bien que el gobierno puede hacer". Además: "No creemos en el libre mercado sin trabas. Rechazamos el culto del individualismo egoísta. Aborrecemos la división social, la injusticia, la parcialidad y la desigualdad. Consideramos que la ideología rígida no sólo es innecesaria sino peligrosa".

Trump no es tan diferente a Reagan como May lo es de Thatcher. Él ha creado un "plutopopulismo": un conjunto de políticas justificadas por la retórica populista que benefician a los plutócratas. Tal como lo muestran su propuesta presupuestaria, el objetivo sigue siendo recortar los impuestos de los ricos, a expensas de los pobres.

¿Qué explican estos viajes a destinos diferentes? La confianza en los beneficios que brindan el libre mercado, el libre comercio y la libre circulación de personas se ha perdido en ambos países. El pensamiento conservador se ha vuelto más tribal, menos global. La devastación ocasionada por la crisis financiera de 2007-09 es una explicación. La hostilidad a la inmigración es otra. Sin esta última, Hillary Clinton probablemente sería la presidenta de EE.UU. y David Cameron sería el primer ministro del Reino Unido.

EE.UU. y el Reino Unido no sólo se encuentran en diferentes lugares ideológicos, sino que no hay ningún país grande que promueva la optimista y expansiva fe en el libre mercado de la era de Reagan y Thatcher. Los que se encuentran hoy más cercanos a esa posición son la Alemania de Angela Merkel y la China de Xi Jinping. EE.UU. y el Reino Unido han entrado en un período marcado por la sospecha de los extranjeros y por las dudas sobre el libre mercado, sobre todo si los extranjeros están involucrados de alguna manera. Es muy probable que este giro trascienda a las personalidades actualmente involucradas. Es posible que el resultado sea un centro de gravedad ideológico diferente en materia de políticas, al menos en Occidente.

Las políticas que se están promoviendo ¿aliviarán la ansiedad de quienes llevaron a Trump y a May al poder? Por desgracia, lo contrario es mucho más probable. A ambos les agrada la idea de "experimentar" en los mercados de forma discrecional. No existe razón para anticipar que tales intervenciones en el mercado logren mucho. En el caso de Trump, es probable que el propuesto recorte del gasto federal en áreas esenciales para los desfavorecidos, para la calidad de los servicios públicos fundamentales y los beneficios a la gente sea extremadamente perjudicial para el bienestar de muchos de sus votantes. Mientras tanto, nada de lo que él haga recuperará los puestos de trabajos fabriles y de minería perdidos. Este fracaso parece que indudablemente enfurecerá todavía más a su base. Mientras tanto, la dolorosa realidad del "Brexit" abrumará la nueva agenda conservadora de May, aunque pudiese hacer que funcione en sus propios términos, lo cual es improbable.

Sin embargo, los cambios en el conservadurismo estadounidense y británico son también significativos. Lo que indican es que se requiere una transformación en la política y en las políticas. Eso sin duda refleja lo que ha fracasado en las sociedades occidentales durante las últimas cuatro décadas. Algunos de los giros adversos eran inevitables y deseables: el monopolio de los países occidentales sobre el conocimiento económico avanzado no podía sostenerse; y el envejecimiento de sus sociedades era igualmente deseable e inevitable. Las fuerzas económicas que impulsaban una mayor desigualdad también eran muy poderosas. No obstante, se cometieron grandes errores, en particular al permitir que el sector financiero se volviera tan dominante. La evidencia también demuestra que la desigualdad es una elección, no un destino.

Es hora de hacer una reflexión en muchas dimensiones. Por un lado, repensar el rol y los límites de los mercados. Por el otro, el manejo de la inmigración de manera tal que (casi) todos sientan que se benefician. También debe abarcar la compleja interacción entre los mercados mundiales y la política democrática nacional. Pero quizás lo más importante será repensar el papel de los Estados, cuando actúan en forma individual y conjunta. Es una crítica legítima a las revoluciones de Reagan y Thatcher que subestimaron las funciones perdurables de los Estados como aseguradores; como protectores; como financiadores de educación y salud; como proveedores de infraestructura y de beneficios públicos; como administradores de externalidades; como reguladores de monopolios; como estabilizadores de economías; como redistribuidores de ingresos; y, no menos importante, como foco de las lealtades políticas. Además, para lograr lo que se necesita a nivel nacional, los Estados también tienen que cooperar, lo que siempre es una tarea difícil.

Hacer todo esto correctamente será difícil. Sería bueno que los británicos y los estadounidenses reconocieran que no poseen todas (ni siquiera la mayoría) de las respuestas. Incluso podrían aprender de los demás. Una cosa alentadora acerca de Emmanuel Macron, el presidente de Francia, tomó nota de eso para su propio país, refiriéndose al ejemplo escandinavo de economías dinámicas con altos niveles de protección social. Si van de renovarse las tradiciones políticas, debe hacerse siendo receptivos a las ideas de los demás. Los angloamericanos deberían atreverse a seguir el ejemplo del Macron.