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Latinoamérica vuelve a la ortodoxia

Debido a la fuerte corrupción estatal y a la desaceleración económica tras el auge de los commodities, la región se aleja de la izquierda populista y busca gobiernos más sensatos

Gabriela Michetti, que se traslada en silla de ruedas debido a un accidente automovilístico, no sucumbe fácilmente ante la desesperación. Sin embargo, en diciembre pasado cuando la nueva vicepresidenta de Argentina ingresó por primera vez al edificio del Senado en Buenos Aires, rompió en llanto. "Todo era un caos. Descubrí que hacía años que no había licitaciones de contratos públicos. En muchos casos directamente no había registros. Me largué a llorar," contó. "El despilfarro de dinero de los contribuyentes era flagrante", agregó.


Lo que cuenta Michetti del descalabro en el uso de los fondos públicos es una parábola de la región. De repente, en gran parte de Latinoamérica hay nuevas gestiones. Incluso mientras Estados Unidos y Europa coquetean con el populismo, el casi romance con los líderes de izquierda –que asumieron el poder en los ‘2000– cedió ante el "agotamiento del populismo", el enojo por la corrupción en el Estado y el giro hacia el centro político.


Al mismo tiempo, la desaceleración económica –se pronostica que el producto regional se contraerá por segundo año consecutivo por primera vez desde la "década perdida" de los ochenta– forzó el regreso de la ortodoxa.
"Muchos de los líderes populistas elegidos a fines de los ‘90 y principios de los 2000 ... tuvieron la suerte de asumir el poder en medio de un auge global de las materias primas que respaldó sus extravagantes proyectos y su popularidad", explicó Chris Sabatini, profesor adjunto de relaciones internacionales en Columbia University. "Con el derrumbe de los precios de los commodities esa era está llegando a su fin, y arrastra a muchos de esos líderes".


Argentina el año pasado eligió como presidente a Mauricio Macri, que es de centro, tras 12 años de gobierno populista de Cristina Fernández y su difunto marido Néstor Kirchner. Macri lanzó un programa de reforma económica.


Mientras tanto, a raíz del polémico proceso de impeachment, Dilma Rousseff fue suspendida como presidenta y reemplazada por Michel Temer. Como en Argentina, Temer quiere que la política económica sensata sea el sello de su gobierno.


Si bien Temer perdió tres ministros por acusaciones de corrupción en siete semanas, el mandatario interino dice que Brasil, que sufre su peor recesión en un siglo, se "salvará" si el país mantiene su equipo económico. Tampoco es que los votantes únicamente están rechazando la izquierda populista. Los peruanos este mes eligieron al economista Pedro Pablo Kuczniski como su nuevo presidente, por sobre la populista de derecha Keiko Fujimori, la hija del detenido ex presidente. Notable para un continente famoso por la polarización política, Kuczynski ganó en gran parte gracias al apoyo de la izquierda peruana.


A la sensación de que se termina un prolongado ciclo ideológico se suman la reconciliación de Cuba con Estados Unidos después de más de medio siglo de hostilidad mutua y las continuas conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC. "Los símbolos de la tradicional guerra fría están llegando a su fin", señaló Sabatini.


La sensación de cambio regional es profunda y rápida: el giro se produjo prácticamente en seis meses. Dos factores aceleraron el proceso. El primero e el terrible ejemplo de la Venezuela socialista –el espejo en el que se mira la región, y lo que se ve es horroriza. En medio de una galopante inflación y falta de alimentos, la mala administración llegó a tal punto que la comisión financiera de la Asamblea Nacional, dominada por la oposición, estima que en los 17 años de chavismo se robaron o despilfarraron más de u$s 425.000 millones.


"Una razón por la que nosotros ganamos la elección es que mucha gente veía lo que pasa en Venezuela y temía que ocurriera lo mismo acá", contó Michetti. Una dinámica similar hubo en Brasil, donde los manifestantes que marchaban en contra del gobierno de Rousseff exigían "Más Argentina, menos Brasil".


Un segundo factor es el enojo popular por la corrupción, especialmente bajo los gobiernos izquierdistas que supuestamente luchan por los derechos de los pobres. Así como la crisis financiera de 2008 provocó la furia de los votantes en Estados Unidos y Europa, también en América latina la dura situación económica generó indignación por la corrupción estatal que hubo en los años de auge.


Si nada va a ser lo mismo, ¿qué tan diferente podría ser el futuro de Latinoamérica? Una respuesta pesimista es: quizás no tan distinto. El populismo –decir a los votantes lo quieren escuchar, aunque sea imposible de cumplir– siempre puede encontrar terreno fértil, especialmente en países con creciente desigualdad social.


Lo que quizás haya terminado es el "súper populismo" de Venezuela y de la Argentina de los últimos 12 años. En cambio, el continente quizás simplemente regrese al "populismo normal" que caracterizó gran parte de su historia, señaló Moisés Naím miembro del think tank Carnegie Endowment for International Peace.


Tampoco los latinoamericanos necesariamente se están alejando en forma permanente de la desacreditada izquierda populista. "Las correcciones económicas necesarias que tendrán que hacer los gobiernos nuevos serán impopulares y crearán oportunidades para que regrese la izquierda", agregó Naím. A las complejidades se suman los 55 millones de latinoamericanos que en la década pasada ingresaron a la clase media. Ellos tienen altas expectativas de continuo avance, lo que dificulta aún más gobernar.


¿Hay alguna manera de adecuar el círculo? La respuesta sencilla es seguir gastando –como está haciendo Macri en Argentina. Pese a elevar 400% los precios de la electricidad subsidiada, su gobierno mantuvo los programa sociales y relajó un primer impulso de austeridad. Como resultado, se espera que el déficit fiscal llegue a 5% del PBI este año. "La estrategia de Macri no está libre de riesgos," advirtió Ignacio Labaqui de Medley Global Advisors, una consultora de riesgo. "Pero mientras el mercado esté dispuesto a respaldar a Macri con financiamiento de deuda, esos niveles de déficit no deberían ser un problema".


Sin embargo, Macri es un caso algo especial. Al igual que los gobiernos de Chile, Colombia o Perú, su administración tiene suficiente credibilidad para captar fondos relativamente baratos. Eso no sucede con Venezuela, que está al borde del default. Tampoco es hoy posible en países como Brasil, que gastaron los beneficios de la bonanza de las materias primas y ahora enfrentan menores presupuestos.


El generalizado reclamo de mejores prácticas en los gobiernos describe bien el ánimo político de Latinoamérica. Desde Argentina hasta México, la popularidad de ese pedido se debe a que los ciudadanos están cansados de la sostenida erosión de los controles institucionales, y de la corrupción ligada a ellos

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