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DOMINGO 19/05/2019

Las dos grandes potencias buscan cambiar el actual orden mundial

Xi Jinping se queja del dominio político y estratégico americano y Trump quiere modificar el sistema económico mundial al que culpa de perjudicar a su país

Xi Jinping, líder de China, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, enfrentados por el comercio

Xi Jinping, líder de China, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, enfrentados por el comercio

Tanto China como Estados Unidos están disconformes con el actual orden mundial. La naturaleza de su descontento es muy diferente. Pero las ambiciones rivales de ambos países provocaron una guerra comercial que ahora pone en peligro la globalización.

El problema tal como lo concibe Donald Trump es que el sistema económico mundial es enormemente perjudicial para EE.UU. El presidente norteamericano se queja de que el "globalismo" ayudó a crecer a China a expensas de Norteamérica, debilitando la prosperidad y supremacía global del país. Es ese punto de vista lo que sustenta la reciente decisión drástica de Trump de elevar de 10% a 25% los aranceles sobre importaciones provenientes de China por un valor de u$s 200.000 millones.

Para Xi Jinping, el problema con el actual orden mundial es el dominio político y estratégico de Estados Unidos. El presidente chino dejó en claro que quiere que su país desplace a Norteamérica y se convierta en el poder dominante en la región Asia-Pacífico. Muchos nacionalistas que apoyan a Xi van más allá y hablan abiertamente de su esperanza de que China se convierta en una potencia global dominante.

Xi es muy consciente de que la globalización ha sido esencial para el crecimiento de China en los últimos 40 años. Por lo tanto, está decidido a mantener el actual modelo comercial.

Las quejas de los dos presidentes sobre el sistema mundial son, por lo tanto, la imagen en espejo de cada uno. Xi quiere cambiar el orden estratégico mundial y hacer todo lo necesario para mantener su orden económico. Trump quiere conservar el orden estratégico y hacer todo lo necesario para cambiar el orden económico.

EE.UU. y China, por consiguiente, son potencias revisionistas. Y también potencias de statu quo. Norteamérica es la potencia de statu quo en geopolítica, por lo tanto se convirtió en potencia revisionista en economía. China es la potencia revisionista en geopolítica, por lo tanto se convirtió en potencia de status quo en comercio.

Pero las posiciones en espejo de Beijing y Washington también implican una confluencia de opiniones en cuanto a la globalización. Las acciones de ambos países sugieren que básicamente concuerdan en que el sistema actual funciona mejor para China que para EE.UU. Si bien muchos economistas no están de acuerdo, ahora parece ser la posición política de consenso en Norteamérica. Chuck Schumer, el líder de los demócratas en el Senado estadounidense, tuiteó su respaldo a las políticas confrontativas que aplica la administración Trump en el comercio con China.

Sin embargo, en Washington y Beijing hay opiniones divididas entre los moderados que quieren que la pelea comercial termine con un acuerdo y los radicales que recibirían bien una prolongada ruptura de las relaciones comerciales.

Los radicales proteccionistas del gobierno de Trump creen que el modelo político y económico chino es desfavorable para los intereses de EE.UU. Y quieren "reconstruir" la economía local detrás de muros de aranceles altos. Para quienes tienen esa opinión, un compromiso que conserve la esencia del actual sistema de comercio mundial globalizado sería una derrota.

Del lado de China, los halcones ven la disputa comercial como una oportunidad para que el país oriental disminuya su dependencia de la tecnología extranjera. Los ardientes nacionalistas también interpretan que la posición de la administración Trump en cuanto al comercio es una evidencia de la debilidad norteamericana. Creen que la respuesta correcta sería que Beijing siga adelante con los esfuerzos para crear un orden mundial centrado en China.

Pero el actual conflicto entre EE.UU. y China es una guerra comercial. Y cuando se trata de comercio, es EE.UU. el que busca revertir el actual sistema. Eso implica que Xi debe tomar una decisión táctica difícil. ¿Debería China hacer concesiones dolorosas para conservar la esencia del sistema económico que le facilitó su crecimiento?

Los chinos son muy conscientes del precedente del Acuerdo Plaza de 1985, cuando presionado por EE.UU., Japón acordó revaluar su moneda. Muchos en China creen que , en retrospectiva, en el Acuerdo Plaza EE.UU. buscó y logró impedir el ascenso de Japón.

La administración Trump enfrenta una variante del mismo dilema. ¿Debería EE.UU. apuntar a ejercer máxima presión, con el objetivo de llegar finalmente a un "gran acuerdo" que repare las fallas del actual sistema? O ¿una victoria parcial en la guerra comercial representarían en realidad una derrota si no detiene el crecimiento de China?

La estrecha relación entre ambos líderes no es garantía de que se puede evitar un conflicto. En la crisis de julio que precedió el estallido de la primera guerra mundial en 1914, Kaiser Wilhelm de Alemania y el zar Nicolás de Rusia intercambiaron numerosos telegramas amistosos. Pero eso no impidió que sus dos países entraran en un conflicto. De manera similar, la guerra comercial entre EE.UU. y China podría ahora escalar y salir del control de los líderes de ambos países.

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