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Las amenazas de Corea del Norte no son nada graciosas

En pocos años, el régimen del dictador Kim Jong Un tendrá la capacidad de atacar Estados Unidos con armas nucleares y concretar sus amenazas

Kim Jong Un, el dictador que gobierna Corea del Norte

Kim Jong Un, el dictador que gobierna Corea del Norte

Poco después de la asunción de Donald Trump, circuló un chiste en Twitter en el que aparecía un Kim Jong Un riéndose y con el cabello parado. “Ya no soy el líder más loco”, decía la imagen.

Fue muy gracioso, por un rato. Desde entonces, el dictador norcoreano demostró que todavía nadie le disputa su título. Se burló de sus vecinos con nuevas pruebas de misiles balísticos y montó un extraordinario plan para asesinar a su medio hermano con un agente nervioso.

El otro día pensé en el chiste mientras escuchaba a un diplomático describir la imprevisibilidad de Trump como un activo en su trato con Corea del Norte. El argumento era algo así: se podría desalentar a Kim si él cree que el presidente norteamericano es tan inestable como él. La paz en la península coreana, en otras palabras, podría depender de que Kim esté de acuerdo con lo que dice el meme de Twitter. No algo exactamente tranquilizador.

Que esa posibilidad sea un tema a discutir, recalca una incómoda verdad: que nadie tiene idea cómo manejar a Kim o cómo contener su creciente beligerancia. ¿Está realmente loco o le gusta comportarse como si lo estuviera? ¿Tiene cada vez más confianza o está desesperadamente inseguro?

Sin embargo, el reloj sigue avanzando. Especialmente centrado en su programa nuclear, sin importar las consecuencias para su propia población, el régimen de Kim en cuestión de años contará con la capacidad de atacar territorio estadounidense con armas nucleares.

Ya se probó todo tipo de presión y el impacto fue reducido, si es que lo hubo. Eso incluye las sanciones. También incluye la diplomacia. Cuando el norte estaba gobernado por el padre de Kim, Kim Jong-il, las “negociaciones de seis partes” entre Corea del Norte, Estados Unidos, China, Rusia, Corea del Sur y Japón –que comenzaron en 2003– permitieron llegar a un acuerdo para el cierre de las instalaciones nucleares, pero quedó sin efecto dos años después cuando Pyongyang se retiró. Mientras tanto, la acción militar no es una amenaza creíble, a menos que uno esté dispuesto a arriesgar una represalia que haga detonar Corea del Sur. También se intentó la guerra cibernética para sabotear los lanzamientos de misiles, pero no queda claro si dio resultado.

Fue acertado tirar la pelota en el campo de China y, en cierta medida, fue racional dado que el régimen de Kim depende del apoyo chino. Pero China está en un aprieto, y solo no puede manejar a Corea del Norte. Trató de contener a Pyongyang pero no parece poder controlarlo. No está en posición de brindar al régimen las garantías de seguridad que pide y cada vez está más inquieto por la mayor participación militar norteamericana en su vecindario, en particular el despliegue del sistema de misiles antibalísticos Thaad en Corea del Sur. Con razón el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, advirtió la semana pasada que EE.UU. y Corea del Norte son “como dos trenes acelerando en rumbo de colisión sin que ninguno esté dispuesto a ceder el paso”.

Trump quizás esté demasiado ocupado con sus guerras internas en el país como para centrarse en tan terrible y tan lejano problema. Sin embargo, en algún momento cercano ya no tendrá opción. Su predecesor, Barack Obama, se lo advirtió durante la transición. Sus tenientes también están revisando la política sobre Corea del Norte, y expertos norteamericanos escribieron resmas de papel sobre cómo lidiar con el líder supremo de Corea del Norte.

Algunos sugieren un horrible, pero quizás necesario compromiso: evitar una guerra, el mundo debe aceptar a Kim, dándole garantías de que EE.UU. no busca derrocarlo. Si está más seguro en el país, podría milagrosamente convertirse en un miembro semi responsable de la comunidad internacional. Otros descartan eso por considerarlo apaciguamiento y piden sanciones más duras contra Corea del Norte y China. Y también, están los que dicen que hay que ir a la guerra y amenazar con destruir con armas nucleares el norte si éste toma represalias contra el sur.

Dado que las apuestas son altas y que es un riesgo que Kim sea tan inestable como lo sugiere su imagen, claramente es momento de la diplomacia seria, respaldada por la amenaza de sanciones aún más duras. Las negociaciones nunca pueden lograr un completo desarme nuclear, pero vale la pena intentar aunque sea un congelamiento del programa nuclear en el corto plazo. Quizás sea difícil imaginar a Kim parado al lado de Trump en la Casa Blanca pero no es tan loca la idea si se la compara con las alternativas que existen para esta crisis.