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Las Big Four necesitan más competencia

Hay mucha culpa para repartir por la crisis financiera y los escándalos que ésta expuso. La mayor parte salpica a los bancos, pero parte también recayó sobre sus cómplices _tal como se los percibe_, incluyendo a los auditores que refrendaron cuentas que luego se supo que eran fraudulentas.
La semana pasada un tribunal de Florida empezó a escuchar evidencias del último de los casos: un juicio que inició el administrador de la entidad de préstamos hipotecarios norteamericana, Taylor, Bean & Whitaker (TMW), contra PwC. El demandante exige al estudio contable global una indemnización de u$s 5500 millones por no haber detectado un fraude masivo perpetrado por los propios ejecutivos de TBW junto a Colonial Bank, que quebró en 2009.
Si bien el caso es complejo, cuestiona la profesión contable _algunas preguntas se retrotraen al menos hasta el fraude de Enron hace 15 años. ¿Qué tareas deberían haber recaído sobre los auditores para erradicar el mal comportamiento? ¿Cómo se podría reformar esta industria oligopólica para evitar que las firmas entren en una íntima complicidad con sus clientes _que probablemente los lleve a hacer la vista gorda con las malas prácticas y el fraude.
La auditoría no es sólo un negocio; es un servicio público importante. Sin confianza en la veracidad de los resultados de las compañías, la maquinaria del capitalismo puede trabarse, con serias consecuencias para la sociedad.
Los auditores ven su función como algo similar a perros guardianes y no a sabuesos forenses. Pero aún así, las llamadas Big Four (Ernst & Young, Deloitte, PricewaterhouseCoopers y KPMG) tienen malos antecendentes en lo que se refiere a detectar malas conductas. Entre lo que no descubrieron fue la quiebra de MF Global y de Lehman Brothers, además de las travesuras contables de Xerox y la pirámide Ponzi de Madoff.
Uno puede preguntarse si la profesión hizo lo suficiente para abordar estas deficiencias. Es cierto que las normas exigen a los auditores "tener certeza razonable de que los estados contables no contienen inexactitudes significativas, derivadas de errores o fraude". Pero los intentos por modificar los dictámenes de auditoría para que vayan más allá de la tradicional revisión aprobado/desaprobado y se conviertan en una evaluación más minuciosa del riesgo han sido dubitativos tanto en Estados Unicos como en Europa.
En cualquier caso, para que esas reformas funcionen, los auditores deben primero recordar que los inversores son su verdadero electorado. Eso significa que no deberían entrar tanto en confianza con los jefes que firman los contratos.
Los intentos por inculcar más independencia entre los auditores hasta ahora han sido demasiado tímidos. Si bien Europa cautelosamente abrazó la rotación obligatoria, la profesión norteamericana con éxito hizo retroceder los esfuerzos por exigirla. Las autoridades deben ser más firmes. De todos modos, la reforma debería ir más allá de la rotación.
El negocio de la auditoría necesita más competencia. Las auditoras grandes son demasiado pocas, en particular porque su escasez hace que la aplicación de las estrictas regulaciones sea más difícil. Debería ser una prioridad alentar el ingreso de nuevas firmas al sector.