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La universidad a veces sólo sirve para perder el tiempo

Para tener mejores salarios, la gente inteligente debe pasar años estudiando cosas que no siempre necesita y perder dinero para adquirir un diploma

La universidad a veces sólo sirve para perder el tiempo

Hace unos días el sistema universitario británico ofreció una cantidad récord de lugares donde estudiar. Eso suena a buena noticia, pero ¿realmente necesitamos que más gente vaya a la universidad? Es más, ¿necesita el mundo más casas de altos estudios?
Da la impresión de que la respuesta debería ser sí. La educación sirve, ¿no? Pero todo tiene un costo. La educación requiere de tiempo. Podríamos insistir en que todos dediquen el día completo a estudiar hasta los 45 años, pero definitivamente sería mucho. Y si eso es demasiado, quizás que la mitad de la población estudie hasta los 21 también es demasiado. En cuanto a las universidades, éstas consumen recursos financieros e intelectuales —quizás aquellos recursos podrían destinarse a algo más.
Personalmente, yo estoy fuertemente a favor de estudiar en la universidad, y de que básicamente haya universidades cerca. Como lo que aprendí en la universidad fue principalmente a escribir sobre economía, y uso ese conocimiento todos los días de mi vida profesional, hasta una educación abstracta me sirve.
Y ahora vivo en Oxford, una de las ciudades universitarias más famosas del mundo. La experiencia de Oxford definitivamente sugiere que las casas de altos estudios tienen mucho que ofrecer. La arquitectura y los espacios verdes de la ciudad fueron diseñados para que la institución de 900 años esté en su corazón. La belleza atrae turistas y también agrada a los residentes. La música, los teatros y museos son grandiosos; las librerías son para morirse. Sí, Oxford es el lugar menos accesible de Inglaterra para comprar una casa, lo que causa un sinfín de dolores de cabeza a los residentes, pero incluso ese problema es un síntoma del éxito.
Pero esas son muestras de un éxito. Mucha gente se encuentra con que no utiliza las habilidades y los conocimientos adquiridos en la facultad. Y Oxford no es representativa de las universidades del mundo. La New York University es una buena institución pero, según TripAdvisor, es el punto de interés número 263 de la Ciudad de Nueva York. (Nueve de los principales 10 atractivos de Oxford están vinculados a la universidad). Si la London School of Economics (LSE) fuera demolida y reemplazada por un hotel y departamentos, la ciencia social sentiría una lamentable pérdida pero no estoy tan seguro de que muchos londinenses vayan a notar la diferencia. Warwick University es un lugar soberbio para aprender pero no atrae turistas a Warwick, dado que no es nada atractivo.
Por lo tanto, el argumento a favor de construir más universidades debe fundamentarse en aspectos más prosaicos. Una reciente investigación de Anna Valero y John Van Reenen de la LSE analiza estadísticamente a las casas de altos estudios de todo el mundo, preguntándoles si ellas creían que impulsaban sus economías regionales. (Ejemplos de una "región" son Quebec, Illinois y Gales)
Hay varias razones por la que quizás sí las impulsen. Las universidades producen jóvenes altamente calificados, muchos de los cuales permanecen en la zona una vez graduados. Las universidades a menudo producen inventos útiles. Algunas innovaciones no tienen fronteras —la penicilina se descubrió en Londres, se desarrolló en Oxford y se vendió en todas partes—, pero muchas ideas permanecen en el lugar, al menos por un tiempo. Silicon Valley creció alrededor de Stanford, y no se movió. Y está el simple hecho de que las universidades canalizan dinero del gobierno federal a través de los salarios del personal, los préstamos a estudiantes y otras fuentes de gasto local.
Valero y Van Reenen encontraron que las universidades realmente elevan el ingreso de su región. Si se duplica el número de universidades de la región —digamosde cinco a diez—, se podría esperar que el PBI per capital se eleve 4%. Si se vuelve a duplicar ese número, de 10 a 20, habrá otro salto de 4% en el PBI per capita. Las regiones vecinas también se benefician. Y ése no es un efecto insignificante.
Valero y Van Reenen están bastante seguros de que la causalidad no se aplica al revés —no es que las regiones construyen universidades porque esperan que generen crecimiento en el futuro. Pero no pueden asegurar de que no haya un cierto tercer factor en juego: quizás, por ejemplo, los gobiernos regionales fuertes y capaces producen prosperidad y universidades.
Una visión más escéptica proviene de Bryan Caplan, un profesor de economía que, irónicamente, es el autor del libro próximo a publicarse The Case against Education (El argumento contra la educación). Caplan asegura —y no es ilógico— que muchos estudiantes no parecen aprender nada de evidente relevancia que les sirva al momento de trabajar pero, como están graduados, tienen perspectivas profesionales mucho mejores que los que no estudiaron. ¿Por qué?
La respuesta de Caplan es que la educación es una señal. Si los empleadores no tienen manera de saber quién es inteligente y aplicado, un estudiante puede demostrar que encaja en esa categoría sobresaliendo, digamos, en latín. El latín es como la cola del pavo real: costosa y no sirve para nada, pero sin duda es necesario hacer la inversión.
En el caso de que Caplan tenga razón, los diplomas universitarios no tienen valor para la sociedad: permiten a los empleadores pagar mayores salarios al personal más inteligente, pero menores sueldos a todo el resto —y para disfrutar de esas mayores pagas, la gente inteligente debe derrochar el tiempo y dinero que implica obtener un diploma. Todos podrían estar mejor si se abandonara todo ese negocio.
¿Quién tendrá razón? Mi corazón está con Valero y Van Reenen. Pero Caplan toca una importante nota disonante. Juntos hemos permitido que las admisiones y los examinadores de las universidades se conviertan en los guardianes de la puerta que conduce a las carreras exitosas. ¿Es eso realmente lógico?