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MIÉRCOLES 19/12/2018
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La rivalidad entre EE.UU. y China moldeará el siglo XXI

El creciente poder económico y político del país asiático plantea grandes desafíos a Occidente

La rivalidad entre EE.UU. y China moldeará el siglo XXI

China es una superpotencia emergente. Estados Unidos es la actual superpotencia. El potencial de que ocurran perjudiciales enfrentamientos entre los dos gigantes parece no tener límites. Sin embargo, las dos potencias también están íntimamente entrelazadas. Si no mantienen relaciones razonablemente cooperativas, están en condiciones de causar estragos no sólo entre ellos, sino al mundo entero.

China es un rival de Norteamérica en dos dimensiones: poder e ideología. Esta combinación de atributos podría traer el recuerdo del conflicto con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría contra la Unión Soviética. China es, por supuesto, muy diferente. Pero también es potencialmente mucho más potente.

Es evidente el creciente poder de China, tanto económico como político. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), su producto bruto interno (PBI) per cápita en 2017 fue del 14% de los niveles de EE.UU. a precios del mercado y del 28% a paridad de poder adquisitivo (PPA), cifras superiores al 3% y 8% respectivamente registradas en 2000.

Sin embargo, dado que la población de China es más de cuatro veces superior a la estadounidense, su PBI en 2017 fue del 62% de los niveles de EE.UU. a precios del mercado y del 119% a PPA.

Supongamos que para 2040 China lograra un PBI relativo per cápita del 34% a precios del mercado y del 50% a PPA. Esto implicaría una desaceleración dramática de la tasa que está alcanzando (a partir de 2023 habría una caída cerca al 70% comparado con la tasa registrada desde 2000). La economía de China sería entonces casi dos veces más grande que la de EE.UU. a PPA y casi un 30% más grande a precios del mercado.

El punto de referencia del 34% que he elegido es el del Portugal de hoy. Es difícil imaginar que China, con sus enormes ahorros, su motivada población, sus enormes mercados y su gran determinación, no logre la relativa prosperidad de Portugal. Esto todavía lo dejaría mucho más pobre, en relación a EE.UU., que Japón o que Corea del Sur las economías del este asiático que en el pasado eran rápido crecimiento.

El tamaño importa. Es bastante improbable que la economía general de China no termine siendo mucho más grande que la norteamericana, incluso si, en promedio, los estadounidenses siguen siendo mucho más prósperos que los chinos. China ya es también un mercado de exportación más importante que Estados Unidos para un sinnúmero de países importantes, particularmente en el este asiático.

Además, China destina casi la misma porción del PBI a la inversión en investigación y desarrollo (I + D) que los principales países de altos ingresos. Eso da empuje a la innovación china, de la cual recientemente fui testigo durante una visita a la sede de Alibaba en Hangzhou. Además, la combinación de su tamaño económico con su tecnología que mejora está convirtiendo a China en una potencia militar cada vez más formidable. Estados Unidos puede quejarse al respecto. Pero no tiene el derecho moral para hacerlo. La defensa propia es un derecho de las naciones universalmente aceptado.

También lo es el derecho a desarrollarse. EE.UU. puede quejarse de que China roba propiedad intelectual. Pero toda nación que ha luchado por lograr la convergencia económica, incluyendo sin duda a EE.UU. en el siglo XIX, ha aprovechado las ideas de los demás y las ha desarrollado.

La idea de que la propiedad intelectual es sagrada también es errónea. La innovación es la que es sagrada. Los derechos de propiedad intelectual ayudan y perjudican ese esfuerzo. Se debe lograr un equilibrio entre los derechos que son demasiado estrictos y los que son demasiado permisivos. EE.UU. puede intentar proteger su propiedad intelectual. Pero cualquier idea que afirme que Norteamérica tiene el derecho de o puede impedir que China innove en la creación de su camino hacia la prosperidad, es una locura.

China también es un contendiente ideológico de Estados Unidos en dos dimensiones. Tiene lo que podría llamarse una economía de mercado planificada. También cuenta con un sistema político antidemocrático. Desafortunadamente, los recientes fracasos que sufrieron algunas economías de altos ingresos y de libre mercado han aumentado el encanto de la primera. Pero la elección de Donald Trump, un admirador del despotismo, fortaleció el atractivo de la segunda.

Antes se decía que Estados Unidos también tiene el beneficio de contar con aliados poderosos y comprometidos. Desafortunadamente, Trump está librando una guerra económica contra ellos. Si la decisión de atacar a Corea del Norte condujera a la devastación de Seúl y de Tokio, las alianzas militares estadounidenses llegarían a su fin. Una alianza tampoco puede ser un pacto suicida.

Gestionar la competencia entre estas dos superpotencias va a ser difícil. Graham Allison, de la Universidad de Harvard, se muestra inquieto en su libro Destined For War (Destinado a la guerra), en el cual expresa que es casi inevitable el conflicto entre el poder en ascenso y el poder actual. Quizas sea relativamente improbable que se produzca una "guerra caliente" entre las potencias nucleares.

Pero la fricción a gran escala y, por lo tanto, el fin de la cooperación necesaria en las relaciones económicas sí parecen probables. No está claro cómo pueden resolverse los actuales conflictos en materia de comercio. La cooperación en relación con la gestión de los bienes comunes globales se derrumbó desde que la administración Trump rechaza la idea misma del cambio climático.

El futuro de China depende de China. Pero las relaciones que mantenga Occidente con China dependen del gigante asiático. Estados Unidos hace bien en insistir en que China debe cumplir con sus compromisos. Pero EE.UU. y el resto de Occidente también deben hacerlo. China no se sentirá obligada a cumplir con las normas acordadas mientras sea presionado por un país que trata con desprecio a esas mismas reglas. China, en cualquier caso, no representa la verdadera amenaza. Esa relación seguramente se puede manejar.

La amenaza es la decadencia de Occidente, incluyendo en gran medida a Norteamérica: la predominio de la búsqueda de rentas como forma de vida económica; la indiferencia ante el destino de gran parte de su ciudadanía; la corrupción en la política; la indiferencia ante la verdad; y que se renuncia a la inversión a largo plazo para mantener el consumo privado y público.

De hecho, es una tragedia que la mejor manera que pudimos encontrar para escapar de una crisis financiera haya sido a través de políticas monetarias que corrían el riesgo de crear nuevas burbujas. Podemos ser mejores que eso.

Occidente puede y debe convivir con una China en ascenso. Pero debería hacerlo siendo fiel a los mejores instintos naturales. Si va a lidiar con este giro de la rueda de la historia, tiene que mirarse a sí mismo.

Comentarios2

Capullo, cuidado con los pronósticos basados en lo que ves a tu alrededor hoy. ¿Cuáles hubieran sido tus pronósticos para el futuro en 1918? ¨rubenardosain.wordpress.com¨

Ariel Anibal Pastura
Ariel Anibal Pastura 16/04/2018 08:46:16

ya es superior a USA en muchos aspectos . y para la argentina es una muy buena noticia

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