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JUEVES 23/05/2019

La inmigración asiática oscurece la retórica antilatina de Trump

Mientras compartan frontera con una nación más pobre, algunos estadounidenses soñarán con un muro. Una idea que surgió antes de que Trump fuera presidente

La inmigración asiática oscurece la retórica antilatina de Trump

En los matorrales en el sur y suroeste de EE.UU., ya existen vallas que protegen cientos de kilómetros de la frontera con México. Trump necesita fondos de un Congreso reacio para completar el resto. Quizás lo logrará. Es más probable que los legisladores se lo nieguen. De cualquier manera, él puede construir sobre una estructura que lo precede.

La política definitoria del presidente no amerita la conmoción que ha provocado. Sí, hay algo novedoso en la repugnancia de su retórica antiinmigrante. Los excesos de la aplicación de la ley en la frontera también parecen ser peores bajo su mandato. Pero una barrera física contra México no es nada nuevo. En un Washington más funcional, los demócratas podrían incluso apoyar su finalización a cambio de mejores condiciones para los residentes indocumentados.

El verdadero problema que causa el muro es intelectual: distrae del verdadero futuro demográfico del país. El ambiente de acritud actual no te llevaría a pensar que más personas emigraron a EE.UU. desde Asia que desde América Latina en cada año desde 2010. O que, durante el mismo período, dos de los cuatro países con la mayor inmigración neta a EE.UU. son China e India.

Durante el mismo período, EE.UU. aceptó a más refugiados de Asia que de Europa, América Latina y África combinados. Y se proyecta que a mediados de siglolos asiáticos formarán el mayor porcentaje de la población inmigrante de EE.UU.

Las proyecciones siempre son vulnerables a los eventos, por supuesto. Los controles fronterizos redujeron el número de inmigrantes provenientes de América Latina, al igual que el enriquecimiento gradual y la estabilización de México. Estos desarrollos son eminentemente reversibles.

Pero por el momento, la evidencia, recopilada por los investigadores de Pew y por William Frey del Instituto Brookings, es inconfundible. Después de décadas de neuralgias sobre la "latinización" de EE.UU., el futuro del país parece depender, al menos de igual manera, de los asiáticos: sus hábitos de voto, su cultura, sus relaciones con otros estadounidenses. El muro, a menos que se construya alrededor de los aeropuertos a una altura de 12.000 metros verticales, no es un factor en su llegada.

En su último libro, ¿quiénes somos?, publicado en 2004, el científico político Samuel Huntington imaginó la división de EE.UU. en "dos pueblos": uno anglófono, uno de habla hispana, donde sus diferentes idiomas reflejarían las disparidades en la cultura subyacente.

Dejando a un lado su audaz premisa de coherencia dentro de estos grupos, muchos estadounidenses tienen el mismo temor. Una solución popular, como intuyó Trump en 2016, es un gran recorte en la inmigración latinoamericana. Pero es posible que, incluso sin esa medida, la llegada de los asiáticos haga una diferencia positiva. Aunque sólo lograran complicar la imagen demográfica convirtiéndola en algo parecido a un mosaico, tal vez eso eliminaría la visión de Huntington de una nación bifurcada.

El hecho de que los asiáticos en EE.UU. sean cada vez más diversos es importante. No representan la concentración de un solo idioma que no es el inglés, como lo hicieron los inmigrantes alemanes en el siglo XIX y más recientemente, los latinoamericanos. Antes, un "asiático" en EE.UU. denotaba a una persona que provenía del este o sureste de Asia. Actualmente la palabra bien podría referirse, como sucede en Gran Bretaña, a indios o esrilanqueses o paquistanís.

Sé que es demasiado esperar que una gama más amplia de inmigrantes alivie el sentimiento antiinmigrante. El registro histórico sugiere que los estadounidenses sólo soportarán una población nacida en el extranjero de hasta 15%, pero no más, independientemente de su composición étnica.

EE.UU. se está acercando a ese nivel por primera vez en un siglo. Efectivamente, algunos votantes prefieren un país menos diverso y unos pocos un país homogéneo. Pero tal vez muchos más podrían desear evitar el escenario de Huntington de enormes concentraciones culturales. Si es así, las tendencias actuales son una razón para ser optimistas.

Tales son los malentendidos sobre esta creciente y compleja porción del electorado estadounidense. Comprender a este grupo seguirá siendo un desafío mucho después del ajetreo del siglo XX acerca de la frontera sur.

Tal vez para ese entonces el muro de Trump no se considerará sabio ni malvado, sino más bien sin importancia.w

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