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La hostilidad hacia EE.UU. une a Moscú y Beijing

La hostilidad hacia EE.UU. une a Moscú y Beijing

La mala lectura de la división sino-soviética en los años cincuenta y principios de los sesenta fue uno de los grandes fracasos de la guerra fría. Si Estados Unidos se hubiera dado cuenta del alcance de la animosidad entre las dos potencias, podría haber encontrado antes maneras de aprovechar las diferencias.

Hoy, Estados Unidos y sus aliados corren el riesgo de cometer el error contrario. La mayoría de los analistas occidentales descartan la posibilidad de que Rusia y China alguna vez formen una verdadera alianza. Incluso muchos expertos chinos y rusos sostienen que simplemente la desconfianza histórica y cultural que existe en ellos es demasiado grande.

Pero la relación sino-rusa ya pasó a ser mucho más estrecha de lo que la mayoría preveía. Existe una posibilidad de que formen una alianza basada en el antagonismo que ambos países comparten hacia el orden mundial dominado por Norteamérica. Sin embargo, todavía no es una realidad.

Esta semana, los barcos rusos y chinos están realizando ejercicios navales conjuntos en el Mar de la China Meridional. Los mismos se llevan a cabo después de las maniobras obviamente coordinadas que tuvieron lugar en junio en el Mar de la China Oriental, cerca de islas que son el centro de una amarga disputa entre China y Japón.

La muestra de solidaridad llega dos meses después de que un tribunal internacional de La Haya rechazara los históricos reclamos de China sobre la mayor parte de la región, donde tiene conflictos con otros cinco países. Vladimir Putin, el presidente ruso, ha sido el más acérrimo defensor de China después de ese fallo, que el gigante oriental rechazó por considerarlo ilegítimo.

Beijing tradicionalmente ha evitado las alianzas formales y sus únicos socios internacionales cercanos en los últimos años han sido Paquistán y Corea del Norte. Pero Xi Jinping, el presidente chino, adoptó una política exterior más enérgica que la de sus predecesores en las últimas cuatro décadas; y hay señales de que China está entusiasmada con la idea de sellar alianzas formales. Xi y Putin se reunieron 17 veces desde principios de 2013 y funcionarios de ambos países han mantenido una serie de contactos bilaterales.

Además de la compartida hostilidad hacia la intromisión norteamericana en sus patios traseros, China y Rusia son similares en muchos otros aspectos, desde sus sistemas políticos autoritarios hasta su inclinación hacia el capitalismo de estado. Xi y Putin prometieron un "rejuvenecimiento" de sus naciones y han creado cuidadosamente la imagen de hombre fuerte con la ayuda de los medios altamente controlados por el Estado.

Una alianza conlleva riesgos para Rusia en particular. Moscú se cuida de no enemistarse con potenciales aliados en la región. Sigue preocupado por los severos desequilibrios demográficos en el Lejano Oriente, donde provincias chinas densamente pobladas se ubican al lado de enormes extensiones deshabitadas de territorio ruso. Putin también se fastidia frente a la sugerencia de que Rusia podría ser el socio menor.

Mientras tanto, en Beijing, los recuerdos de la guerra que tuvo lugar en Manchuria en los años sesenta y el enfoque paternalista de Moscú hacia los estados comunistas durante la era soviética todavía irritan. Pero ambos lados parecen estar cada vez más dispuestos a dejar pasar sus diferencias y concentrarse en lo que los une: su antipatía hacia una superpotencia que ellos creen está en un declive terminal.

Washington y sus amigos no deben repetir sus errores de la guerra fría asumiendo que la relación sino rusa es definitiva y minimizar el riesgo de una alianza anti Occidente. Eso no debería evitar que Estados Unidos trabaje con Rusia y China cuando sea apropiado, ya sea en Siria o sobre cambio climático. Pero requiere de vigilancia y refuerza la importancia de brindar confianza a los aliados de Occidente en Europa oriental y Asia.